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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Travis, de pie, se apoyaba en la chimenea con gesto tranquilo, casi indiferente.

– Nunca estuve en esa carrera.

– Pero ¿aceptó donaciones?

– Jamás.

– Hay varias personas que discuten esa información. Una de las más destacadas es la señora Eleanor Phillips. Ella sostiene que le entregó cinco mil dólares.

– No me dio ni un solo céntimo -replicó Travis-. Y yo jamás lo hubiera aceptado si hubiera intentado dármelo.

– La señora Phillips dice que tiene un cheque anulado que lo demuestra.

– Yo nunca he visto ese cheque.

– Señor McCord, debo advertirle que lo que me diga…

– Es posible que algunas personas que trabajan conmigo, extralimitándose en su celo, hayan podido pensar que yo pretendía presentarme a gobernador. E incluso puede que hayan aceptado donaciones en mi nombre, pero si lo hicieron fue sin mi conocimiento. Hasta el punto de que he ordenado que repongan las cantidades con intereses.

– ¿Está diciendo entonces que nada puede persuadirlo de que presente su candidatura a gobernador?

– Eso es.

Tras pasar una página de su bloc de notas y asegurarse de que la grabadora seguía funcionando, el periodista se volvió hacia Savannah justo cuando Sadie entraba con el café.

– Y ahora, ¿qué pueden decirme sobre Mystic?

– Nada que usted no sepa ya.

– Tenemos la versión oficial del veterinario, Steve Anderson, pero nos gustaría saber exactamente cómo se fracturó el caballo la pata.

– La verdad es que no lo sé -respondió Savannah.

– Bueno, pero… ¿qué le pasó? ¿Realmente se lo llevó el niño?

– Sí, Joshua -admitió.

– Pero ¿por qué? ¿Adonde iba? ¿Tuvo algún cómplice?

– Creo que ya son demasiadas preguntas -lo interrumpió Travis, sonriendo con frialdad-. Josh salió a pasear con Mystic y le sorprendió la tormenta. De resultas de ello, Mystic sufrió una grave lesión. Fue una situación verdaderamente trágica, muy difícil para todos.

– Sí, pero…

– Y ahora, si nos disculpa, la señorita Beaumont y yo tenemos trabajo que hacer.

A regañadientes, John Herman se levantó del sofá, apagó la grabadora y se guardó la libreta en el bolsillo del abrigo.

– Ha sido un placer, señor McCord. Gracias, señorita Beaumont.

– De nada -replicó ella.

Travis lo acompañó hasta la puerta y Savannah se dejó caer en el sofá, agotada.

– Buitre -masculló furioso cuando volvió segundos después-. Menos mal que ya no volveremos a verlo.

– ¿Tú crees?

– Eso espero. Además, una cosa es lo que quiera escribir y otra lo que le deje escribir el editor. Por pura ética profesional tendrá que atenerse a los hechos. Bueno, olvidémonos de ello -miró su reloj-. No tardará en llegar todo el mundo y tenemos que celebrar la Navidad para Josh…

– Por cierto, ¿qué le has comprado de regalo?

– Algo que le encantará, seguro -sonrió de oreja a oreja.

– Detesto tener que preguntarlo.

– Pues no lo hagas. Voy a ducharme y luego trabajaré un poco en el despacho.

– ¿Otra vez? -inquirió, confundida.

– No tardaré mucho -le prometió, besándola en una mejilla.

– ¿Qué es lo que te queda por hacer?

– Cuentas -respondió, enigmático.

– ¿Para qué?

– Para quedarme tranquilo.

– No te creo.

– Bueno, tú me has preguntado y yo te he respondido. Y ahora… ¿por qué no le haces la cama a Josh en el sofá? De ese modo, podrá estar aquí, con nosotros, al lado del árbol que tanto le gusta…

– Es una buena idea, aunque soy consciente de que si la has sugerido ha sido para cambiar de tema.

– Bueno, tengo muchas ideas, algunas de las cuales estaría encantado de explicarte después, con todo lujo de detalles…

Casi a su pesar, Savannah soltó una carcajada.

– Muy bien, señor abogado. Lo que usted diga.

