Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– El mismo día -dijo.
– ¿Y significa…?
– Que de Polonia a Bielorrusia fue por tierra y se quedó un solo día, quizá menos.
– ¿Y eso es extraño? Dijiste que era una especie de mensajero de la empresa. Quizá tenía que entregar un contrato o recoger algo.
– Hummm -asintió Brunetti. Tomó el atlas y se puso a hojearlo.
– ¿Qué buscas?
– Me gustaría saber qué ruta eligió para regresar a Italia -contestó, mirando el mapa del este de Europa y recorriendo con el índice el camino más probable-. Si iba en su propio coche, pasaría por Polonia y Rumania.
– No me parece que Roberto fuera de los que van en autocar -comentó Paola.
Brunetti gruñó, con el dedo en el mapa.
– Y luego Austria y hacia abajo por Tarvisio y Udine.
– ¿Crees que eso importa?
Brunetti se encogió de hombros.
Paola, desinteresándose del tema, dobló la larga hoja y le devolvió el pasaporte.
– Si importa, lo siento por ti, porque nunca lo sabrás. Él no va a decírtelo -dijo volviendo al libro que tenía delante.
– «Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que pueda soñar tu filosofía» -le soltó él, frase que ella le había citado más de una vez en sus discusiones.
– ¿Y eso qué quiere decir? -sonrió Paola, contenta de que le hubiera ganado un asalto.
– Quiere decir que estamos en la era del plástico.
– ¿El plástico? -repitió ella, desconcertada.
– Y los ordenadores.
Como Paola siguiera sin comprender, él sonrió y dijo imitando a la perfección el tono de los anuncios de televisión:
– No salga de casa sin su tarjeta de American Express. -Y al ver que ella empezaba a captar la onda, agregó-: Porque de ese modo podré seguir sus movimientos con… -y Paola, comprendiendo al fin, terminó la frase a coro con él-:… el ordenador de la signorina Elettra.
21
– Pues claro que a las prostitutas se les puede pagar con tarjeta -insistió la signorina Elettra, mirando muy seria al asombrado Brunetti. Dos días después de su visita al palazzo Lorenzoni, él estaba junto a la mesa de la joven, sosteniendo en la mano las cuatro hojas de la relación de los pagos hechos por Roberto Lorenzoni con cargo a sus tres tarjetas de crédito durante los dos meses anteriores a su secuestro.
Eran unos gastos desmesurados, por un importe que excedía de cincuenta millones de liras, más de lo que la mayoría de la gente gana en un año. Los cargos habían sido convertidos en liras y correspondían a gastos hechos en monedas diversas, familiares unas y más exóticas otras: libras, dólares, marcos, lev, zloty, rublos.
Brunetti iba por la tercera hoja, las cuentas de un hotel de San Petersburgo. En un período de dos días, Roberto había gastado más de cuatro millones de liras en servicio de habitaciones. Cualquiera hubiera podido sacar la impresión de que el chico no había salido de su habitación, que se había hecho servir allí todas las comidas y que no había bebido más que champaña, de no ser porque en la lista aparecían también cuantiosos cargos de restaurantes y de lo que, a juzgar por el nombre, debían de ser discotecas o clubes nocturnos: Pink Flamingo, Can Can y Elvis.
– No puede ser otra cosa -aseguró la signorina Elettra.
– ¿Con la Visa? -preguntó Brunetti, sin poder creer lo que, al parecer, saltaba a la vista.
– Los del banco siempre lo hacían -dijo ella-. Eso es muy corriente en casi todos los países del Este. Te lo cargan como servicio de habitaciones, lavandería o bar, según el hotel. De este modo, el hotel se queda con una parte y, de paso, controla quién entra y quién sale. -Al ver que Brunetti la escuchaba con atención, prosiguió-: Los salones de los hoteles están llenos de estas mujeres. Son como nosotras, quiero decir que visten a la occidentaclass="underline" Armani, Gucci, Gap, y muy bonitas. Uno de los vicepresidentes me dijo que una lo había abordado en inglés. Hará unos cuatro años. Un inglés perfecto, como de una profesora de Oxford. Y lo era, profesora quiero decir. Ganaba unas cincuenta mil liras al mes enseñando poesía inglesa. Y decidió buscar ingresos complementarios.
