Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nobleza obliga». Краткое содержание книги:
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– He hablado con varias personas -respondió el conde-. Dicen que la madre está muy mal. -Estas palabras, en boca de otra persona, hubieran podido ser una invitación al chismorreo, no un simple comentario.
– Sí; la he visto.
– Lo siento -dijo el conde-. Era una mujer deliciosa. La conocí hace años, antes de que se casara. Era alegre, divertida y muy bonita.
Sorprendido de sí mismo por no haber indagado en la historia de la familia y haberse dado por satisfecho sólo con la vaga idea de que eran muy ricos, Brunetti preguntó:
– ¿Lo conocías también a él?
– No hasta mucho después, cuando ya estaban casados.
– Creí que los Lorenzoni eran muy conocidos.
El conde suspiró.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Brunetti.
– El padre de Ludovico entregó los judíos a los alemanes.
– Sí, lo sé.
– Todo el mundo lo sabía, pero, como no había pruebas, después de la guerra no pudieron hacerle nada. De todos modos, ninguno de nosotros lo trataba. Ni sus propios hermanos querían saber de él.
– ¿Y Ludovico? -preguntó Brunetti.
– Pasó toda la guerra en Suiza, con unos parientes. Era muy pequeño.
– ¿Y después de la guerra?
– El padre no vivió mucho. Ludovico no volvió a verlo. Ya había muerto cuando él regresó a Venecia. No había mucho que heredar: el título y el palazzo, y nada más. Cuando volvió, hizo las paces con sus tíos. Ya en aquel entonces, parecía que no pensaba más que en hacer su apellido tan famoso por sus propias actividades que todos se olvidaran de su padre.
– Y, por lo que se ve, lo consiguió -comentó Brunetti.
– Sí, lo ha conseguido.
Brunetti sabía acerca de los negocios de su suegro lo suficiente como para deducir que se movía en los mismos círculos e, incluso, en competencia directa con la familia Lorenzoni, por lo que aceptaba sin reservas sus opiniones.
– ¿Y ahora? -preguntó Brunetti.
– ¿Ahora? Pues ahora lo único que tiene es un sobrino.
Brunetti sintió que estaban pisando terreno poco firme. El propio conde Orazio no tenía un hijo varón que heredara el apellido, ni siquiera un sobrino que continuara los negocios familiares. Tenía tan sólo una hija, casada no con un hombre de una posición social tan preeminente como la suya, sino con un policía que parecía destinado a no pasar de la categoría de comisario. La misma guerra que llevó al padre de Ludovico a cometer crímenes contra la humanidad hizo del padre de Brunetti un capitán de un regimiento de infantería que había marchado a Rusia con botas de suelas de cartón a combatir contra los enemigos de Italia. Pero aquellos hombres no habían luchado contra más enemigo que el invierno ruso, y sucumbido. Los pocos que sobrevivieron, entre ellos, el padre de Brunetti, desaparecieron durante años en los gulags de Stalin. El hombre de pelo gris que regresó a Venecia en 1949 seguía siendo capitán y tuvo que pasar los años que le quedaban de vida con una pensión de capitán. Pero se habían cometido crímenes contra su espíritu, y Brunetti, de niño, raramente vio en su padre algún vestigio del hombre vital y alegre con el que su madre se había casado.
Zafándose de los recuerdos y de su quehacer profesional en el caso Lorenzoni, Brunetti dijo:
– Traté de hablar con Paola.
– ¿Cómo que trataste?
– No es fácil.
– ¿No es fácil decir a una persona que la quieres?
Brunetti, asombrado al oír de labios del conde una frase tan sentimental, no dijo nada.
– ¿Guido?
– ¿Sí? -Brunetti se preparó para un largo reproche, pero sólo escuchó un silencio tan largo como el suyo propio.
– Te comprendo, no quería ser tan brusco. -El conde no dijo más, y Brunetti optó por tomar sus palabras como una disculpa. Desde hacía veinte años, él y el conde habían tratado de cerrar los ojos al hecho de que el matrimonio los había emparentado, pero no los había hecho amigos, y ahora el conde parecía estar ofreciéndole precisamente su amistad.
