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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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– Antes y después -respondió al fin.

– Eres una aburrida -la acusó, bromeando. Luego, cuando rememoró lo que había ocurrido entre ellos apenas unas horas antes, esbozó una sonrisa cargada de malicia-. Aunque antes de dormirte me has demostrado precisamente lo contrario…

– Y tú ahora estás rehuyendo el tema.

– Prepárame una buena merienda y te prometo que confiaré en ti -sugirió él, enterrando la cara en su pelo y deslizando una mano a lo largo de su espalda-. ¿O es que se te ocurre algo… mejor?

Savannah se echó a reír.

– De acuerdo, de acuerdo… Supongo que es lo menos que puedo hacer -justo en aquel instante, se dio cuenta de que apenas había probado bocado durante los dos últimos días.

Se levantó de la cama y empezó a vestirse, consciente de la mirada de Travis. De espaldas a él, podía ver su reflejo en el espejo del tocador. Después de ponerse el suéter, se volvió y arqueó una ceja. Seguía tumbado en la cama, con la sábana a la altura de la cintura.

– No voy a traerte la merienda a la cama, que lo sepas.

– Como te dije antes, te has levantado pero que muy aburrida… -agarró uno de los cojines y se lo lanzó, bromista.

Savannah lo esquivó, soltando una carcajada.

– Vigila lo que haces o terminarás merendando agua con pan seco en lugar de crepés con paté de salmón.

– Mmm… Retiro lo dicho. No pienso entretenerte más.

Una hora después, Travis entraba en la cocina. Nada más ver la mesa con la merienda prometida se le hizo la boca agua.

– ¿Esto es para mí?

La pequeña mesa redonda estaba decorada a la manera navideña, con un mantel rojo, velas y diversos adornos.

– Para ti, señor abogado -Savannah sirvió dos copas de champán.

– ¿Champán?

– Es Navidad, ¿no?

– Sí. Y quizá la mejor de mi vida -reflexionó en voz alta.

Ella estaba de pie, cortando fruta. Travis se le acercó por detrás y apoyó la barbilla sobre su hombro, abrazándola posesivamente por la cintura.

– Te amo.

Lágrimas de júbilo asomaron a los ojos de Savannah.

– Y yo también.

– No se me ocurre manera mejor de pasar la Navidad que aquí contigo -le confesó en voz baja, mejilla contra mejilla-. ¿Sabes? Lo de ama de casa te sienta muy bien.

– ¿De veras? No sé si me gusta mucho lo que acabas de decir.

– Es un cumplido, y será mejor que te vayas acostumbrando. Creo que quiero despertarme cada mañana a tu lado para que me mimes así.

– No te estoy mimando -mintió, sonriente.

– ¿Ah, no?

– Bueno, quizá sí, un poco. Supongo que quería demostrarte mi agradecimiento por haber encontrado a Josh. Si no hubieras salido a buscarlo… -se interrumpió, estremecida por la posibilidad.

– Pero lo encontré -la abrazó con fuerza-. Ojalá hubiéramos podido salvar a Mystic.

Savannah pensó en Josh y en el disgusto que se llevaría cuando se enterara de la muerte del caballo. Nada más bajar a la cocina, había llamado a su hermana para avisarle. Charmaine había insistido en que su hijo no supiera nada, al menos por el momento.

Se esforzó por alejar aquellos lúgubres pensamientos. Era Navidad y estaba a solas con Travis. Aunque sólo fuera por ese día, no quería preocuparse de nada más.

– Venga, vamos a comer. Luego te pondré a trabajar.

– Eso suena muy interesante… -murmuró él besándole el cuello.

– No me refiero a ese tipo de trabajo. Hay tareas pendientes en el rancho.

– ¿Incluso en Navidad?

– Sobre todo en Navidad. Estamos solos.

– A eso precisamente me refería yo.

Ella se estremeció bajo el sensual asalto de su lengua en la oreja. Apenas podía concentrarse en la manzana que estaba cortando en rodajas.

– Travis… -susurró con voz ronca-. Si no te estás quieto, me voy a cortar… o voy a cortarte a ti.

– Aguafiestas -la acusó, riendo, antes de soltarla para sentarse a la mesa.

