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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Con la llegada del verano se produjeron novedades de todas clases. Novedades tristes, novedades alegres y pintorescas, novedades culturales, novedades patrióticas. Cumplíase la sentencia de Julio García: "La única verdad es que en Gerona la vida continúa".

La vida y la muerte… Porque, la primera novedad triste de aquel final de junio fue el accidente que ocurrió a pocos quilómetros de Nuestra Señora del Collell, el internado en el que César había ejercido de fámulo, cortado raciones de pan y recogido pelotas de tenis. La Delegación de Excautivos, conjuntamente con la Sección Femenina, había organizado una peregrinación en autocar al santuario, en póstumo homenaje a los cuarenta y dos patriotas asesinados allí a última hora, ¡precisamente por orden de Gorki! Tales peregrinaciones eran frecuentes, y aquella ruta empezaba a ser llamada "La Ruta de los Mártires". El autocar, renqueante como los trenes, desgastado por la guerra, rompió la dirección y se cayó a un barranco. Hubo cuatro muertos y quince heridos. Entre los muertos figuraba una niña de ocho años, hija del jefe de Policía, don Eusebio Ferrándiz. Los heridos fueron llevados al Hospital y atendidos por el doctor Chaos. El suceso enlutó la ciudad y don Emilio Santos y Marta, que habían imaginado al alimón aquella aventura, al regreso del entierro no osaban mirarse a la cara.

La segunda novedad triste se produjo bajo el signo del fuego. Desatóse en la provincia una cadena de incendios. Ardían pajares, alfalfa y cosechas. En principio, ello se atribuyó al sol, al ardor de sus rayos, que quemaban la tierra. Pero pronto circuló el rumor de que se trataba de sabotajes; como cuando los anarquistas, antes de la guerra, convertían en cenizas los bosques, ante el pasmo de las serpientes y de los lagartos. A resultas de la investigación abierta fueron detenidos y encarcelados varios malhechores y también varios colonos, descontentos porque sus amos les exigían demasiado o los habían amenazado con el despido.

Otra novedad triste: el padre Forteza fracasó en su labor en la cárcel, atendiendo a los condenados a muerte. Le ocurrió lo mismo que a mosén Alberto en San Sebastián: nada que hacer. Los hombres -y las mujeres- en capilla, que iban a ser ejecutados al día siguiente al amanecer, al ver entrar en la celda "un cura", apretaban los puños y como fieras se liaban a insultarlo y a anegarlo de procacidades.

El padre Forteza ensayó todas las argucias imaginables, desde la solemnidad hasta el desparpajo, desde el llanto hasta la sonrisa, y la respuesta fue siempre la misma: "¡Largo de ahí, maricón!". Su combinación de santo y payaso, que tantos éxitos le proporcionaba fuera de aquellos muros, en la cárcel no tenía objeto. No se apuntó sino dos logros: un muchacho joven de veinte años, que había formado parte del Comité de Orriols y que, después de haberle pegado al padre Forteza el clásico puntapié entre los muslos, que hizo caer al jesuíta en redondo al suelo, una hora después, y sin que nadie supiera por qué, hizo que lo llamaran y le pidió confesarse. El jesuíta, loco de alearía, no sólo lo alentó cuanto pudo sino que al día siguiente, en el cementerio, quiso estar a su lado hasta el último momento. De tal suerte que el alférez que mandaba el piquete de ejecución tuvo que ordenarle por tres veces: "¡Padre, apártese usted, por favor!". El padre Forteza por fin se apartó; pero el Señor y el gran misterio de la madrugada eran testigos de que hubiera deseado que una bala le atravesara también a él el corazón, para poder seguir atendiendo al desconocido muchacho de Orriols, del que sólo sabía que se llamaba Ángel.

El segundo logro fue una mujer. Una mujer de Almería, conocida por Rosa-Mari y que se había presentado ella misma a la policía de Figueras acusándose de haber dado muerte a un guardia civil de los que montaban guardia en La Carbonera. Era una mujer extraña, de mirada bellísima y loca, que cuando veía un hombre se despeinaba. El padre Forteza sospechó desde el primer instante que era anormal y que su auto acusación era una mentira insensata. Gracias a ello consiguió no sólo aplazar el cumplimiento de la sentencia, sino que el Tribunal accediera a revisar la causa. Entonces ella, Rosa-Mari, en agradecimiento, se lanzó al cuello del jesuita y lo besó en la boca. Y le dijo que quería confesarse. Y lo hizo. Lo hizo arrodillada -y despeinada- con unción. Y se confesó de todos los pecados de su vida ¡y de haberle mentido, efectivamente, a la policía de Figueras! Oh, no, ella no había matado al guardia; pero le ocurrió que quiso morirse, porque su "hombre" se había ido a Francia y no regresaba. Por eso concibió aquel ardid. El padre Forteza le dio la absolución, presa de mil sentimientos dispares. Y le dijo: "Ya estás reconciliada con Dios. Ahora yo procuraré que te reconcilies también con la justicia". El padre Forteza confiaba en que el doctor Chaos redactaría un informe médico sobre el estado mental de Rosa-Mari, salvándola de la ejecución.

Ángel, muchacho de Orriols, y Rosa-Mari, mujer de Almería. Nada más. El padre Forteza no cobró ninguna otra pieza desde que el señor obispo le encargó aquella tarea. En verdad que el balance era triste. Él lo atribuía a la condición humana, pero también a su personal imperfección. Así se lo manifestó a los congregantes, con motivo de una comunión general. "Si yo fuera como debería ser, un San Ignacio, por ejemplo, los frutos serían más abundantes… Pero estoy en mantillas. ¡Señor, Señor, qué desolación!".

En aquellas primeras semanas veraniegas se produjeron también novedades pintorescas.

Jaime, el depurado de Telégrafos por separatista -uno de los noctámbulos solitarios-, contribuyó a que la ciudad las conociera. Gracias a una gestión que Matías hizo en su favor consiguió el puesto de repartidor de Amanecer por el barrio céntrico, que era el de la Rambla, donde las propinas serían sin disputa más copiosas. En prueba de gratitud, el hombre le dijo a Matías Alvear, suscriptor del periódico:

– Cada mañana, en el ejemplar que les corresponda a ustedes, subrayaré con lápiz rojo las noticias que me parezcan de interés… ¿Vale?

¿Cómo no iba a valer? La idea encantó a Matías, quien a partir de la fecha, cada día al sentarse para el desayuno, al tiempo que desplegaba Amanecer, le decía a Carmen Elgazu:

– Vamos a ver qué nos dice hoy el amigo Jaime…

Era evidente que aquel detalle añadía su grano de pimienta a la llegada del periódico. Sin embargo, al poco tiempo Carmen Elgazu empezó a sospechar que el lápiz rojo de Jaime no era imparcial, que subrayaba principalmente las noticias que pudieran ridiculizar en algún sentido la actuación del Gobierno o de las autoridades locales.

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