Con el propósito de bajar del dormitorio unas buenas mantas y un grueso edredón para Josh, abandonó la habitación con una sonrisa en los labios.

Josh parecía tan pequeño… Estaba muy pálido, con una escayola que le abarcaba casi todo el torso. Sus ojos azules, siempre tan vivaces, tenían una mirada apagada. Y su cabello había perdido parte de su brillo.

– Parece como si acabaras de volver de la guerra -intentó bromear Savannah mientras terminaba de arroparle con las mantas en el sofá.

– Así es como me siento.

– ¿De veras?

– Bueno, en realidad estoy bien -miró a su alrededor, intentando hacerse el valiente. Al fin y al cabo, estaba en una habitación llena de adultos.

– ¿Listo para celebrar la Navidad?

– Desde luego -respondió, ya más animado.

– Bien, pues tú no te muevas. Voy a acercar la mesa para que puedas cenar en el sofá.

– ¿Cenarás tú conmigo? -preguntó, tímidamente.

– Por supuesto.

Mientras el resto de la familia se vestía para la cena, Savannah se quedó con Josh.

– ¿Sabes? Te he echado mucho de menos.

– ¿En serio?

– Sí.

– Pues yo también a ti -admitió Josh-. Y también he echado de menos a Mystic. ¿Crees que podrás llevarme a verlo?

Savannah se había preparado mentalmente para aquel momento. Pero la respuesta que había ensayado con tanto cuidado se le atascó en la garganta.

– No, Josh. No puedo. Ya lo sabes. Tienes que quedarte en casa y descansar. Al menos hasta que te quiten la escayola.

– Eso podría tardar semanas -gimoteó.

– Bueno, por el momento no podrás pisar las cuadras, eso está claro -se volvió hacia su plato e hizo amago de comer, esperando que el niño la imitara y dejara de preguntar por Mystic.

Josh miró su plato de comida, pero no lo probó.

– Creo que le pasa algo malo a Mystic.

A Savannah empezaron a sudarle las palmas de las manos.

– ¿Algo malo? ¿Por qué?

– Porque todo el mundo se pone nervioso cuando hablo de él.

– Porque todos estamos muy preocupados por ti.

El niño negó con la cabeza y esbozó una mueca de dolor.

– No. Papá y mamá, incluso el abuelo, se comportan como si me estuvieran escondiendo algo.

Savannah ya no sabía qué decirle.

– Tía…

– ¿Qué? -«aquí viene», pensó ella.

– Tú no me mentirías, ¿verdad?

– Yo jamás te haría daño, Josh -dijo con el corazón encogido.

– No es eso lo que te he preguntado.

– ¿Te he mentido alguna vez antes?

– No.

– Entonces ¿por qué iba a empezar ahora?

– Porque ha sucedido algo malo. Algo que nadie quiere que yo sepa.

– ¿Sabes lo que pienso? -dijo Savannah, y sonrió.

– No. ¿Qué?

– Que en el hospital has pasado demasiado tiempo pensando y sin nada que hacer. Pero ahora mismo vamos a arreglar eso, campeón. Cómete la cena y luego abriremos los regalos, ¿qué me dices?

– ¡De acuerdo! -exclamó, entusiasta. Pero no antes de lanzar por la ventana una inquisitiva mirada a la cuadra de los sementales.

Josh se acostó temprano. Y tan encantado con el cachorro de spaniel que le había regalado Travis que no volvió a preguntar por Mystic.

La tarde había sido agotadora y Savannah se alegraba de que hubiera terminado por fin. «Pero habría un mañana y un pasado mañana», pensó, furiosa consigo misma. Tarde o temprano tendría que decirle al niño la verdad.

Estaba guardando con Travis el papel de los regalos en una caja de cartón cuando Charmaine bajó las escaleras. Vestida en bata y zapatillas, tenía un aspecto terriblemente cansado, como si fuera a desplomarse en cualquier momento.

– Venía a daros las buenas noches. Y a agradecerte, Travis, el detalle del cachorro.

– Pensé que Josh necesitaría un amigo especial para cuando se entere de lo de Mystic.

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