Se hizo otro silencio, al que puso fin el conde.
– Ten cuidado con esa gente, Guido.
– ¿Los Lorenzoni?
– No; con los que secuestraran a ese chico. Era inofensivo. Y Lorenzoni podía haber pagado el rescate. También me han dicho eso.
– ¿Qué?
– Un amigo me dijo que había oído el rumor de que alguien se había ofrecido para prestar el dinero al conde.
– ¿Todo el dinero?
– Todo el que necesitara. Con un buen interés, desde luego. Pero la oferta se hizo.
– ¿Quién la hizo?
– Eso no importa.
– ¿Tú lo crees?
– Sí; es verdad. Pero aun así lo mataron. Lorenzoni hubiera podido hacerles llegar el dinero de algún modo, no me cabe duda. Pero lo mataron antes de que pudiera intentarlo siquiera.
– ¿Cómo iba a pagar? La policía vigilaba. -En el informe del secuestro se describía el rigor con el que se había controlado a los Lorenzoni y su patrimonio.
– Continuamente se está secuestrando a gente, Guido, y se paga el rescate sin que la policía se entere. No es difícil arreglarlo.
Brunetti sabía que era verdad.
– ¿Sabes si él o el que se ofreció a prestarle el dinero tuvo más noticias de los secuestradores?
– No. Después de la segunda carta, no hubo nada más, por lo que no llegó a hacerse el préstamo.
Brunetti había deducido del informe que la policía estaba desconcertada por el crimen. Ni pistas, ni rumores entre los informadores: el chico se había esfumado sin dejar huella, hasta que sus restos aparecieron en una zanja.
– Por eso te pido que tengas cuidado, Guido. Si lo mataron aun sabiendo que podían conseguir el dinero, es que son peligrosos.
– Tendré cuidado -dijo Brunetti, pensando en las veces que había dicho estas mismas palabras a la hija de este hombre-. Y gracias.
– De nada. Si sé algo más te llamaré. -Con estas palabras, el conde colgó. ¿Por qué secuestrar a una persona y no cobrar el rescate?, se preguntaba Brunetti. Las referencias acerca del estado de salud de Roberto en las semanas anteriores al secuestro, no indicaban que pudiera ofrecer resistencia o tratar de escapar de sus secuestradores. Por lo tanto, tenía que ser fácil mantenerlo prisionero. Y aun así lo habían matado.
Y el dinero. A pesar de los esfuerzos de la policía, el conde hubiera podido disponer de él y, siendo un hombre tan inteligente y bien relacionado, no habían de faltarle los medios para hacerlo llegar a los secuestradores.
A pesar de todo, no hubo tercera carta. Brunetti revolvió en el montón de papeles que tenía encima de la mesa hasta que encontró el informe de la policía de Belluno. Releyó los primeros párrafos. Decía que, en parte, el cuerpo estaba cubierto sólo por unos centímetros de tierra, una de las razones por las que había sufrido tantos «daños por animales». Volvió al final de la carpeta y abrió el sobre que contenía las numerosas fotos tomadas del cuerpo. Extrajo las vistas generales y la esparció sobre la mesa.
Sí, los huesos estaban muy cerca de la superficie. En algunas fotos se veía lo que parecían fragmentos que asomaban entre la hierba junto al surco, en la zona que no había sido arada. Se había enterrado a Roberto con precipitación, sin precauciones, como si a los asesinos no les importara que fuera descubierto.
Y el anillo. El anillo. Quizá, lo mismo que su novia, Roberto trató de esconderlo al principio, cuando aún pensaba que se trataba de un robo, y lo metió en el bolsillo y se olvidó de él. Como en tantas otras cosas relacionadas con la desaparición y la muerte de Roberto, no había manera de saber lo sucedido.
Las reflexiones de Brunetti fueron interrumpidas por la entrada de Vianello, que irrumpió en el despacho resoplando por haber subido corriendo la escalera.
– ¿Qué pasa?
– Lorenzoni -jadeó el sargento.
– ¿Qué?
– Ha matado a su sobrino.