Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– Qué clase de persona era. Qué clase de bromas le gustaban. Qué clase de trabajo hacía para la empresa. Esas cosas.
Aunque la serie de preguntas parecía un tanto heterogénea, incluso para el mismo Brunetti, Lorenzoni no pareció sorprendido.
– Era… -empezó-. No sé cómo decirlo para que suene bien. No era ni mucho menos una persona complicada.
Se interrumpió. Brunetti esperaba, curioso por descubrir qué otros eufemismos utilizaría el joven.
– Era útil a la empresa porque presentaba siempre una bella figura, por lo que mi tío podía enviarlo para que representara a la empresa en cualquier parte.
– ¿En negociaciones? -preguntó Brunetti.
– Oh, no -respondió Lorenzoni rápidamente-. Lo suyo eran los actos de sociedad, como llevar a los clientes a cenar o enseñarles la ciudad.
– ¿Qué otras cosas hacía?
Lorenzoni reflexionó unos instantes.
– Mi tío lo enviaba a entregar documentos importantes. Por ejemplo, cuando quería asegurarse de que un contrato llegaba a su destino rápidamente, lo llevaba Roberto.
– ¿Y luego pasaba varios días allí donde fuera?
– Sí, a veces -respondió Lorenzoni.
– ¿Iba a la universidad?
– Se matriculó en la facoltà de Economía Commerciale.
– ¿Dónde?
– Aquí, en Cà Foscari.
– ¿Cuánto tiempo llevaba matriculado?
– Tres años.
– ¿Cuántas asignaturas había aprobado?
La verdad, si Lorenzoni la sabía, no salió de sus labios.
– No lo sé. -Con esta última pregunta, Brunetti había roto cualquier sintonía que pudiera haber establecido su reacción a las palabras con que el joven había confesado su miedo-. ¿Por qué quiere saber todo esto? -preguntó.
– Deseo hacerme una idea de la clase de persona que era Roberto -respondió Brunetti con absoluta sinceridad.
– ¿Y eso qué puede importar? Después de tanto tiempo.
Brunetti se encogió de hombros.
– No sé si puede importar o no. Pero, si tengo que pasar meses de mi vida investigando el caso, es natural que quiera saber algo de él.
– ¿Meses?
– Sí.
– ¿Es que volverá a abrirse la investigación del secuestro?
– Ya no es sólo secuestro. Es asesinato.
El joven hizo una mueca al oír la palabra, pero no dijo nada.
– ¿Se le ocurre algo más que pueda ser importante?
Lorenzoni movió la cabeza negativamente y se volvió hacia la escalinata que subía a la puerta de la casa.
– ¿Algo sobre la forma en que se comportaba poco antes de ser secuestrado?
De nuevo Lorenzoni meneó la cabeza, pero luego se paró y volvió hacia Brunetti.
– Me parece que estaba enfermo.
– ¿Por qué lo dice?
– Siempre se quejaba de cansancio y de que no se encontraba bien. Creo que tenía algo de vientre, diarrea. Y había adelgazado.
– ¿No decía nada más sobre su salud?
– No, nada. Pero es que en los últimos años Roberto y yo no estábamos muy unidos.
– ¿Desde que empezó usted a trabajar en la empresa?
La mirada de Lorenzoni estaba tan desprovista de cordialidad como de sorpresa.
– ¿Qué quiere decir?
– A mí me parecería perfectamente natural que la presencia de usted en la empresa lo molestara, sobre todo si su tío valoraba su trabajo o mostraba confianza en su criterio.
Brunetti esperaba que Lorenzoni hiciera algún comentario, pero el joven lo sorprendió dando media vuelta y empezando a subir en silencio los tres anchos escalones que conducían a la casa. Brunetti le gritó mientras se alejaba:
– ¿Existe alguna otra persona que pueda hablarme de él?
En lo alto de los escalones, Lorenzoni se volvió hacia los dos hombres.
– No. Nadie lo conocía. Nadie puede ayudarle. -Se volvió de nuevo hacia la casa, entró y cerró la puerta.
