Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– ¿Él cómo lo tomó?
– Creo que con alivio, sobre todo cuando le dije que así y todo firmaría el papel para los abogados.
– ¿Ha sabido de Maurizio desde entonces?
– No. A veces lo veo por la calle, y nos saludamos. Pero sin hablar apenas, sólo ¿cómo estás? y cosas así.
Brunetti volvió a sacar la cartera y extrajo de ella una tarjeta.
– Si recuerda algo más, ¿me llamará a la questura?
Ella tomó la tarjeta y la guardó en el bolsillo de su jersey marrón.
– Desde luego -dijo sin entonación, y él dudó de que la tarjeta llegara a la noche.
Brunetti le tendió la mano, estrechó la de ella y se alejó hacia la escalera por entre los percheros de pieles. Mientras bajaba hacia la puerta principal, se preguntaba cuántos millones en negro habría recibido ella a cambio de su firma en un papel. Pero, como se había recordado a sí mismo en tantas ocasiones, la evasión de impuestos no era asunto suyo.
19
Cuando Brunetti volvió al despacho después del almuerzo, el guardia de la puerta le dijo que el vicequestore Patta deseaba verlo. Temiendo que este deseo fuera fruto de la actitud de la signorina Elettra para con el teniente Scarpa, subió inmediatamente.
Pero, si alguna queja había formulado el teniente Scarpa, no se evidenciaba, ya que la disposición de Patta parecía insólitamente afable. Al momento, Brunetti se puso en guardia.
– ¿Algún progreso en el caso Lorenzoni, Brunetti? -preguntó Patta cuando el comisario hubo tomado asiento frente a la mesa del vicequestore.
– Todavía no, señor; pero tengo varias pistas interesantes. -Con esta bien dosificada mentira, Brunetti pretendía dar a entender que la investigación avanzaba lo suficiente como para que se le mantuviera en el caso, pero no tanto como para que Patta pidiera detalles.
– Bien, bien -musitó el vicequestore, de lo que Brunetti dedujo que aquella mañana su superior no sentía interés alguno por los Lorenzoni, y se quedó callado, sin hacer preguntas. La experiencia le había enseñado que Patta no era partidario de brindar información espontáneamente, sino que prefería que su interlocutor se esforzara en extraérsela, y Brunetti no iba a darle ese gusto.
– Se trata del programa ese, Brunetti -dijo Patta al fin.
– ¿Sí, señor? -inquirió cortésmente su subordinado.
– El que hace la RAI sobre la policía.
Brunetti recordó entonces vagamente el proyecto de un programa dedicado a la policía que debía realizarse en unos estudios cinematográficos de Padua. Hacía varias semanas que había recibido una carta en la que se le preguntaba si estaría dispuesto a colaborar en calidad de asesor, ¿o en la de comentarista? Echó la carta a la papelera y se olvidó de ella.
– ¿Sí, señor? -repitió, sosteniendo el tono de cortesía.
– Le quieren a usted.
– ¿Cómo?
– A usted. Quieren que sea el asesor y hacerle una entrevista acerca del funcionamiento del sistema policial.
Brunetti pensó en todo el trabajo que le aguardaba, y en la investigación Lorenzoni.
– Eso es ridículo.
– Estoy completamente de acuerdo con usted -convino Patta-. Les he dicho que necesitan a alguien que tenga más experiencia, alguien con una visión más amplia del trabajo policial, que pueda verlo como un todo, no como una serie de casos y delitos aislados.
Una de las cosas de Patta que más irritaban a Brunetti era que el melodrama barato de su vida tuviera unos diálogos tan ramplones.
– ¿Y qué han contestado ellos a esa sugerencia?
– Que tenían que hablar con Roma. De allí partió la idea. Han quedado en volver a llamarme mañana por la mañana. -Patta dio a la frase una inflexión que la convertía en pregunta.
– No sé quién puede haberme propuesto para este proyecto. No me gustan estas cosas, ni deseo intervenir.
