Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Nobleza obliga - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nobleza obliga

Электронная книга - «Nobleza obliga». Краткое содержание книги:

Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 51
Перейти на страницу:

– ¿Y qué pasó?

– Que cambiamos de proveedor -explicó Maurizio.

– ¿Era un contrato importante?

– Bastante -dijo el conde.

– ¿Cuánto?

– Unos cincuenta millones de liras al mes.

– ¿Hubo problemas? ¿Amenazas? -preguntó Brunetti.

El conde se encogió de hombros.

– Palabras fuertes, pero no amenazas.

– ¿Por qué?

El conde tardaba tanto en contestar, que Brunetti tuvo que repetir la pregunta:

– ¿Por qué?

– Lo recomendé a otra empresa de transportes.

– ¿Un competidor? -preguntó Brunetti.

– Todo el mundo es un competidor -dijo el conde.

– ¿Algún otro problema? ¿Con algún empleado quizá? ¿Alguno que tuviera relaciones con la Mafia?

– No -contestó Maurizio adelantándose a la respuesta de su tío.

Brunetti miraba atentamente al conde al hacer la pregunta, y observó su sorpresa ante la respuesta del joven.

Brunetti repitió lentamente la pregunta, dirigiéndose al conde:

– ¿Sabía si alguno de sus empleados tenía relaciones con el crimen organizado?

– No, no. -El conde denegó con la cabeza.

Antes de que Brunetti pudiera seguir preguntando, habló la condesa.

– Era mi niño. Y cómo lo quería. -Cuando Brunetti la miró, ella ya había dejado de hablar y volvía a pasar las cuentas del rosario.

El conde se inclinó y le acarició la mejilla, pero ella no acusó ni el contacto ni su presencia.

– Me parece que ya es suficiente -dijo el conde irguiéndose.

Brunetti aún deseaba algo más.

– ¿Tienen su pasaporte?

Como el conde no respondía, Maurizio preguntó:

– ¿El de Roberto? -Y, a la señal afirmativa de Brunetti, dijo-: Naturalmente.

– ¿Lo tienen aquí?

– Sí; está en su cuarto. Lo vi cuando estábamos… cuando lo limpiamos.

– ¿Podría traérmelo?

Maurizio miró interrogativamente al conde, que permaneció impasible.

El joven se excusó y, durante tres largos minutos, los dos hombres estuvieron escuchando las avemarías que susurraba la condesa, acompañadas del tintineo del rosario.

Entró Maurizio, que entregó el pasaporte a Brunetti.

– ¿Quieren que firme un recibo?

El conde desestimó la sugerencia con un ademán, y Brunetti guardó el pasaporte en el bolsillo de la chaqueta sin mirarlo.

De pronto, el susurro de la condesa subió de volumen.

– Se lo dábamos todo. Él lo era todo para mí -dijo, pero enseguida volvió a enlazar avemarías.

– Me parece que esto ya es más que suficiente para mi esposa -dijo el conde, mirándola con ojos de pena, la primera emoción que Brunetti le había visto manifestar.

– Sí -convino Brunetti, dando media vuelta para marcharse.

– Lo acompaño -se ofreció el conde. Por el rabillo del ojo, Brunetti vio que Maurizio lanzaba a su tío una viva mirada, pero el conde pareció no advertirlo y se dirigió a la puerta, que sostuvo para que saliera Brunetti.

– Gracias -dijo Brunetti a los tres miembros de la familia, a pesar de que dudaba de que uno de ellos se hubiera enterado siquiera de su visita.

El conde lo precedió por el corredor y abrió la puerta de la escalera.

– ¿Se le ocurre algo más, signor conte? ¿Algo que pudiera sernos de ayuda? -preguntó Brunetti.

– No; ya nada puede sernos de ayuda -respondió el hombre, casi como si hablara consigo mismo.

– Si se le ocurre algo o recuerda algo, le agradeceré que me llame.

– No hay nada que recordar -respondió el conde, cerrando la puerta antes de que Brunetti pudiera decir más.

