La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Se puso hecho una fiera, pataleando y dando coces. Nadie fue capaz de dominarlo. Se deshizo de su escayola e incluso golpeó a Lester en un muslo.
Lester se limitó a sacudir la cabeza.
– ¿No pudo habérsela inmovilizado de nuevo Steve? -quiso saber Savannah.
– Quizá -admitió Lester-. Pero tu padre, bueno, él hizo todo lo humanamente posible; más anestesia y cirugía no habría hecho más que empeorar las cosas. Habría sido demasiado traumático para Mystic. Era dudoso que hubiera sobrevivido a una segunda operación. Fue una lástima. Una lástima.
Luchando contra el nudo de emoción que le apretaba el pecho, Savannah bajó la mirada a sus manos entrelazadas.
– ¿Cómo vamos a decírselo a Josh?
– No lo sé -reconoció Travis-. Tu padre se fue directamente de la clínica veterinaria al hospital Mercy. Pero no creo que se lo digan hasta que Josh se haya recuperado del todo.
– ¿Tú… tú crees que mentirle será una buena idea?
– Ojalá lo supiera -se sentó a su lado-. Hoy me he hecho a mí mismo un montón de preguntas y no he tenido mucha suerte a la hora de encontrar las respuestas.
– Bueno -dijo Savannah, aspirando profundamente. No tenía sentido seguir lamentando la muerte de Mystic. Al menos ya no sufría y no había nada más que pudieran hacer por él. Y Josh iba a recuperarse.
Cuando les contó lo de la llamada de Charmaine, Travis y Lester se relajaron un tanto.
– Y ahora, ¿os apetece comer algo? -forzó un tono ligero-. Hay sopa.
– No, gracias -dijo Lester, apagando el cigarrillo-. Ha sido un día muy duro. Creo que me iré a casa.
– ¿Estás seguro?
– Sí -recogió su gorra y se dirigió hacia la puerta. Minutos después oyeron su camioneta alejándose por el sendero de entrada.
– ¿Y tú?
– Estoy muerto de hambre -admitió Travis-. Sólo espero no tener nunca que volver a pasar un día como éste. Nadie pudo hacer nada para ayudar a ese caballo. No tenía la menor posibilidad.
– Entonces lo mejor que podemos hacer es olvidarlo.
– Pero está Josh…
– Sí -admitió ella-. No será fácil que lo acepte.
– Bueno -al verla tan abatida, Travis procuró animarse-, ¿qué pasa con esa sopa?
– Sólo me llevará unos minutos calentarla.
– ¿Tendré tiempo para tomar una ducha?
– Claro -repuso, obligándose a sonreír.
Travis le agarró una mano y la atrajo hacia sí.
– Han sido las treinta y seis horas más horribles de mi vida -le confesó, con el rostro apenas a unos centímetros del suyo. Deslizó un dedo de su mano libre por el escote de su bata, entre las solapas-. Pero durante todo el tiempo, lo único que me animaba a seguir adelante era que al final, cuando todo hubiera terminado…, estaría contigo.
– No tienes idea de las ganas que tenía de escuchar esas palabras, señor abogado -admitió ella, suspirando.
Vio que bajaba las manos al nudo del cinturón de su bata para desatárselo y contuvo el aliento.
– Hay una cosa que preferiría antes que una ducha caliente.
– ¿Y qué es? -le preguntó Savannah, con el corazón acelerado.
– Una ducha caliente contigo.
Le abrió la bata y vio el camisón de seda y encaje que llevaba debajo. Sonrió, malicioso.
– Parece como si me hubieras estado esperando.
Savannah soltó una carcajada ante el seductor brillo de sus ojos.
– Qué presuntuoso eres.
– Me lo merezco.
Sonriendo tímidamente, ella no pudo por menos que darle la razón.
– Supongo que sí.
Volvió a quedarse sin aliento cuando los dedos de Travis exploraron su pezón bajo la seda. Con la otra mano la tomó de la nuca, dispuesto a besarla.
Cuando los labios de ambos se fundieron, Savannah sintió un delicioso calor extendiéndose por todo su cuerpo, nublando sus sentidos. Travis gimió mientras enterraba la boca en su cuello. El endurecido pezón le rozaba la palma. Podía sentirla estremecerse bajo su contacto. Ansiaba desesperadamente hacerle el amor, olvidar la tensión de esos dos días sumergiéndose en su cuerpo.
