El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
Durante el resto del día se tiraron a tomar sol junto a la carpa.
Esa noche, cuando Helward iba a entrar a la tienda, Lucia le tomó de la mano y lo llevó lejos del campamento. Le hizo el amor apasionadamente, apretándolo fuerte como si fuese él la única fuerza de la realidad en su mundo.
Por la mañana, Helward advirtió unos celos crecientes entre Lucia y Caterina, de manera que levantó campamento lo más temprano posible.
Cruzaron el arroyo y Cegaron a las tierras altas del Sur. Continuaron su camino a lo largo del riel izquierdo exterior. La campiña que los rodeaba le resultaba familiar a Helward dado que por esta zona había pasado la ciudad cuando empezó a trabajar al aire libre. Adelante, unas dos millas hacia el Sur, alcanzaba a divisar el cerro que había tenido que escalar la ciudad durante la primera operación de remolque que presenció.
Pararon a descansar a media mañana, y luego Helward recordó que sólo a dos millas al Oeste había un pueblecito. Pensó que, si pudiese obtener alimentos allí, solucionarían el problema de comida de las chicas. Les sugirió la idea.
Había que resolver quién iría. Le parecía que debía ir él por su responsabilidad, pero necesitaría que una de las muchachas oficiara de intérprete. No quería dejar a una chica sola con el bebé. Si iba con Caterina o Lucia, la que se quedara se sentiría celosa. Por último, le pidió a Rosario que lo acompañara, y por la reacción que todas manifestaron, se dio cuenta de que su elección había sido acertada.
Partieron siguiendo aproximadamente el rumbo que Helward recordaba que llevaba al poblado, y lo encontraron sin dificultad. Luego de largas conversaciones entre Rosario y tres hombres de la aldea les dieron carne desecada y verduras frescas. Todo resultó notablemente sencillo —Helward pensaba qué tipo de persuasión habría empleado Rosario—, y pudieron pronto regresar.
Mientras caminaba, varios metros detrás de Rosario, Helward notó algo en ella que no había advertido con anterioridad.
Rosario era bastante más corpulenta que las otras dos y su cara y sus brazos eran robustos. Tenía una leve predisposición a la gordura, pero de pronto le pareció que esto era mucho más evidente que antes. Con un cierto interés al principio y con mayor atención más tarde, vio que la blusa le ajustaba mucho en la espalda. Antes no le quedaba chica la ropa... se la habían dado en la ciudad y le sentaba bien. Luego notó que los pantalones le ceñían en el trasero y que arrastraba las botamangas por el suelo. A pesar de que no llevaba zapatos, no recordaba que los pantalones le quedaran tan largos.
La alcanzó y caminó a su lado.
La camisa le ajustaba el pecho, comprimiéndole los senos... y las mangas eran demasiado largas. Además, parecía ser más baja que lo que era, incluso, el día anterior.
Cuando se reunieron con las otras chicas, Helward advirtió que a ellas también les quedaba mal la ropa. Caterina tenía la camisa anudada en la cintura como antes, pero Lucía la usaba prendida, y la tirantez le había hecho rajar la tela entre dos botones.
Trató de no pensar en este fenómeno. No obstante, a medida que proseguían la caminata, se hacía cada vez más obvio... y con resultados cómicos. Al inclinarse para atender al bebé, se le rasgó el pantalón a Rosario. A Lucía se le saltó un botón cuando levantaba la cantimplora para mojarse los labios, y a Caterina se le descosieron las costuras de las axilas.
Una milla más adelante, Lucía perdió otros dos botones. Como la blusa se le abriera casi totalmente, se la ató igual que Caterina. Las tres se habían levantado el ruedo de los pantalones, y era evidente que sufrían una gran incomodidad.
Helward mandó hacer alto al pie del cerro, y allí acamparon. Después de comer, las chicas se quitaron sus ropas harapientas y entraron en la carpa. Bromeaban con Helward respecto de sus propias ropas. ¿Acaso no se le irían a desgarrar? Helward se quedó sentado a la intemperie. Todavía no tenía sueno, y no quería entrar en la tienda con las muchachas.