Brunetti esperó hasta después de la cena para examinar el pasaporte de Roberto. Lo primero que le llamó la atención fue su espesor, acentuado por el desplegadle pegado a la última hoja. Brunetti lo extendió abriendo los brazos y contempló los múltiples visados, estampados en diferentes lenguas. Dio la vuelta a la hoja y en el reverso vio más sellos. Luego la plegó y abrió el pasaporte por la primera página.

Había sido expedido seis años atrás y renovado cada año, hasta la desaparición de Roberto. Indicaba fecha de nacimiento, estatura, peso y domicilio habitual. Brunetti fue pasando páginas. Evidentemente, no había sellos de los países de la Comunidad Europea, pero sí los había de Estados Unidos, México, Colombia y Argentina. Seguían, por orden cronológico, los de Polonia, Bulgaria y Rumania. A partir de ahí, la cronología se alteraba, como si los policías de aduana, sencillamente, lo hubieran sellado en el primer hueco que encontraban.

Brunetti fue a la cocina en busca de papel y bolígrafo e hizo la lista de los viajes de Roberto por riguroso orden cronológico. Al cabo de quince minutos, había llenado dos hojas de fechas y nombres de países, dispuestos en columnas un tanto embarulladas con las inserciones que había ido haciendo a medida que encontraba sellos estampados al azar.

Cuando hubo anotado todas las fechas y lugares, los copió de nuevo ordenadamente, llenando esta vez tres hojas. El último país que había, visitado Roberto, diez días antes del secuestro, era Polonia, adonde había llegado por el aeropuerto de Varsovia. El visado de salida indicaba que había estado en el país un día tan sólo. Con anterioridad, tres semanas antes del secuestro, había viajado a países cuyos nombres estaban impresos en caracteres cirílicos, y supuso que serían Bielorrusia y Tadzikistán.

Brunetti fue al estudio de Paola, que estaba al fondo del pasillo. Ella lo miró por encima de las gafas.

– ¿Sí?

– ¿Qué tal tu ruso?

– ¿Te refieres al amigo o a la lengua? -preguntó ella dejando el bolígrafo y quitándose las gafas.

– Tu amigo es asunto tuyo -dijo él con una sonrisa-. Me refiero a la lengua.

– Yo diría que a mitad de camino entre Pushkin y las señales de carretera.

– ¿Nombres de ciudades? -preguntó él.

Ella alargó la mano hacia el pasaporte que su marido sostenía ante sí. Él se acercó a la mesa, le dio el pasaporte y se situó detrás de ella, quitándole un hilo del jersey con gesto maquinal.

Ella tomó el pasaporte y preguntó:

– ¿Dónde están?

– Detrás, en la hoja extra.

Paola abrió el pasaporte y desplegó el papel.

– Brest.

– ¿Dónde está?

– En Bielorrusia.

– ¿Tenemos un atlas?

– En el cuarto de Chiara, me parece.

Cuando él volvió, Paola había copiado en un papel los nombres de las ciudades y países.

– Antes de molestarnos en buscar -dijo Paola cuando su marido le puso el libro delante-, veamos de qué año es la edición.

– ¿Por qué?

– Han cambiado muchos nombres, no sólo de países sino también de ciudades.

Paola abrió el libro por la página de créditos.

– Quizá nos sirva -dijo-. Es la edición del año pasado. -Fue al índice, buscó Bielorrusia y miró el mapa.

Durante un momento, contemplaron el mapa del pequeño país situado entre Polonia y Rusia.

– Es una de las llamadas repúblicas separadas.

– Lástima que sean los rusos los únicos que pueden separarse -dijo Brunetti, imaginando la dicha que sería para Italia del Norte poder librarse de Roma.

Paola, que estaba acostumbrada a estos comentarios, no contestó. Calándose las gafas, se inclinó sobre el mapa. Puso un dedo encima de un nombre.

– Aquí está la primera. En la frontera con Polonia. -Sin levantar el dedo, siguió mirando el mapa. A los pocos momentos, con la otra mano señaló otro lugar-. Y aquí tenemos la segunda. Parece que está sólo a unos cien kilómetros de la otra.

Brunetti puso la hoja del pasaporte al lado del atlas y volvió a mirar los visados, concretamente, las fechas.

1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 51
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)