En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
– Pero no entiendo…
– Lo harás con el tiempo. Toma. -Extrajo del bolsillo de su falda negra una pequeña bolsa de tela negra, atada con un cordel, y me la ofreció-. Esto te protegerá de toda influencia maléfica durante esta importante etapa. Porque nunca has sido más vulnerable.
La cogí y la colgué con agradecimiento de mi cuello, pero Noni seguía con la mano extendida, expectante.
– Todavía llevas el amuleto de oro, ¿verdad?
Al advertir mi vacilación, Noni hizo un ademán de impaciencia.
– Hija mía, no debes estar bajo otra influencia que la de la Diosa. No cabe duda de que el talismán del judío te ha protegido, y salvado tu vida de la peste, pero mi amuleto protegerá no solo tu vida en este mundo, sino en el Invisible, el que ahora conoce tu presencia. Necesito ese talismán ahora. ¿Me lo das?
Sin más protestas, me quité por la cabeza el talismán de oro, junto con su hermosa cadena, y se lo entregué.
– Lo cuidaré con mucho esmero -dijo mi abuela, sonriente, y hasta cierto tiempo después no comprendí el significado de sus palabras.
El mes antes de mi iniciación, tuve tiempo para reflexionar en lo que Noni había dicho, pero nunca se me había antojado la Diosa tan distante, o mis pensamientos tan confusos y encontrados. Tu destino aguarda en otra parte…
Una idea estúpida. ¿Por qué iba a abandonar mi aldea? Jamás abandonaría a Noni y a mi madre. Jamás…
Cuando esos pensamientos aterradores me visitaban, los rechazaba intentando imaginar mi vida como esposa de un herrero. Al cabo de pocos días después de mi primer Círculo, Justin fue a ver a mamá y la convenció de que debíamos prometernos cuanto antes, teniendo en cuenta la escasez de buenos partidos. Cerraron el trato. Se fijó una fecha de septiembre, el mes siguiente, y me obsequió el excelente telar de roble de su difunta madre. La idea de casarme con Justin no me desagradaba, porque era apuesto y joven, de temperamento bondadoso y músculos que despertaban en mí pensamientos nada infantiles. Mamá estaba complacida porque Justin y sus hermanas supervivientes se contaban entre las personas más acaudaladas del pueblo, y tenía la vejez asegurada. No paraba de hablar del inminente matrimonio. Sin embargo, había cambiado desde la muerte de papá: el apetito la había abandonado, sus mejillas se habían hundido y la suspicacia se transparentaba en sus ojos.
Escuchaba con el mayor respeto sus consejos por las noches, sentadas junto al hogar, mientras trabajábamos en mi edredón de boda. Mamá lloraba a menudo cuando pensaba en el edredón que había hecho veinte años antes, con motivo de su compromiso con papá. Sin embargo, mi corazón y mi mente estaban más concentrados en la iniciación inminente, y la extraña distancia que se estaba forjando entre la Diosa, la Visión y yo.
Por fin, llegó el día, o mejor dicho, la noche, una noche en que nubes espesas oscurecían la negrura del cielo y derramaban una lluvia pertinaz. Cuando Noni y yo nos ceñimos las capas, mientras mamá roncaba, me sentí muy nerviosa. Mis dedos temblaban, y no sentí la emoción y la impaciencia que había anticipado, sino verdadero miedo. No podía mirar a los ojos de Noni, y ella no intentaba encontrar los míos, y cuando salimos a la lluvia no dijimos ni una palabra. Mi abuela caminaba con celeridad y determinación inusuales, y debido a la humedad del aire empecé a sudar bajo mi capa y mi falda.
Nos dirigíamos hacia el olivar, al menos eso pensaba yo, hasta que Noni se desvió de repente a la izquierda, hacia las colinas que se alzaban al este del pueblo. Nos adentramos en el bosque de robles y árboles de hoja perenne, y de vez en cuando resbalábamos en la alfombra de hojas muertas. Subimos por la suave pendiente, donde las ramas de árboles ancianos nos protegían de la lluvia.
Una figura saltó hacia nosotros desde detrás de un árbol, un hombre alto, enmascarado y cubierto con una capa negra, una mera silueta en la noche, pero el destello de su espada fue inconfundible.
Era un guardia, pensé aterrada. Nos detendrían y quemarían como brujas. Lancé un grito y caí de rodillas.
– ¡No sigáis adelante! -ordenó. Reconocí la voz de Justin con gran alivio, aunque era diferente, como cuando mi abuela había hablado con su voz de sacerdotisa.
