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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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– Pero tendrás que admitir que tiene carisma.

– Y velocidad -señaló el preparador-. ¡Esperemos que también tenga un poco de suerte!

Al día siguiente por la mañana Charmaine llamó para avisar de que Josh iba a recibir el alta del hospital. Reginald y Virginia, junto con Wade, Charmaine y Joshua, estarían de regreso esa misma tarde.

– ¿Preocupada? -inquirió Travis en el altillo de la cuadra de los potros, apoyado sobre la horca con que estaba almacenando el heno. No le había pasado desapercibida la expresión de Savannah.

– Un poco -reconoció-. Supongo que durante estos últimos días me he olvidado de todos los problemas -sonrió levemente y bajó la escalera para detenerse delante del cubículo de Mystic. Había sido limpiado y estaba esperando a que lo ocupara un nuevo potro. Al mirarlo, sentía un vacío semejante en su interior.

– Y ahora todos esos problemas vuelven a casa -comentó Travis, bajando también la escalera.

– Así es.

– No dejes que te afecten tanto -la aconsejó, sonriendo.

– Eso es más fácil de decir que de hacer. No puedo evitar preocuparme por Josh. Ojalá pudiera apartar a ese niño de Wade Benson.

– Es su padre, lo quieras o no.

Ella tenía un nudo en la garganta y estaba casi furiosa de frustración. Se volvió para enfrentarse con la ternura de la mirada de Travis.

– ¿Y se supone que tengo que conformarme? ¿Es eso lo que dicta la ley? ¿Que un hombre que nunca quiso convertirse en padre tiene derecho a destruir a su hijo y acabar con la poca autoestima que pueda quedarle?

– A no ser que puedas demostrar maltrato…

– Maltrato físico, quieres decir. No importa el sufrimiento psicológico que pueda estar padeciendo Josh, claro.

– Eso es problema de Charmaine -replicó Travis. Intentó tranquilizarla poniéndole las manos sobre los hombros.

– ¡Según la ley sí! Pero yo me siento responsable de ese niño. ¡Es todo tan injusto! -cruzó los brazos sobre el pecho.

– Eh, cálmate… Vamos a casa. Te prepararé una taza de café. Josh volverá pronto y podrás demostrarle todo el cariño que le tienes. Además, le prometiste una cena de Navidad en familia, todos juntos, ¿recuerdas? Así que mejor será que pongas buena cara si no quieres decepcionar a tu sobrino.

– De acuerdo…

– Yo tengo que ir a la ciudad a hacer un recado, pero tú puedes ayudar a Sadie en la cocina hasta que lleguen.

– Me matará. Cuando ella está presente, la cocina es su dominio particular. Incluso Arquímedes tiene prohibida la entrada.

– Pues entonces dedícate a decorar la casa, cantar villancicos o lo que sea que suelas hacer en esta época del año. Y mientas tanto, pon una sonrisa en esa preciosa cara que tienes.

– ¿Cantar villancicos? -repitió, riendo.

Travis se puso repentinamente serio.

– Sólo sé feliz, amor mío. Eso es todo.

La profundidad de sus sentimientos debió verse reflejada en sus ojos. Forzó una leve sonrisa.

– ¿Y dónde estarás tú?

– Iré a comprarle a Josh un regalo de Navidad. Cuando lo vea, se caerá de espaldas.

– ¿De veras? -estaba encantada.

– De veras.

– Entonces ¿quién va a ocuparse de los caballos mientras yo, eh… canto villancicos?

– Yo mismo, cuando vuelva.

– ¿Tú?

– Sí, ¿qué pasa?

– Nada -dijo con un brillo travieso en los ojos-. Perfecto, adelante -le tendió un cubo y un cepillo-. Primero limpia los establos, pon agua a los caballos, y luego…

Dejando el cubo y el cepillo a un lado, Travis fingió una mirada airada:

– Ya verás cuando vuelva y te enseñe quién es el jefe.

– Promesas, promesas… -se burló ella, desasiéndose de sus brazos. Y echó a correr hacia la casa, riendo a carcajadas.

Savannah se puso la última horquilla en el pelo mientras bajaba las escaleras. Después de ayudar a Sadie en la cocina, había pasado la última hora duchándose, vistiéndose, peinándose… y preguntándose cuándo volvería Travis. Josh estaba a punto de llegar.

