El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
El bebé era de la ciudad.
Del mismo modo que Helward había nacido de una mujer de afuera; el hijo de Rosario pertenecía a la ciudad. Por más transformaciones que sobrevinieren a las chicas y al paisaje de donde provenían, ni él ni el bebé se veían afectados.
Helward no sabía qué hacer, ni cómo entender lo que contemplaba.
Se sintió más atemorizado ya que esto superaba la comprensión que tenía del orden natural de las cosas. La prueba estaba a la vista; el análisis no tenía puntos de referencia.
Miró hacia el Sur y vio que, no muy lejos, aparecía una hilera de colinas. Por la forma y la altura supuso que sería la falda de una cadena más alta... pero también advirtió alarmado que las colinas estaban cubiertas de nieve. El sol calentaba tanto como siempre, y el aire era caliente. La lógica le indicaba que, de existir nieve en este clima, debía ser en la cima de montañas muy altas. Y sin embargo, estaban lo suficientemente cerca —una o dos millas, pensaba— como para captar que no teman más de ciento cincuenta metros de alto.
Se puso de pie y de pronto se cayó.
Al tocar el suelo empezó a rodar como en una pendiente, hacia el Sur. Logró detenerse y pararse vacilante, luchando contra una fuerza que lo arrastraba al Sur. No era una fuerza desconocida; la había estado sintiendo toda la mañana, pero la caída lo había tomado de sorpresa y la fuerza parecía ahora más contundente que antes. ¿Por qué no le había hecho efecto hasta este momento? Hizo memoria. Esa mañana se había distraído, pero también experimentó la sensación de ir caminando cuesta abajo. Cosa que carecía de sentido ya que el terreno era llano. Se paró junto a las chicas, probando la sensación.
No era como la presión del aire ni como la atracción de la gravedad en una pendiente. Tenía algo de ambas; en tierra chata, y sin que hubiera desplazamientos de aire, se sentía impelido hacia el Sur.
Dio unos pasos al Norte y se dio cuenta de que agitaba las piernas como si estuviese trepando una loma. Se volvió hacia el Sur y, contrariamente a lo que le mostraban sus ojos, sintió que descendía por una cuesta.
Las chicas lo observaban con curiosidad. Se acercó a ellas.
Comprobó que, en el lapso de unos minutos, sus cuerpos se hablan deformado aún más.
CAPÍTULO OCHO
Poco antes de proseguir la marcha. Rosario trató de dirigirle la palabra. Helward tuvo dificultad en comprenderle. De todas maneras, el acento de ella era muy pronunciado, tenía ahora una voz muy aguda y hablaba demasiado rápido.
Luego de varios intentos, captó la esencia de lo que le decía.
Ella y sus compañeras tenían miedo de regresar a sus aldeas. Se consideraban de la ciudad, y su propia gente las rechazaba.
Helward dijo que debían continuar su camino —como habían elegido hacerlo—, pero Rosario le informó que de ahí no se movían. Ella estaba casada con un hombre de la población, y si bien al principio quiso volver con él, ahora pensaba que la iba a matar. Lucia también era casada y compartía su temor. La gente de los pueblos odiaba la ciudad, y ellas serían castigadas por haber ido allí un tiempo.
Helward desistió de responderle. Tenía tanta dificultad en hacerse entender como en entenderle a ella. Pensaba que ya era demasiado tarde. Al fin y al cabo, habían ido voluntariamente a la ciudad como parte del convenio. Trató de decirle eso, pero ella no le comprendió.
Aun mientras hablaban continuaba el proceso de cambio. Medía ahora no más de treinta y cinco centímetros, y su cuerpo —al igual que el de sus compañeras— tenía casi un metro y medio de ancho. Al verlas era imposible pensar que alguna vez hubiesen sido seres humanos, aunque él sabía que era verdad.
—¡Espera aquí! —dijo Helward.
