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Nobleza obliga

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Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
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Brunetti decidió no seguir el féretro hasta el borde del agua para verlo subir a bordo de la embarcación que lo llevaría al cementerio, y regresó a la questura por San Lio, parándose por el camino a tomar un café y un brioche. Se terminó el café, pero del brioche sólo pudo comer un bocado. Dejó el resto en el mostrador, pagó y se fue.

Subió a su despacho. En la mesa encontró una postal de su hermano. En el anverso estaba la Fontana de Trevi y, en el reverso, en la letra cuadrada y pulcra de Sergio, el mensaje: «El trabajo, un éxito, nosotros dos, unos héroes», seguido del garabato de la firma y de la posdata: «Roma, horrenda, sórdida.»

Brunetti trató de ver si el matasellos llevaba fecha. Si la llevaba, estaba borrosa e ilegible. Se admiró de que la postal hubiera podido llegar de Roma en menos de una semana; él había recibido cartas de Turín que habían tardado tres. Pero quizá Correos daba prioridad a las postales, o quizá las preferían porque eran más pequeñas y más ligeras. Leyó el resto del correo, en el que había cosas importantes, pero ninguna interesante.

La signorina Elettra estaba junto a la mesa de la ventana, poniendo unos lirios en un jarrón alto que recibía un haz de luz que bañaba la mesa y el suelo. Llevaba un jersey casi del mismo color que los lirios y su figura era casi tan esbelta como ellos.

– Son muy bonitos -dijo él al entrar.

– ¿Verdad que sí? Pero me gustaría saber por qué los de invernadero no tienen aroma.

– ¿No?

– Muy poco. Huela. -Se hizo a un lado.

Brunetti se inclinó. No tenían aroma, sólo un ligero olor genérico a vegetal.

Pero, antes de que pudiera hacer un comentario, oyó una voz a su espalda que decía:

– ¿Se trata de una nueva técnica de investigación, comisario?

La voz del teniente Scarpa tenía una cantinela de curiosidad. Cuando Brunetti se irguió y se volvió a mirarlo, la cara de Scarpa era una máscara de respetuosa atención.

– Sí, teniente -respondió-. La signorina Elettra me decía que, como los lirios son tan bellos, resulta difícil saber cuándo están corrompidos. Hay que olerlos para saberlo.

– ¿Y están corrompidos? -preguntó el teniente Scarpa con aparente interés.

– Todavía no -se adelantó a contestar la signorina Elettra yendo hacia su mesa. Al pasar por delante de Scarpa, se paró y mirándole el uniforme de arriba abajo dijo-: Con las flores es más difícil notarlo. -Y siguió andando. Cuando estuvo en su mesa, con una sonrisa tan falsa como la de él, preguntó-: ¿Deseaba algo, teniente?

– El vicequestore me ha pedido que subiera -respondió él con voz ronca.

– Pues adelante -dijo ella, agitando la mano en dirección a la puerta del despacho de Patta. Sin decir nada, Scarpa pasó junto a Brunetti, dio un golpe en la puerta y entró sin aguardar respuesta.

Brunetti esperó a que se cerrara la puerta para decir:

– Debería tener cuidado con él.

– ¿Con él? -hizo ella sin disimular el desdén.

– Con él, sí -repitió Brunetti-. Tiene el favor del vicequestore.

Ella se inclinó hacia adelante y levantó un cuadernito de piel marrón.

– Y yo tengo su agenda. Eso equilibra las cosas.

– Yo no estaría tan seguro -insistió Brunetti-. Puede ser peligroso.

– Si le quitas el arma, no es más que otro terron maleducato.

Brunetti no estaba seguro de si podía tolerar, por un lado, una falta de respeto hacia un funcionario que tenía el grado de teniente y, por otro, una alusión despectiva a su lugar de origen. Luego recordó que estaban hablando de Scarpa y lo dejó pasar.

– ¿Ha hablado ya con el hermano de su amigo acerca de Roberto Lorenzoni, signorina?

– Sí, dottore. Olvidé decírselo. Perdone.