Una figura menuda, también enmascarada, apareció detrás de éclass="underline" Mattheline, advertí. Solo se trataba de Justin y Mattheline, que estaban escenificando un antiguo ritual, pero cuando ella me vendó los ojos y sentí la punta afilada de la espada rasgar casi la piel que separaba mis pechos, sentí una oleada ele terror.
– Pobre de ti -dijo Justin- si revelas los nombres de tus hermanos y hermanas a quienes no sirven a la Diosa, o si alguna vez renuncias a Ella. Pues serás maldecida con toda Su ira y furia, y también la nuestra, y te buscaremos no solo en este mundo sino en los demás. No solo en esta vida sino en la siguiente. ¿Lo has entendido?
– Lo he entendido -contesté con una voz tan débil que apenas reconocí como mía.
– ¿Juras por tu vida y magia que serás fiel a la Diosa y al Círculo, y nunca, ni siquiera bajo amenaza de muerte, revelarás los nombres de tus hermanos y hermanas a alguien que no sea de la Raza?
– Lo juro por mi vida y mi magia.
– Entonces empecemos -dijo, y la presión entre mis pechos desapareció.
Me obligaron a ponerme en pie, sin la menor gentileza, y me empujaron colina arriba. Me encogí de dolor cuando pisé una pina caída. Subí hasta que oí a los demás jadear detrás de mí. Por fin, la colina empezó a nivelarse, y me guiaron sobre rocas mojadas hacia el interior de lo que supuse una cueva, porque la lluvia había cesado tan repentinamente como la tierra que pisaba se había secado.
Me obligaron a sentarme contra una pared de piedra fría. La voz de Noni me ordenó:
– Traga.
Me metieron un bolo alimenticio en la boca y empecé a masticar, porque me parecía demasiado grande para tragarlo con facilidad. Era tan amargo y repugnante que sentí arcadas y casi lo escupí cuando noté una copa contra mis labios, y oí la orden:
– Traga.
Tomé un sorbo de la copa y me alivió descubrir que sabía a té de menta. Aun así, engullí el bolo alimenticio con asco y por unos momentos reprimí las náuseas, mientras Noni me administraba más sorbos de té.
Por fin, el malestar pasó e intenté levantarme y quitarme la venda, pero antes de que pudiera hacerlo mis tres acompañantes me tendieron en el suelo por la fuerza. Ya se estaba apoderando de mí una gran lasitud y no ofrecí resistencia.
Hacia la tierra, hacia la Diosa…
Fuera, el tamborileo de la lluvia. Dentro, el sonido casi ensordecedor de mi propia respiración.
Me quitaron la capa mojada, mientras dos pares de manos pequeñas, manos femeninas, levantaban mis faldas y empezaban a frotar mis piernas, lenta e incesantemente. Al cabo de poco, noté que me untaban un ungüento que olía a hierbas. El efecto fue casi inmediato. Mi respiración se hizo más lenta y me serené completamente. El tacto de la tela en mis brazos y mi torso, cuando me quitaron las faldas y la ropa interior, fue puro placer, y mi desnudez no me causó ninguna alarma…
Se oían truenos profundos y retumbantes, mientras yo yacía en trance en la cueva, y sentía el estruendo en mi interior. Tres pares de manos descendían lenta, sensualmente por mis brazos, por todo mi cuerpo, y todos entonaban un cántico sin palabras de armonía absurda. El tono se fue agudizando, hasta que se convirtió en un zumbido enloquecido, y reí a carcajadas.
De pronto, el ritmo de las caricias disminuyó, y ya no pude distinguir las diferentes manos. Sentí una enorme caricia, sentí que mi cuerpo empezaba a contraerse y expandirse como una mujer al dar a luz, sin dolor, pero con la misma sensación de esfuerzo y desesperación por dar a luz algo, por liberarme…
Al instante, un terrible fuego frío me consumió. Me incorporé y vomité. De inmediato me sentí mejor. Volví a sentarme, me liberé de la venda y descubrí que estaba sola, y que la cueva estaba iluminada como si fuera de día (mis ojos captaron una luz cegadora), porque habían encendido un fuego cerca de la boca, a tiro de piedra de donde estaba yo. Era una distancia considerable, pero lo vi todo con una claridad imposible, sobrenaturaclass="underline" un fuego tan brillante como el sol y prismático como una piedra preciosa, engalanado con lenguas de zafiro, rubí, esmeralda, fileteado de hebras de cobre, plata, oro. Si fuera era de noche, no la vi, porque todo el mundo parecía en llamas.