Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Kelly forzó una sonrisa que no sentía.
– Lo comprendo -dijo. «Mucho más de lo que te imaginas, McCafferty. Muchísimo más».
– No voy a estar aquí mañana para la fiesta de Acción de Gracias -añadió él.
No dijo que, por lo tanto, ella ya no estaba invitada. No tuvo que hacerlo.
Kelly agarró su chaquetón y se lo puso. Entonces, metió la mano en el bolsillo para sacar los guantes.
– No te preocupes por ello. Yo ya lo he celebrado -repuso ella con voz gélida-. Es mejor que me marche. Randi no parece estar muy interesada en hablar con nadie del departamento del sheriff en estos momentos. Volveré.
Se dirigió hacia la puerta. Cuando él trató de agarrarle el codo, ella se zafó. Había caído en aquel truco en demasiadas ocasiones. Incluso ella misma lo había hecho víctima de aquel juego una vez. Qué idiota había sido.
– ¿Kelly?
– Sé de qué vas, McCafferty.
Abrió la puerta sin molestarse en explicarle nada. Quería que él pensara que se refería a lo de agarrarla por el codo cuando ella se marchaba para besarla después. Ya no importaba que se refiriera a algo mucho más serio.
Salió al exterior. El viento soplaba con fuerza, pero no le importaba. El gélido aire la hizo reaccionar y hacerse más fuerte, recordándola que no estaba muerta aunque se estaba empezando a sentir muy vacía por dentro.
– Te acompañaré al coche -anunció él. Se puso a caminar a su lado, sin preocuparse de ponerse un abrigo ni nada por el estilo.
– No te molestes.
– No es molestia alguna.
– Soy policía, McCafferty. Puedo llegar sola a mi coche sin problemas.
– Espera un minuto.
Kelly no lo hizo. Simplemente siguió andando sobre la crujiente nieve.
– Kelly, ¿qué diablos ha pasado? -le preguntó Matt mientras ella abría la puerta del todoterreno.
– He despertado -respondió ella mientras se sentaba al volante-. Ahora, tengo que marcharme. Regresaré para hablar con Randi y te mantendré informado sobre todo lo que ocurra con la investigación, pero he estado pensando y creo que no es buena idea que ninguno de los dos se implique demasiado en una relación en estos momentos…
– Espera un minuto, maldita sea…
– Mira, lo de Seattle estuvo bien, pero creo que es mejor que yo mantenga la perspectiva. No me gustaría hacer nada que comprometiera mi profesionalidad.
– Pensaba que ya habíamos hablado de esto.
– Y te repito que lo he estado pensando otra vez. Lo que ocurre es que tú y yo tenemos intereses muy diferentes. Estamos en etapas muy distintas de nuestras idas.
– Eso suena como si fuera un discurso enlatado.
– No lo es. Tengo mi trabajo. Tú tienes tu rancho.
– ¿Y?
– No hay nada más que decir. Voy a terminar esta investigación o moriré intentándolo, y tú vas a regresar a la frontera de Idaho -afirmó. Entonces, arrancó el motor del coche-. Adiós, Matt…
El corazón se le retorció de dolor al escucharse decir aquellas palabras. Vio los sentimientos encontrados que se reflejaban en el rostro de Matt. Incredulidad, desconfianza e ira.
Mala suerte.
Decidió que él lo superaría. Metió la primera marcha del todoterreno y puso el vehículo en movimiento.
Él siempre lo superaba.
¿Qué diablos acababa de ocurrir? Matt metió un par de vaqueros, dos camisas y sus cosas de aseo en su bolsa de viaje. No entendía nada del cambio de actitud que se había producido en Kelly. Un minuto antes había estado flirteando con él y, a continuación, después de que él estuviera unos minutos hablando por teléfono, se había mostrado tan fría como el hielo mientras le decía en pocas palabras que su relación, tan tórrida y apasionada pocos días antes, había terminado. No se lo podía creer.
Ninguna mujer respondería del modo en el que ella lo había hecho para terminar dándole la espalda sin una buena razón.
