Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Nobleza obliga - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nobleza obliga

Электронная книга - «Nobleza obliga». Краткое содержание книги:

Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 51
Перейти на страницу:

– Poca cosa -respondió Brunetti-. Me gustaría hablar con varias personas más y luego otra vez con los padres.

– ¿Los padres de Roberto? -preguntó Patta.

Brunetti resistió la tentación de contestar que difícilmente podría interrogar a los de Maurizio, estando el padre muerto y la madre ausente.

– Sí, señor.

– Usted tiene presente quién es él, ¿verdad? -preguntó Patta.

– ¿Lorenzoni?

– El conde Lorenzoni -rectificó Patta automáticamente. Aunque el gobierno italiano había suprimido los títulos nobiliarios hacía décadas, Patta era de los que no podían dejar de sentir debilidad por la aristocracia.

Brunetti hizo caso omiso de la rectificación.

– Me gustaría volver a hablar con él. Y con su esposa.

Patta abrió la boca para protestar, pero recordando quizá a TelePadova se limitó a hacer una recomendación:

– Trátelos bien.

– Sí, señor -dijo Brunetti. Durante un momento pensó en volver a sacar el tema del ascenso de Bonsuan, pero desistió y se levantó. Patta, atento a los papeles que tenía encima de la mesa, no se dio por enterado de la marcha del comisario.

La signorina Elettra aún no estaba en su despacho, y Brunetti bajó a la oficina de los policías de uniforme, en busca de Vianello. Encontró al sargento en su mesa y le dijo:

– Me parece que ya es hora de que hablemos con los chicos que robaron el coche de Roberto.

Vianello sonrió señalando con la barbilla unos papeles que tenía en la mesa. Al ver la nítida tipografía de la impresora láser, Brunetti preguntó:

– ¿Elettra?

– No, señor. Llamé a la muchacha que salía con él. Ella se me quejó de acoso policial y dijo que ya le había dado las direcciones a usted, pero insistí, conseguí los nombres y encontré las direcciones.

Brunetti señaló con gesto interrogativo la hoja de papel, que en nada se parecía a los informes que solía garabatear Vianello.

– La signorina está enseñándome a usar el ordenador -explicó el sargento sin disimular el orgullo.

Brunetti tomó el papel y lo sostuvo alargando el brazo, para leer la pequeña letra.

– Vianello, aquí hay dos nombres y direcciones. ¿Para eso necesita ordenador?

– Si se fija en las direcciones, comisario, verá que uno de ellos está en Génova, haciendo el servicio militar. Y eso ha salido del ordenador.

– Oh -dijo Brunetti acercándose el papel-. ¿Y el otro?

– El otro está aquí, en Venecia, y ya he hablado con él -afirmó Vianello, molesto.

– Buen trabajo -dijo Brunetti, la única fórmula que se le ocurrió para desagraviar a Vianello-. ¿Qué le ha dicho del coche? ¿Y de Roberto?

Vianello miró a Brunetti, aplacado.

– Lo mismo que han dicho todos. Que es un figlio di papà con mucho dinero y poco trabajo. Cuando le pregunté por el robo del coche, al principio lo negaba. Entonces le dije que no habría consecuencias, que sólo queríamos detalles. Y me explicó que Roberto les pidió que se lo llevaran, para llamar la atención de su padre. Bueno, eso no lo dijo Roberto; me lo ha dicho él. En realidad, parecía que el chico sentía pena por él, por Roberto.

Cuando vio que Brunetti iba a decir algo, aclaró:

– No por el hecho de que hubiera muerto, o no sólo por eso. Me ha dado la impresión de que sentía que Roberto tuviera que recurrir a estos medios para llamar la atención de su padre, que estuviera tan solo, tan perdido.

Brunetti dio un gruñido afirmativo, y Vianello prosiguió:

– Llevaron el coche a Verona, lo dejaron en un aparcamiento y volvieron en tren. Roberto lo pagó todo y los invitó a cenar.

– Aún eran amigos cuando él desapareció, ¿verdad?