De repente sonó el timbre de la puerta.

– Ya voy yo -gritó en dirección de la cocina, donde Sadie seguía ocupada.

Nada más abrir la puerta, se encontró cara a cara con el periodista del Register. El corazón dejó de latirle y la sonrisa se le congeló en los labios. «Ahora no», pensó. «¡No cuando Josh está a punto de aparecer!».

– Buenas tardes -la saludó John Herman, tendiéndole la mano.

– Buenas tardes. ¿Qué puedo hacer por usted? -inquirió, desconfiada.

– Me gustaría hablar con usted de Mystic, para empezar -sonrió de oreja a oreja-. Me gustaría escribir un reportaje sobre el purasangre, ya sabe, desde que era un potrillo hasta ahora.

– Yo creía que el Register ya había publicado un artículo sobre Mystic -Savannah no se movió del umbral para dejarlo pasar.

– Cierto, pero nos gustaría elaborar un reportaje más amplio. Necesitaría descubrir dónde se crió, quién trabajó con él, entrevistar a su preparador y al jockey que lo montaba, describir todas sus carreras, sobre todo la del Gran Premio…

– Lo siento, pero no creo que sea una buena idea…

– Sería una buena publicidad para su rancho -insistió John Herman-. Y además, estaríamos encantados de incluir algo nuevo, digamos… sobre otros caballos. Tiene usted otro… -revisó sus notas-. Vagabond se llama, ¿verdad?

– Sí. Tiene dos años.

– He oído que la gente lo compara con Mystic.

– Tiene el mismo genio, sí. Pero en cuanto a Mystic, no estoy preparada para facilitarle los datos para elaborar un reportaje semejante. Al menos por el momento -«no mientras Josh no sepa la verdad»-. Lamento que haya hecho el viaje en balde. Quizá sería mejor que la próxima vez llamara antes -se disponía a cerrar la puerta cuando oyó el motor de la camioneta en el sendero de entrada. Travis acababa de llegar.

– Entonces tal vez pueda hablar con el señor McCord -porfió el periodista, tozudo.

– El… no se encuentra aquí en este momento.

Savannah oyó la puerta trasera al cerrarse. Y escuchó los pasos de Travis atravesando la cocina en dirección al vestíbulo.

– Ya le avisaré yo cuando vuelva y…

– ¡Savannah! -la llamó Travis, y se detuvo en seco al verla en el umbral-. ¿Qué pasa?

– ¡Señor McCord! -exclamó John Herman con tono entusiasmado, asomándose por encima de un hombro de Savannah y sonriendo de oreja a oreja.

Ya no había nada que hacer. Reacia, dejó pasar al periodista. Por el brillo de interés de su mirada, resultaba obvio que el principal motivo de su visita había sido precisamente entrevistar a Travis.

– John Herman, periodista del Register -se presentó el periodista.

Travis le estrechó la mano, pero sin disimular su desconfianza.

– Ya. ¿Por qué no pasa al salón para que podamos hablar? -se volvió hacia ella, consultándole con la mirada-. ¿Savannah?

Sorprendida por su respetuosa reacción, se dio cuenta de que se había olvidado por completo de sus buenos modales.

– Sí, por favor, pase al salón. Le prepararé un café -después de mirar a Travis como diciéndole «tú sabrás lo que estás haciendo», fue a la cocina, preparó la cafetera y puso rápidamente a Sadie al tanto de lo sucedido.

– Que Dios se apiade de nosotros… -rezó Sadie-. Tú vete para allá. Yo serviré el café y las galletas.

– ¿Seguro?

– Sí. Vamos.

– De acuerdo -aceptó Savannah, y salió rápidamente de la cocina.

Había algo en la actitud de John Herman que la enervaba. El periodista solía escribir una columna satírica apoyándose más en rumores que en datos comprobados. «No te preocupes», intentó decirse mientras se dirigía hacia el salón. «Con su experiencia como abogado, Travis se encargará de él».

– Entonces ¿piensa realmente abandonar la carrera electoral? -le estaba preguntando Herman en aquel preciso instante. Estaba sentado en el sofá con una grabadora en la mano.

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