Cerró los ojos con fuerza y la besó casi con furia.
– Ámame -insistió. Ansiaba no pensar en nada más que en la mujer a la que estaba abrazando, en el aroma de su pelo, en el sabor de su piel-. Hazme el amor hasta que nos olvidemos del mundo…
El gemido de respuesta de Savannah fue todo el estímulo que necesitaba. Sin pronunciar otra palabra, la levantó en brazos y la subió hasta el dormitorio.
Después de depositarla suavemente sobre la cama, se dedicó a observarla, embebiéndose de cada curva de su cuerpo. La seda rosa de su camisón brillaba en la oscuridad. Bajo la tela, sus pezones se mantenían erectos. Su melena de ébano se derramaba sobre la blanca almohada, enmarcando su rostro. Un leve rubor coloreaba su piel aterciopelada. La anhelante mirada de sus ojos azules parecía penetrarle hasta el alma.
Dolorosamente excitado, observó el subir y bajar de su pecho. Tenía que ir despacio, lentamente. Desplegar toda su ternura en el acto de amarla.
– No pude olvidarte -le confesó con voz ronca mientras se despojaba de la camisa.
Acto seguido se desabrochó el cinturón. Savannah lo observaba, fascinada.
– Lo intenté, ¿sabes? -continuó-. Durante nueve años intenté decirme que sólo habías sido una aventura de verano, una sola noche de un mundo perdido que no contaba para nada -se bajó los téjanos y se quitó las botas-. Pero no pude. Maldita sea, no pude olvidarte.
– ¿Y te arrepientes de ello?
– ¡Nunca! -sonrió. Tumbándose a su lado y tomándola de la cintura, soltó un suspiro-. Debimos habernos quedado juntos en aquel entonces. Eso habría ahorrado mucho dolor a todo el mundo.
– Pero ahora estamos juntos -susurró Savannah.
– Sí, y eso es lo único importante -replicó con la misma maliciosa sonrisa de antes mientras le acariciaba un seno por encima de la seda.
Ella se arqueó hacia delante, besándolo con pasión.
– ¿Qué hay de esa ducha?
– Dejémosla para después… -musitó ella-. Para mucho después…
Vagamente consciente de que le estaban hablando, Savannah se despertó. Una mano le acarició una mejilla.
– Feliz Navidad -era Travis.
Ella abrió los ojos, parpadeó varias veces y se desperezó.
– Es la mañana de Navidad, ¿no?
– La tarde de Navidad.
– ¡Oh, Dios mío! -se incorporó sobre un codo para mirar el reloj de la mesilla-. Los caballos…
– Tranquila -le pasó un brazo por la cintura-. Lester ya se ha ocupado de ellos. Todo está perfectamente. Incluso Mattie y Jones se las han arreglado sin ti. Lester me dijo que volvería después.
– ¿Y he dormido hasta tan tarde? -preguntó, incrédula.
– Como un bebé.
– No puedo creerlo… Hacía años que no dormía tanto.
– ¿Nueve años, quizá? -replicó él en tono suave.
Recordó aquella lejana mañana. Se había despenado tarde y se había enterado de que Travis iba a casarse con Melinda sin mediar la menor explicación. La antigua punzada de aquella traición le desgarró el pecho.
– Quizá -admitió con voz ronca.
– Bueno, señora, pues será mejor que vaya acostumbrándose a dormir tanto -dijo Travis con un brillo travieso en los ojos-. Porque no tengo intención de volver a separarme de ti y espero que lo de anoche sea un preludio de lo que queda por venir.
Savannah se ruborizó levemente al pensar en la irrefrenable pasión que se había apoderado de ella apenas unas horas antes.
– ¿Y qué es lo que queda por venir?
– ¿Antes o después de que nos casemos?
El corazón se le aceleró. ¿Casarse? ¿Con Travis? Era demasiado hermoso para ser verdad.
Travis le mordisqueó la oreja, pero ella lo apartó. Necesitaba despejarse un poco y ordenar sus ideas.