Cerró la cremallera y se colgó el asa del hombro. Con una última mirada a su dormitorio, que había vuelto a ocupar después de tantos años, decidió no prestar atención a la sensación de que dejaba atrás mucho más que una vieja cama y una colección de antiguos y polvorientos trofeos de rodeo.
No. Había algo más. No sólo sus hermanos y su hermanastra, sino también las gemelas, el bebé y Kelly. Dios. ¿Por qué le dolía tanto pensar que no volvería a verla durante unos días y, peor aún, que tal vez no volvería a besarla, ni a tocarla ni a hacerle el amor nunca más?
«Tienes que superarlo. Se trata tan sólo de una mujer».
Las palabras de ánimo no le sirvieron de mucho. Esa era verdaderamente la clave del problema. Kelly no era tan sólo una mujer.
Demonios.
No tenía tiempo para pensar. Tenía que regresar a su rancho aquella misma noche. Ya lo había pospuesto demasiado tiempo. Striker se había trasladado al rancho. Randi y el bebé deberían estar completamente a salvo con Thorne, Slade y el arsenal de armas de su padre.
Además, tenía intención de regresar muy pronto a Grand Hope. Por su familia. Por las preguntas sin respuesta que aún rodeaban los intentos de asesinar a Randi, pero, lo más importante, por Kelly.
– ¿Qué quieres decir con eso de que no vas a ir a la boda? -le preguntó Karla, tras consultar su reloj y ofrecerle a Kelly el resto de la pizza que acababa de compartir con ella.
Habían quedado para comer juntas en el Montana Joe's. El restaurante estaba a rebosar. En los altavoces sonaba una vieja canción de Madonna, que iba aderezada de vez en cuando por una voz que anunciaba que un pedido ya estaba terminado. El murmullo de voces era incesante y constante.
– Creía que estabas dispuesta a seguir a todas partes al clan McCafferty.
– Lo dices como si yo fuera una traidora.
– ¿Y lo eres? -preguntó Karla mirando fijamente a su hermana. Entonces, extendió la mano y tomó un trozo de jamón de la pizza que había sobrado.
– No lo creo, pero sí me pareció que mezclar negocios con el placer no era muy buena idea.
Karla suspiró y se dejó caer sobre el respaldo de la silla.
– ¡Qué deprimente! -exclamó, y arrojó la servilleta sobre la mesa.
– No me pareció que contara con tu aprobación.
– Y así era. Y es, pero… estaba empezando a creer que el amor verdadero volvía a existir, ¿sabes? Es decir… era algo así como una de esas historias de amor de familias enfrentadas en la que triunfan los sentimientos. Algo así como un Romeo y Julieta de la actualidad.
– En tus sueños.
– Pensaba que yo simplemente había tenido mala suerte y que aún había una oportunidad. Que si tú encontrabas el amor, tal vez yo también tendría esa suerte. Y que a la tercera iría la vencida.
– Siento haber aplastado tus esperanzas -dijo Kelly. Suspiró y miró el reloj-. ¿Sabes una cosa, Karla? Eres una romántica empedernida.
– Lo sé. Es uno de los fallos que tengo en mi personalidad.
– ¿Acaso tienes más?
– Claro que sí.
– Más malas noticias. Es la una menos diez.
– Maldita sea, tengo que marcharme. Tengo un lavado y marcado con una de mis clientas habituales -observó Karla. Se levantó de la mesa y se puso un poncho de lana y un gorro de ante.
– Pareces el malo de una de esas antiguas películas de Clint Eastwood.
– Explícate.
– No. Más antiguas. De uno de esos espagueti westerns.
– Supongo que siempre me pierdo las películas de medianoche -replicó Karla-. En serio, Kelly, tal vez desees volver a retomar tu relación con Matt. Mamá y papá se acostumbrarán a la idea. No le ha dado a nadie un ataque al corazón al enterarse. Bueno, al menos todavía no.
– ¿A qué viene este cambio de parecer? -preguntó Kelly mientras se empezaba a poner también el abrigo.
– Es sencillo. Sólo quiero que seas feliz y durante estas últimas semanas lo has parecido mucho más. Resulta agradable verte sonreír.