– ¿Y perfeccionar el inglés?
– En este caso, el italiano, según creo, comisario.
Brunetti volvió a repasar los papeles. Con la imaginación, superpuso a la información que contenían el mapa del este de Europa que él y Paola habían consultado dos noches antes. Siguió el camino de Roberto hacia el Este: había repostado en la misma frontera de Checoslovaquia, comprado un neumático, escandalosamente caro, en Polonia, vuelto a llenar el depósito en la misma ciudad en la que había conseguido el visado de entrada en Bielorrusia, había dormido una noche en un hotel de Minsk, mucho más caro que cualquiera de Roma o de Milán, y cenado en la misma Minsk por un precio astronómico. En la cuenta figuraban tres botellas de Borgoña -la única palabra que Brunetti pudo entender-, por lo que no debió de cenar solo; probablemente, era una de aquellas cenas con las que tenía que obsequiar a los clientes en representación de la empresa, actividad por la que era espléndidamente remunerado. Pero, ¿en Minsk?
Como la lista estaba hecha por orden cronológico, Brunetti pudo seguir los movimientos de Roberto a su regreso, que había recorrido casi el mismo itinerario que él había imaginado: Polonia, Checoslovaquia, Austria y, girando al sur, Italia. En Tarvisio había puesto cincuenta mil liras de gasolina. Los cargos cesaban unos tres días antes del secuestro, no sin que se hubieran pagado trescientas mil liras a una farmacia próxima a su casa.
– ¿Qué le parece?
– Me parece que a mí no me hubiera caído muy bien Roberto -dijo la signorina Elettra con frialdad.
– ¿Por qué no?
– En general, no me gusta la gente que no paga sus propios gastos.
– ¿Y él no los pagaba?
Ella volvió a la primera hoja del informe y señaló la tercera línea, en la que se indicaba el nombre de la persona a la que debía enviarse la liquidación.
– Industrias Lorenzoni.
– Así que es la tarjeta de la empresa.
– ¿Para gastos de representación? -preguntó ella.
– Eso parece -asintió Brunetti.
– Entonces, ¿qué es esto? -preguntó ella, señalando un cargo de dos millones setecientas mil liras de un sastre de Milán-. ¿Y esto? -Setecientas mil liras a Bottega Veneta por un bolso.
– Es la empresa de su padre -adujo Brunetti.
Ella se encogió de hombros.
Brunetti se preguntaba por qué la signorina Elettra, una mujer de la que nunca hubiera esperado una moral convencional, encontraba la conducta de Roberto tan reprobable.
– ¿No le gustan los ricos? -preguntó al fin-. ¿Es eso?
Ella movió negativamente la cabeza.
– No es eso, en absoluto. Quizá sea que no me gustan los niños mimados que gastan en putas el dinero de papá. -Empujó los papeles hacia él y volvió al ordenador.
– ¿Ni aunque estén muertos?
– Eso no cambia las cosas, dottore.
Brunetti no hizo nada por disimular la sorpresa e, incluso, quizá, la decepción. Recogió los papeles y se fue.
Por la farmacia se enteró de que las recetas habían sido extendidas por el médico de la familia, sin duda, para tratar los síntomas de malestar general y agotamiento. En la farmacia nadie recordaba a Roberto, ni tampoco haber servido los medicamentos.
Brunetti, sintiéndose en un callejón sin salida y con la impresión de que tanto en el secuestro como en la familia Lorenzoni había algo que no encajaba, decidió recurrir a su familia política y marcó el número del conde. Esta vez contestó su propio suegro.
– Soy yo -dijo Brunetti.
– ¿Sí?
– Me gustaría saber si has podido enterarte de algo más acerca de los Lorenzoni.