Se paró y volvió a rodar por el suelo. La presión se había intensificado, y logró ponerse de pie con suma dificultad. Regresó arrastrándose hasta su mochila y se la colocó. Buscó la soga y se la colgó del hombro.
Manoteando para contener la fuerza, emprendió el camino al Sur.
Ya no se podía percibir accidente geográfico alguno, como no fuera la línea del terreno que se elevaba al frente. La superficie sobre la que caminaba era una mancha confusa y, si bien de tanto en tanto se detenta a examinar el terreno, era incapaz de distinguir algo que hubiese podido ser pasto, piedras o tierra.
Las características naturales del mundo se distorsionaban: se extendían lateralmente de Este a Oeste, disminuyendo en altura y profundidad.
Una roca podía ser una franja color gris oscuro de tres milímetros de ancho por doscientos metros de largo. Las colmas cubiertas de nieve bien podían ser montañas, y esa rayita verde, un árbol.
La angosta línea color blanco desteñido, una mujer desnuda.
Llegó a la zona alta con más rapidez de lo que había pensado. Crecía la atracción hacia el Sur y, cuando estaba a menos de cincuenta metros de la colina más cercana, tropezó y comenzó a rodar hacia ella con una velocidad en constante aumento.
La ladera Norte era casi vertical, como el lado resguardado de una duna barrida por el viento, y contra ella se estrelló fuertemente. Casi de inmediato la fuerza del Sur le impelió a trepar la ladera, desafiando la gravedad. Desesperado —porque sabía que si llegaba arriba nunca más podría resistir la atracción— braceaba buscando poder prenderse de algo. Encontró una roca prominente. Se aferró a ella con ambas manos, sujetándose furiosamente para repeler la inexorable tracción. Su cuerpo giró hasta quedar tendido verticalmente sobre la pared, cabeza abajo. Si ahora se deslizaba, se vería arrastrado cuesta arriba y luego descendería hacia el Sur.
Metió una mano en la mochila y sacó el gancho, al que logró fijar debajo de la saliente. Le ató un extremo de la cuerda. El otro extremo se lo ató en la muñeca.
La presión del Sur era ahora tan enorme que virtualmente contrarrestaba la fuerza normal de gravedad.
La materia de la montaña cambiaba debajo de él. La pared dura, casi vertical, lentamente se iba ensanchando de Este a Oeste, se achataba, de modo que, a sus espaldas, la cima del cerro parecía ir encaramándose sobre su cuerpo. Vio una grieta en la roca que poco a poco se cerraba. Extrajo el gancho y lo clavó en la grieta. Instantes más tarde, el gancho estaba firmemente calzado.
La cúspide se había dilatado y ahora estaba debajo de su cuerpo. La presión del Sur se apoderó de él transportándolo por encima de la montaña. No se soltó la cuerda, y quedó suspendido horizontalmente.
Lo que hasta ese momento era la montaña se convirtió en una dura protuberancia debajo de su pecho. Su estómago descansaba contra lo que había sido el valle. Sus pies se agitaban en busca de un punto de apoyo sobre lo que había sido otro cerro.
Estaba aplastado contra la superficie del mundo, un gigante recostado sobre una antigua región montañosa.
Levantó el cuerpo tratando de aliviar su posición. Al alzar la cabeza notó de pronto que le faltaba el aire. Soplaba un viento fuerte, gélido, del Norte, pero carecía del oxigeno necesario. Volvió a inclinar la cabeza, apoyando el mentón en el suelo. A esa altura podía inspirar aire suficiente para sobrevivir. Hacía un frío terrible.
Impulsadas por el viento, las nubes flotaban a pocos centímetros de la tierra formando una sábana blanca. Daban vueltas alrededor del rostro de Helward, esparciéndose sobre su nariz como la espuma en la proa de un barco. Tenía la boca debajo de las nubes. Los ojos, arriba. Helward miró adelante, a través de la atmósfera enrarecida. Miró hacia el Norte.
Estaba en el borde del mundo, cuya mole principal yacía frente a él.