Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nobleza obliga». Краткое содержание книги:
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– Entonces tendré que hablar con usted y con su tío -dijo Brunetti.
– Ya hemos hablado, hace dos años que hablamos con toda clase de policías, ¿y adonde nos ha llevado? -preguntó el joven. Brunetti advirtió que, si bien las palabras podían ser sarcásticas, el tono era apenado.
– Comprendo sus sentimientos -dijo Brunetti, consciente de que era mentira-, pero necesito de ustedes más información.
– ¿Qué información?
– Sobre los amigos de Roberto. Sobre distintas cosas. Las empresas Lorenzoni, por ejemplo.
– ¿Las empresas? -preguntó Maurizio, y esta vez tuvo que alzar la voz para hacerse oír sobre el ruido de fondo. Lo que dijo a continuación lo ahogó una voz de hombre que sonaba por un sistema de megafonía.
– ¿Dónde está ahora? -preguntó Brunetti.
– En el ochenta y dos, entrando en Rialto -contestó Maurizio, y repitió la pregunta-: ¿De las empresas?
– El secuestro pudo estar relacionado con ellas.
– Eso es absurdo -dijo Maurizio con vehemencia, y el anuncio que se repetía por el altavoz, de que Rialto era la próxima parada, volvió a tapar sus palabras.
– ¿A qué hora puedo ir? -preguntó Brunetti, como si Lorenzoni no hubiera puesto inconvenientes.
Una pausa. Los dos escuchaban el altavoz, que ahora daba el anuncio en inglés. Luego, Maurizio dijo:
– A las siete -y cortó.
La idea de que los negocios Lorenzoni pudieran haber tenido algo que ver con el secuestro no tenía nada de absurda. Por el contrario, las empresas eran la fuente de la riqueza que había hecho del muchacho un objetivo. Por lo que había oído acerca de Roberto, a Brunetti le parecía poco probable que alguien quisiera secuestrarlo para gozar del placer de su compañía o del encanto de su conversación. Esta idea acudió a su mente de forma espontánea, y Brunetti se avergonzó de haberla contemplado un solo instante. Ay, Dios, si sólo tenía veintiún años, y lo habían matado de un balazo en la cabeza…
Por una curiosa asociación de ideas, Brunetti recordó entonces algo que había dicho Paola hacía años, cuando él le explicaba que Alvise, el policía más corto del cuerpo, de la noche a la mañana, había sido transformado por la fuerza del amor y no perdía ocasión de cantar las excelencias de su novia o su esposa, Brunetti ya no lo recordaba con exactitud. Él se había reído del enamoramiento de Alvise, pero Paola dijo con una voz helada: «El que unos seamos más listos que otros no significa que nuestros sentimientos tengan que ser forzosamente más nobles, Guido.»
Él, violento, trató de argumentar, pero Paola, como siempre que de una cuestión de principios se trataba, fue rigurosa e implacable. «A nosotros nos resulta más cómodo pensar que la ruindad, el odio y la cólera son más propios de categorías inferiores, como si los poseyeran por naturaleza. Y que, por consiguiente, nosotros podemos atribuirnos el amor, el gozo y todas las emociones excelsas.» Él fue a protestar, pero ella lo atajó con un ademán: «Ellos, los simples, los zafios, los primitivos, aman tanto como pueda amar cualquiera, sólo que no saben envolver sus sentimientos en bellas frases como nosotros.»
En el fondo, él comprendía que su mujer tenía razón, pero tardó varios días en reconocerlo. Ahora, al recordar aquella conversación, se decía que, por soberbio que fuera el conde y remilgada la condesa, eran unos padres a los que habían asesinado al único hijo. Ni la nobleza de la sangre ni la altivez del carácter mitigan el sufrimiento.
Brunetti llegó al palazzo Lorenzoni a las siete, y esta vez le abrió la puerta una criada que lo condujo a la misma sala de su primera visita, donde se encontró en compañía de las mismas personas. Sólo que ya no eran las mismas. El conde tenía la cara más enjuta, la nariz más afilada y aguileña. Maurizio había perdido todo aire de salud o, por lo menos, de juventud -si alguno tenía la última vez que lo había visto- y el traje le estaba grande.