Comieron en la cocina y terminaron la botella de champán en el salón, delante de la chimenea, tumbados en la alfombra bajo el árbol de Navidad.

– Hace dos noches llegué a pensar que nunca más volvería a entrar en calor -le confesó Travis.

– Y yo al mismo tiempo, preguntándome si volvería a verte…

– Afortunadamente todo eso pertenece ya al pasado. A partir de ahora, te costará bastante deshacerte de mí.

– ¿Me lo prometes?

– ¡Te lo prometo! -exclamó, besándola.

Pasaron el resto del día haciendo inventario de la comida y de los suministros en las cuadras. Para cuando volvió a la casa, Savannah estaba terriblemente cansada. Sadie Stinson se había pasado por allí para dejarles preparada la cena.

– No es mucho -dijo la mujer, como disculpándose, cuando se marchaba.

– ¿Cómo que no es un mucho? Es un verdadero festín.

– Bueno, preferiría quedarme para ayudaros…

– ¡Olvídalo! Tienes una familia de la que ocuparte. ¡Es Navidad!

Sadie se marchó por fin. Pero sólo después de prometerle a Savannah que prepararía un festín «de verdad» cuando Josh saliera del hospital.

Subió a darse una ducha rápida. Estaba en la cocina, dando los últimos toques a los platos que había preparado Sadie, cuando entró Travis.

– ¿Sabes? Me había olvidado de lo que significa trabajar con caballos. Me he pasado tantas horas sentado en un despacho que ya ni me acordaba de la última vez que abrí una paca de heno.

– ¿Y qué tal la experiencia?

– Fantástica.

Cenaron en el comedor, a la luz de las velas. El café y la copa los tomaron en el salón. El fuego de la chimenea y las luces del árbol de Navidad proyectaban reflejos de colores en paredes y ventanas.

Ella se sentó en el suelo. Travis se tumbó, apoyando la cabeza en su regazo.

– Quiero que nos casemos -le confesó al fin.

– ¿Así, de pronto? -inquirió Savannah, arqueando una ceja.

– Bueno, no es algo tan precipitado como parece -rió-. Te conozco desde siempre. No somos precisamente dos desconocidos, ¿no crees?

– No.

– ¿Pero?

– Supongo que hay muchos «peros» -admitió ella.

– Dime uno.

– Melinda.

Savannah pudo percibir su inmediata tensión.

– Melinda murió.

– Pero ¿y si todavía viviera?

Travis se incorporó para sentarse, mirándola a los ojos.

– Es injusto que me preguntes eso. Mientras estuvo viva, yo intenté ser un buen marido para ella. Quizá fracasé, pero me esforcé todo lo posible. Ahora todo ha pasado. No me malinterpretes, yo no quise que muriera, pero ya no puedo devolverle la vida.

Savannah sintió un nudo en la garganta.

– La quisiste.

– Sí -admitió él con expresión distante, volviéndose para contemplar el fuego-. La quise. De eso hace mucho tiempo. Pero sí, la quise mucho.

No por esperado, aquella confesión dejó de desgarrarle el corazón. Intentó decirse que lo que había sucedido pertenecía al pasado: era el futuro lo que contaba, pero las dudas seguían acribillándola. Amándolo tanto como lo amaba, no podía soportar la idea de que hubiera querido antes a otra mujer.

– Pero de quien me enamoré fue de ti -le aseguró, como si le hubiera leído el pensamiento-. Creo que me enamoré desde el día que te vi montando a Mattie en la pradera. Cuando te quedaste mirándome bajo aquel manzano, intentando parecer una mujer adulta, sofisticada… ¿Te acuerdas?

– Sí -¿cómo habría podido olvidarlo?

– Desde aquel día ya no pude sacarte de mi cabeza. Tienes que creerme: jamás me habría casado con Melinda si ella no me hubiera dicho que estaba embarazada. No podía casarme contigo sabiendo que Melinda llevaba en sus entrañas un hijo mío…

– No, supongo que no. Pero papá parece que piensa que… Bueno, no importa.

Travis se puso rígido. Su frustración era evidente.

– Por supuesto que importa. Dime, ¿qué es lo que piensa Reginald?

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