18
Como el día siguiente era domingo, Brunetti se desentendió de los Lorenzoni y no volvió a dedicar atención a la familia hasta la mañana siguiente, en que asistió al funeral de Roberto, rito tan solemne como triste. La misa se celebró en San Salvador, iglesia situada a un extremo de Campo San Bartolomeo que, por su proximidad a Rialto, recibía un flujo constante de turistas durante todo el día y, por consiguiente, también durante la misa. Brunetti, sentado en uno de los últimos bancos, era consciente de su invasión, oía el murmullo de sus cuchicheos mientras deliberaban sobre cómo retratar la Anunciación del Tiziano y la tumba de Caterina Cornaro. Pero, ¿durante un funeral? Podían hacerlo en silencio y, desde luego, sin flash.
El cura, haciendo caso omiso del coro de murmullos, proseguía el milenario ritual hablando de lo efímero que es nuestro tiempo en este mundo y de la tristeza que debía de embargar a los padres y familiares de este hijo de Dios, cuya vida terrena había sido segada tan prematuramente. Pero a continuación exhortó a su auditorio a pensar en la bienaventuranza que aguarda a los fieles y los justos que son llamados a habitar en la morada del Padre Celestial, fuente de todo amor. Sólo una vez se distrajo el oficiante de sus funciones: cuando en la parte de atrás de la iglesia sonó un golpe estrepitoso, producido por una silla al ser derribada, seguido de una interjección musitada en una lengua que no era la italiana.
La liturgia prosiguió a despecho del incidente, el sacerdote y sus acólitos dieron lentamente la vuelta al féretro con cánticos y aspersiones de agua bendita. Brunetti se preguntó si sería él el único que se sentía inclinado a meditar sobre lo que se hallaba debajo de la tapa de caoba artísticamente labrada. Ninguno de los presentes lo había visto: la identidad de Roberto había tenido que determinarse sólo por unas radiografías dentales y un anillo de oro que, según le había dicho el comisario Barzan, había hecho que el conde prorrumpiera en sollozos al reconocerlo. Ni el mismo Brunetti, a pesar de haber leído el informe de la autopsia, sabía qué cantidad de sustancia física de lo que fuera Roberto Lorenzoni estaba ahora al pie del altar. Haber vivido veintiún años y haber dejado tras de sí tan poca cosa, aparte de unos padres destrozados por la pena, una novia que ya había tenido un hijo con otro y un primo que rápidamente se había instalado en el puesto de heredero. De Roberto, hijo de padre terrenal y de padre celestial, quedaba muy poco. Había sido un tipo corriente, hijo único y mimado de padres ricos, un chico del que se exigía poco y del que se esperaba aún menos. Y ahora no era más que unos huesos mondos y unas piltrafas, en una caja dentro de una iglesia, y ni el policía encargado de encontrar a su asesino podía sentir verdadera pena por su prematura muerte.
El fin de la ceremonia ahorró a Brunetti mayores cavilaciones. Cuatro hombres de mediana edad portaron el féretro desde el altar hasta la puerta de la iglesia. Detrás salieron el conde Ludovico y Maurizio, que daban el brazo a la condesa. Francesca Salviati no había asistido. Brunetti vio con tristeza que el cortejo fúnebre estaba compuesto por gente mayor, al parecer, amistades de los padres. Era como si a Roberto le hubieran robado no sólo el futuro, sino también el pasado, porque no había dejado amigos que pudieran venir a despedirlo y rezar una oración por su alma, ausente desde hacía tanto tiempo. Qué pena, haber significado tan poco, que sólo acompañaran tu partida las lágrimas de tu madre. Entonces Brunetti reparó en que a su propia muerte no tendría ni eso, porque su madre, encerrada en su demencia, hacía tiempo que no distinguía entre padre e hijo ni entre vida y muerte. ¿Y qué sentiría él si aquella caja encerrara todo lo que quedara de su propio hijo?
Bruscamente, Brunetti salió al pasillo y se unió a la fila de gente que iba hacia la puerta de la iglesia. En la escalinata, se sorprendió al ver el sol que bañaba el campo y a la gente que transitaba camino de Campo San Luca o de Rialto, ajena a Roberto Lorenzoni y a su muerte.