– Eso mismo les he dicho yo -asintió Patta y, al observar el gesto de sorpresa de Brunetti, agregó-: Me ha parecido que no querría que algo lo distrajera del caso Lorenzoni, ahora que hemos vuelto a abrirlo.
– ¿Y entonces?
– Pues entonces les he sugerido que elijan a otro.
– ¿Otro con más experiencia?
– Sí.
– ¿A quién? -preguntó Brunetti bruscamente.
– A mí, naturalmente -dijo Patta con voz llana y en tono discursivo, como el que enuncia el punto de ebullición del agua.
Aunque era cierto que Brunetti no deseaba intervenir en un programa de televisión, le irritaba que Patta se creyera con derecho a arrogarse la intervención.
– ¿Lo hace TelePadova? -preguntó Brunetti.
– Sí. ¿Eso qué tiene que ver? -preguntó Patta. Para el vicequestore la televisión era la televisión, y punto.
Brunetti, dejándose llevar de la pura perversidad, contestó:
– En tal caso, quizá el programa esté dirigido a una audiencia local y deseen a alguien que hable el dialecto o que, por lo menos, tenga el acento del Véneto.
De la voz y el semblante de Patta desapareció hasta el último vestigio de cordialidad.
– No veo qué importancia pueda tener eso. El crimen es un problema nacional y hay que tratarlo a escala nacional, no fragmentado por provincias, como parece creer usted. -Entornó los ojos al preguntar-: ¿O acaso es miembro de esa Lega Nord?
Brunetti no era miembro de la Lega Nord, pero no reconocía a Patta el derecho a hacer la pregunta ni a recibir la respuesta.
– No creo que me haya llamado para hablar de política.
Patta, con el apetecible premio de una aparición en televisión danzando ante los ojos, dominó la cólera con evidente esfuerzo.
– No; si lo menciono es para señalar los peligros que entrañan esos planteamientos. -Alineó una carpeta con el borde de la mesa y preguntó en tono sereno, como si acabara de abordarse el tema-: En fin, ¿qué le parece que hagamos con la cosa esa de la televisión?
Brunetti, siempre sensible a la seducción del lenguaje, quedó encantado con el empleo por Patta del plural y también con su degradación del proyecto a «la cosa esa de la televisión». Debía de desearlo desesperadamente.
– Cuando llamen, dígales, sencillamente, que no estoy interesado.
– ¿Y entonces qué? -preguntó Patta, ansioso por descubrir qué iba a pedirle Brunetti a cambio.
– Puede sugerirles lo que crea conveniente.
La expresión de Patta indicaba que no daba crédito a las palabras de Brunetti. No era ésta la primera prueba de la inestabilidad mental de su subordinado: una vez le había dicho que su esposa tenía un Canaletto colgado en la cocina; había rechazado un ascenso que comportaba trabajar directamente para el ministro del Interior en Roma, y ahora esto, la confirmación definitiva de su desequilibrio: la negativa a salir por televisión.
– Está bien, si eso es lo que desea, Brunetti, así se lo diré a esa gente. -Como era habitual en él, Patta empezó a trasladar papeles de un lado al otro del escritorio, para demostrar cómo lo agobiaba el trabajo-. Y ¿qué hay de los Lorenzoni?
– Hablé con el sobrino y con varias personas que lo conocen.
– ¿Por qué? -preguntó Patta con auténtica sorpresa.
– Porque ha pasado a ser el heredero. -Brunetti no estaba seguro de que esto fuera cierto, pero, a falta de otro Lorenzoni varón, parecía lo más probable.
– ¿Insinúa usted que es el responsable del asesinato de su propio primo?
– No, señor; sólo digo que es la persona a la que más beneficia la muerte de su primo y, por consiguiente, merece la pena investigarlo.
Patta no dijo nada a esto, y Brunetti se preguntó si estaría estudiando la original e inaudita teoría de que el beneficio personal puede ser móvil de un asesinato, con vistas a utilizarla en la investigación criminal.
– ¿Qué más?