Brunetti observó con interés que ella parecía más afectada por este olvido que por el incidente con el teniente Scarpa.

– ¿Qué dijo?

– No mucho. Quizá por eso lo olvidé. Sólo que Roberto era vago, que estaba muy mimado y que siempre copiaba.

– ¿Nada más?

– También me dijo Edoardo que Roberto siempre estaba buscándose líos por meter la nariz en los asuntos de los demás, que cuando iba a casa de otros chicos abría cajones y curioseaba en sus cosas. Me dio la impresión de que casi lo admiraba por eso. Dijo que un día Roberto se escondió después de clase para quedarse encerrado en la escuela, y registró las mesas de todos los maestros.

– ¿Por qué lo hizo? ¿Para robarles?

– Oh, no. Sólo quería ver qué tenían.

– ¿Seguían en contacto cuando secuestraron a Roberto?

– En realidad, no. Edoardo estaba haciendo el servicio militar en Modena. Dijo que, cuando ocurrió el secuestro, hacía más de un año que no se veían. Pero que lo apreciaba.

Brunetti no sabía qué pensar de la información. De todos modos, dio las gracias a la signorina Elettra, se abstuvo de volver a ponerla en guardia contra el teniente Scarpa y regresó a su despacho.

Miró las cartas y los informes que tenía encima de la mesa y los apartó a un lado. Se sentó, abrió el cajón de abajo con la punta del zapato derecho y apoyó los dos pies en la madera. Cruzó los brazos y se quedó con la mirada fija en el espacio situado encima del armario. Trataba de evocar alguna emoción por Roberto, y fue la imagen del chico encerrado en la escuela curioseando en las mesas de sus maestros lo que hizo que Brunetti empezara por fin a hacerse una idea de su manera de ser. No hizo falta más que la percepción de su humanidad inexplicable para que Brunetti, finalmente, se llenara de esa terrible compasión por los muertos que tantas veces había sentido en su vida. Pensó en todo lo que hubiera podido ser la vida de Roberto. Hubiera podido encontrar un trabajo que le gustara, una mujer a la que amar, hubiera podido tener un hijo.

Con él moría la familia; por lo menos, la descendencia directa del conde Ludovico.

Brunetti sabía que el linaje de los Lorenzoni se remontaba a los lejanos siglos en los que la historia y la leyenda se confunden, y se preguntaba qué debía de sentir el conde al verlo acabar. Recordaba que Antígona decía que lo más terrible de la muerte de sus hermanos era que, al no poder sus padres tener más hijos, con aquellos cuerpos que se pudrían al pie de la muralla de Tebas, moría la familia.

Pensó en Maurizio, ahora presunto heredero del imperio Lorenzoni. Aunque los dos muchachos se habían criado juntos, no daba la impresión de que entre ellos hubiera mucho afecto o cariño. Al parecer, toda la devoción de Maurizio era para sus tíos. Por lo tanto, no iba a ser él quien les causara tan tremendo dolor robándoles a su único hijo. Pero Brunetti había visto más de una vez que el poder de auto justificación del criminal no tiene límite y sabía que Maurizio podía muy bien convencerse a sí mismo de que sería una obra de caridad darles un heredero competente, abnegado y trabajador, alguien que cumpliera plenamente sus expectativas de lo que debía ser un hijo, por lo que pronto superarían la pérdida de Roberto. Peores casos había visto Brunetti.

Llamó a la signorina Elettra y le preguntó si había averiguado el nombre de la muchacha a la que Maurizio había roto la mano. Ella le dijo que estaba anotado en hoja aparte al final de la relación de los valores que poseían los Lorenzoni. Brunetti buscó las últimas hojas. Maria Teresa Bonamini, y una dirección de Castello.

Marcó el número y preguntó por la signorina Bonamini. La mujer que contestó dijo que estaba trabajando. Cuando preguntó dónde, la mujer, sin tratar de averiguar quién deseaba saberlo, le dijo que trabajaba de dependienta en Coin, sección de moda para señora.

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