El bebé empezó a llorar. Rosario salió de la carpa a buscarle alimento. Helward le habló pero ella no le respondió. La estudió con la mirada mientras agregaba agua a la leche en polvo, pero la miraba de un modo totalmente asexuado. La había visto desnuda el día anterior, y estaba seguro de que no presentaba ese aspecto. Era casi tan alta como él, y ahora parecía más regordeta, más rechoncha.
—Rosario, ¿Caterina está despierta?
Ella asintió muda, y volvió a entrar en la carpa. Segundos más tarde salió Caterina. Helward se puso de pie.
Quedaron frente a frente, a la luz del fogón. Caterina no dijo nada, y Helward no sabía qué decir. Ella también había cambiado... Al instante se les reunió Lucia, quien se paró junto a Caterina.
Ahora ya no le cabían dudas. En algún momento del día se había modificado el aspecto de las chicas.
Miró a ambas. Ayer, desnudas en el arroyo, sus cuerpos eran largos, elásticos. Sus pechos, redondos.
Hoy, los brazos y las piernas eran más cortos y más gordos. Los hombros y las caderas, más anchos. Los pechos, menos redondos y más separados. Las caras más llenas, los cuellos más cortos.
Se acercaron a él. Lucia tomó en sus manos el cierre del pantalón de Helward. Tenía los labios húmedos. Desde la puerta de la carpa, Rosario observaba.
CAPÍTULO SIETE
Por la mañana, Helward comprobó que las chicas habían cambiado aún más durante la noche. Calculó que ninguna de las tres mediría más de un metro cincuenta. Hablaban más rápido que de costumbre y en un tono más agudo.
A ninguna le entraba la ropa. Luda trató, pero no pudo ponerse los pantalones, y rasgó las mangas de la blusa. Cuando abandonaron el campamento, también abandonaron sus atuendos, y siguieron su camino desnudas.
Helward no podía quitarles los ojos de encima. Cada hora que pasaba traía aparejado otro cambio evidente en ellas. Sus piernas eran tan cortas que sólo podían dar pequeños pasitos, y se vio forzado a aminorar el ritmo de marcha para no dejarlas atrás. Además advirtió que, a medida que caminaban, adoptaban una pose más inclinada, de modo que parecían ir echadas para atrás.
Ellas también lo observaban, y cuando pararon para tomar agua, se produjo un silencio espectral mientras se pasaban la cantimplora.
A su alrededor se notaban signos de alteraciones en el paisaje. Las huellas del riel que iban siguiendo eran borrosas. La última marca notable de un durmiente medía doce metros de largo y menos de tres centímetros de profundidad. No se distinguían los otros rieles. Poco a poco, la franja de tierra entre ambas vías se había ensanchado, corriéndose hacia el Este una media milla, o más.
Esa mañana habían pasado doce marcas de amortiguadores, y según los cálculos de Helward, restaban otros nueve aún.
Pero, ¿cómo iba a reconocer la aldea de las chicas? El terreno era llano, uniforme. El sitio donde descansaban parecía ser el residuo endurecido de un torrente de lava. No había sombra ni ningún lugar donde buscar refugio. Inspeccionó el suelo con mayor atención. Podía incrustar los dedos y dejar leves huellas en la tierra. A pesar de que era tierra suelta, arenosa, era también espesa y viscosa al tacto.
Las chicas median ahora apenas noventa centímetros. Sus cuerpos estaban aún más deformes. Teman los pies chatos, anchos. Las piernas, cortas y gordas. Los torsos, redondos y comprimidos. Se convirtieron, para él, en seres grotescamente repugnantes y notó que, no obstante la fascinación con que presenciaba esos cambios, el sonido de sus voces chillonas le irritaba.
El bebé era el único que no se había modificado. Segura igual que siempre. Pero en relación a su madre, era desproporcionadamente grande, y Rosario lo contemplaba con inefable horror.