El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– ¿Puedo preguntar -dijo Sheila- si elucubraste ese argumento para convencer a la policía de que no la mataste? En ese caso temo que estés condenado al fracaso.
– Mi querida Sheila: no tenía ningún motivo valedero para matar a Yseut. Es cierto que anoche mentí a la policía al decir que ni Donald ni yo salimos de ese cuarto, y no es menos cierto que creo que Fen se dio cuenta…, maldito sea. Pero aun cuando eso se descubriera, no veo qué tengo que temer. Tú, en cambio…
Sheila alzó la vista rápidamente.
– ¿Yo qué motivo podría tener?
– Venganza, mi querida, venganza -dijo en tono histriónico-. Les conté lo de la pequeña discrepancia que tuvisteis. Confío en que no te importe.
Sufrió una desilusión al ver que aceptaba la revelación sin resentimiento.
– No -dijo Sheila, despacio, luego de una corta pausa-, no me importa. Tarde o temprano se habrían enterado. ¿Piensan interrogarme?
– No lo dudes. Pero es un proceso inocuo; están completamente desorientados -otra pausa-. Creo -añadió Nicholas como para sí- que asistiré al ensayo de hoy; será interesante ver cómo reacciona la gente.
En el pequeño y moderno apartamento que ocupaba en el colegio, Jean Whltelegge se despertó abriendo un ojo con cautela para recibir las impresiones del nuevo día; paseó la mirada por la pared opuesta, vio la repisa de la chimenea con sus perritos de porcelana y animales de madera de todas las especies; la ventana castigada por la lluvia, y fuera las imágenes fantásticas de las copas de los árboles y las paredes de ladrillo emborronadas; el ropero que contenía su escaso guardarropa; el gramófono portátil con los álbumes de los Cuartetos de Beethoven desparramados alrededor; las malas reproducciones de Gauguin que adornaban las paredes; la biblioteca con los tomos altos y finos de poesía moderna, los libros sobre ballet y teatro, las novelas de Strindberg, Auden, Eliot, Bridie, Cocteau y, en sitio de honor en el primer estante, una edición común en sobria encuadernación negra, bastante manoseada, de las obras de Robert Warner. La mirada de Jean se detuvo ahí, pensativa, vacilante; frases de las comedias de Robert le vinieron a la mente, personajes aparecieron sin que nadie los llamase, una multitud de líneas finales sutiles, asombrosas, en apariencia inconsecuentes, acudió a su memoria. Se sentó en el lecho, deliberadamente corrigió la posición de un tirante que se le había deslizado por el hombro, miró el reloj, viendo que por más prisa que se diera llegaría tarde al desayuno, sacó las esbeltas piernas fuera de la cama, se levantó y quedó un rato contemplándose con ojo crítico en el espejo de la puerta del ropero. «Vulgar», pensó, «aunque nadie podría decir que estoy mal formada; en ese sentido bastante más atractiva que Yseut…» Algo interrumpió de pronto sus pensamientos, y Jean trató de evocar lo poco y mal que recordaba sobre jurisprudencia criminal.
Alguien llamó a la puerta; que era un aviso de llegada puramente convencional quedó demostrado por la rapidez con que su autora penetró en la habitación. Estelle Bryant era una de las alumnas más ricas, maquillada y perfumada con Chanel, con las piernas enfundadas en medias de seda y vestida con gusto exquisito, en marcado contraste con los toscos zapatones y las blusas y faldas de grueso tweed que lucía la inmensa mayoría de sus compañeras de tribu. Se arrojó sobre la cama presa de viva excitación.
– ¡Querida! -exclamó-. ¿Supiste lo de Yseut?
Jean la miró en silencio un momento. Después dijo:
– ¿Yseut? No, ¿qué le ha pasado?
– La mataron, hija; la encontraron muerta, con un balazo en mitad de la frente. Tus amigos del teatro tendrán que buscarse una sustituta. Creo que si no fuera porque el Inglés Medio me fascina, me ofrecería para cubrir la vacante -apoyada en un codo, logró encender un cigarrillo no sin dificultad.
– ¿Dónde, Estelle? -preguntó Jean-. ¿Y cuándo? -su voz sonaba extrañamente desinteresada.
– Nada menos que en St. Christopher's, en el dormitorio de tu adorado Donald. Oh Dios, no debería haber dicho eso, ¿verdad? Suena mal.
Jean ensayó una sonrisa débil.
– Por mí no te aflijas. Casualmente sé qué Donald no estaba allí en ese momento. ¿Quién creen que la mató?
– No alcanzo a comprender qué le ves a ese chiquillo, querida -siguió parloteando Estelle, y con esfuerzo manifiesto recordó la pregunta de su amiga-. A, quién la mató. Supongo que no lo saben; o que si lo saben se lo guardan. De cualquier manera hasta ahora no han detenido a nadie.
– Gracias a Dios.
– Sí, ya sé a qué te refieres. Si todo lo que he oído es cierto, el mundo no ha perdido gran cosa. Pero te aseguro que ahora que Fen ha tomado cartas en el asunto, no me gustaría estar en el pellejo del asesino; con sólo verlo desmenuzar mis ensayos siento que la sangre se me hiela -la voz cobró un matiz nostálgico-. ¡Dios, qué inteligente es ese hombre! Movilizo todos mis recursos para congraciarme con él, pero en vano. Flirtea violentamente, pero siempre en broma. ¡Pobre de mí! -suspiró.
– No creerán que fue Donald, ¿verdad? -preguntó Jean.
– Mira, hija, no me cuentan sus secretos. ¡Dios Todopoderoso, qué combinación divina! ¿Dónde la compraste?
Del tema de la ropa interior pasaron por transición natural al eterno tópico del sexo opuesto.
Lo primero que vio Donald Fellowes al abrir los ojos fue un gran montón de ropa apilada en una silla, al lado de la cama. Fue preciso que transcurrieran unos segundos para que comprendiese qué estaba en el marco extraño del cuarto de huéspedes, y los motivos. Un Breughel lleno de bobos flamencos lo miraba desde encima de la chimenea; poco allá colgaba un pésimo grabado de Haden, y aparte de eso la habitación carecía de personalidad. Tenía un dolor de cabeza de marca mayor y la boca seca. Se incorporó y sepultó el rostro entre las manos murmurando: «¡Dios! ¡Oh Dios mío!» Un bedel se asomó por la puerta, anunciando que faltaban cinco minutos para el desayuno. Abandonando el lecho de mala gana, pensó en Yseut con indiferencia y desde una gran distancia… y también pensó en otra cosa. «¡Señor, Señor!», dijo para sí. «¿Quién, en nombre del cielo, habría pensado…? Nadie entiende a las mujeres.» Rumiando esta conclusión tan poco original se calzó las zapatillas, se puso la bata, para luego salir en dirección al baño bajo la protección de un paraguas.
Rachel West arregló una punta de su négligé que no estaba donde debía y se sirvió otra taza de té. Robert, contemplándola por encima de la mesa, pensó que había sabido conservar intacta su belleza durante los años que duraban sus relaciones. ¿Qué edad tendría ahora? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho? Y sin embargo, su silueta seguía siendo firme, delicadamente modelada, quizá un poco pueril. Rachel no había dejado que su larga familiaridad con él le hiciera descuidar su aspecto por las mañanas, a esa hora en que las esposas, legítimas o no, invariablemente están peor; en realidad para evitarlo había entre ellos una rutina, un acuerdo tácito. El había estado narrándole los acontecimientos de la víspera. Cuando terminó, hubo una pausa, y por fin Rachel habló.