– Parece que sí, pero éste… Niccolò Pertusi se llama, conozco a su tío, y dice que es buen chico… Bien, pues Niccolò me ha dicho que durante las últimas semanas antes de que ocurriera aquello, Roberto parecía otro. Siempre estaba cansado, se habían acabado las bromas, sólo hablaba de lo mal que se encontraba y de los médicos que lo visitaban.

– Y no tenía más que veintiún años -dijo Brunetti.

– Lo sé. Extraño, ¿verdad? Me gustaría saber si realmente estaba enfermo. -Vianello se echó a reír-. Mi tía Lucia diría que era un aviso. Sólo que ella diría -y aquí Vianello ahuecó la voz tétricamente-: «Un Aviso.»

– No -respondió Brunetti-. A mí me parece que estaba realmente enfermo.

Ninguno de los dos tuvo que decir explícitamente lo que procedía hacer ahora. Brunetti movió la cabeza de arriba abajo y se fue a su despacho, a hacer la llamada.

Como de costumbre, perdió diez minutos explicando a varias secretarias y enfermeras quién era y qué deseaba, más otros cinco que invirtió en convencer al especialista de Padua, el doctor Giovanni Montini, de que la información que solicitaba sobre Roberto Lorenzoni era necesaria. Y el tiempo que tuvo que esperar mientras el médico enviaba a una enfermera a buscar la ficha de Roberto.

Cuando el doctor Montini tuvo por fin la ficha en sus manos, dijo a Brunetti unas palabras que el comisario había oído tantas veces que ya empezaba a sentir los síntomas que describían: cansancio, dolor abdominal y malestar general.

– ¿Y llegó a descubrir la causa, doctor? -preguntó Brunetti-. Al fin y al cabo, no debe de ser frecuente que una persona tan joven presente ese cuadro.

– Podía tratarse de depresión -apuntó el médico.

– Por lo que he podido averiguar, Roberto Lorenzoni no parecía un tipo depresivo -dijo Brunetti.

– Quizá no -convino el médico. Brunetti oyó ruido de papeles-. No; no tengo ni idea de lo que podía ocurrirle a ese chico -concluyó el médico-. Los análisis hubieran podido sacarnos de dudas.

– ¿Análisis?

– Sí. Era un paciente particular y podía pagarlos de su bolsillo. Pedí una serie de pruebas completa.

Brunetti hubiera podido preguntar si un paciente que tuviera los mismos síntomas, pero fuera atendido por la sanidad estatal, hubiera sido analizado. Pero lo que preguntó fue:

– ¿«Hubieran podido», doctor?

– Sí; no los tengo en el expediente.

– ¿Por qué no?

– Como él no volvió a llamar para pedir hora, seguramente nosotros no reclamamos los resultados al laboratorio.

– ¿Podrían reclamarlos ahora, doctor?

La resistencia del médico era audible.

– Eso es muy irregular.

– Pero, ¿cree que podríamos tener esos resultados, doctor?

– No veo de qué podría servir.

– Doctor, en este momento, cualquier información que podamos conseguir acerca del muchacho puede ayudarnos a descubrir a las personas que lo asesinaron. -Brunetti había podido comprobar muchas veces que, por habituadas que estuvieran las personas a la palabra «muerte», todas respondían igual a la palabra «asesinato».

Tras una larga pausa, el médico preguntó:

– ¿No existe una vía oficial por la que pueda usted reclamarlos?

– La hay, pero comporta un proceso largo y complicado. Doctor, si los pidiera usted, nos ahorraría tiempo y papeleo.

– Bien, supongo que tiene razón -dijo el doctor Montini, y nuevamente era audible su resistencia.

– Muchas gracias, doctor -dijo Brunetti, y le dio el número de fax de la questura.

El médico, al verse tan arteramente inducido a enviar el fax, se vengó con la única arma que tenía a su alcance:

– De acuerdo, pero a finales de semana -y colgó sin esperar la respuesta de Brunetti.

20

Recordando la exhortación de su superior de tratar bien a los Lorenzoni -ya sabría Patta qué habría querido decir con eso-, Brunetti marcó el número del móvil de Maurizio y le preguntó si podría hablar con la familia a última hora de la tarde.

– No sé si mi tía está en condiciones de ver a alguien -dijo Maurizio, con un ruido de fondo que podía ser de tráfico callejero.

1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 51
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)