Pero la peor era la condesa. Estaba en el mismo sillón, que parecía haber empezado a devorarla, por lo poco que abultaba su cuerpo entre las envolventes orejas. Brunetti quedó impresionado por su cara demacrada y sus manos esqueléticas que pasaban las cuentas de un rosario.
Ninguno de los tres se dio por enterado de su presencia, a pesar de que la criada lo anunció al entrar. Brunetti, súbitamente indeciso, habló dirigiéndose a un punto situado vagamente entre el conde y su sobrino:
– Me hago cargo de que esto tiene que ser muy penoso para ustedes, para todos ustedes, pero necesito saber algo más acerca de las razones por las que alguien quisiera secuestrar a Roberto y de quién pudiera ser ese alguien.
La condesa dijo algo, pero en una voz tan baja que Brunetti no la entendió. La miró, pero los ojos de ella seguían fijos en sus manos y en las cuentas que se deslizaban entre sus dedos.
– No creo que sea necesario -dijo el conde, sin esforzarse en disimular su irritación.
– Ahora que ya sabemos lo ocurrido, continuaremos con la investigación.
– ¿Con qué objeto? -inquirió el conde.
– Con el de encontrar a los responsables.
– ¿Y para qué servirá?
– Quizá para impedir que vuelva a suceder.
– No pueden volver a secuestrar a mi hijo. No pueden volver a asesinarlo.
Brunetti miró a la condesa, para ver si se enteraba de lo que decían, pero ella no daba señales de oírlo.
– Podríamos impedir que lo hicieran con otro, con el hijo de otro.
– Eso poco nos importa a nosotros -dijo el conde, y Brunetti lo creyó.
– ¿Y que sean castigados? -sugirió Brunetti. La venganza solía ser grata a las víctimas del crimen.
El conde se encogió de hombros con displicencia y se volvió hacia su sobrino. Desde donde estaba, Brunetti no veía la cara del joven, por lo que no pudo observar lo que pasaba entre ellos, pero entonces el conde dio media vuelta y preguntó:
– ¿Qué quiere saber?
– Si han tenido alguna vez tratos comerciales con… -Brunetti se interrumpió, sin saber qué eufemismo usar-. ¿Han tenido tratos con empresas o personas que luego hayan resultado estar asociadas con el crimen?
– ¿Se refiere a la Mafia? -preguntó el conde.
– Sí.
– Pues ¿por qué no lo dice claramente?
Al oír el exabrupto de su tío, Maurizio dio un paso hacia él, con una mano levantada a la altura de la cintura, pero a una mirada del conde, se detuvo, bajó la mano y retrocedió.
– Bien, la Mafia -dijo Brunetti-. ¿Han tenido tratos?
– No que yo sepa -respondió el conde.
– ¿Alguna de las empresas con las que ha tratado ha estado involucrada en actividades ilegales?
– ¿Dónde vive usted, en la luna? -preguntó el conde con brusquedad, rojo de indignación-. Naturalmente que trato con empresas involucradas en actividades ilegales. Estamos en Italia. No hay otra forma de hacer negocios.
– ¿Podría ser más explícito? -preguntó Brunetti.
El conde levantó las manos en un ademán de repulsión ante la ignorancia de Brunetti.
– Compro materias primas a una empresa que ha sido multada por verter mercurio al Volga. El presidente de uno de mis proveedores está en una cárcel de Singapur por emplear a niños de diez años y hacerles trabajar jornadas de catorce horas. El vicepresidente de una refinería polaca ha sido arrestado por tráfico de drogas. -Mientras hablaba, el conde se paseaba por delante de la chimenea apagada. Encarándose con Brunetti, preguntó-: ¿Quiere saber más?
– Todos parecen estar muy lejos -dijo Brunetti suavemente.
– ¿Lejos?
– Lejos de aquí. Yo me refería a algo que estuviera más cerca, quizá en Italia.
El conde parecía no saber cómo responder a esto, si con cólera o con información. Maurizio eligió este momento para intervenir:
– Hará unos tres años tuvimos problemas con un proveedor de Nápoles. -Brunetti lo miró interrogativamente, y el joven prosiguió-: Nos suministraba piezas para los motores de los camiones, hasta que nos enteramos de que eran robadas, procedentes de embarques que se hacían a través del puerto de Nápoles.