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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Flinn frunció los labios, confuso.

—No estoy seguro. Vamos en la dirección correcta –repuso, señalando hacia las profundidades del bosque–. Supongo que, si nos perdemos, siempre podemos preguntar.

Braddoc se volvió, incrédulo y miró fijamente los inexpresivos ojos de su amigo.

—¿Qué… quieres decir? –preguntó.

—Era sólo una broma.

—Una broma –repitió el enano, sin saber si reír o llorar–. No me parece un buen momento.

El Inmortal se puso en cuclillas e hizo un gesto a Braddoc para que lo imitase.

—Hay algo que debes saber –le espetó el Inmortal con repentina seriedad.

Braddoc se pasó los dedos por los cabellos y emitió un profundo suspiro.

—De acuerdo –accedió, sentándose al borde del sendero que seguían–. Habla.

—¿Recuerdas por qué fuimos a Rupestre?

Braddoc se sorprendió ante la pregunta.

—Por supuesto. Querías encontrar el denwail.

—Ciertamente –admitió Flinn con un movimiento afirmativo de cabeza–. ¿Y a quién buscábamos?

—No te entiendo –dijo Braddoc con un gruñido.

—Buscábamos a Denwarf.

—¡Denwarf! No sé dónde está. Nadie lo sabe.

Flinn inclinó la cabeza y fijó en los ojos del enano una penetrante mirada que hizo sentir incómodo a Braddoc. Otra vez recordó que estaba ante la presencia de un Inmortal. Intentó recordar algo sobre Denwarf, pero no lo consiguió.

—Denwarf hizo que te olvidases de él –dijo Flinn. Se irguió y posó las manos sobre las rodillas en una postura marcial que a Braddoc le recordó a los khans–. La caverna en la que nos encontrábamos era Denwarf.

—¿Era Denwarf? –repitió escéptico–. ¿Cómo es posible?

—Me dijiste que Denwarf era una criatura de piedra a quien Kagyar dio vida. Denwarf vivió durante tanto tiempo en las cavernas bajo Rupestre que su espíritu se fundió con la piedra de la cueva donde vivía. Era denwail.

—Entonces, ¿por qué quería hacerme olvidar?

Flinn se volvió, y su mirada se perdió en la distancia. Tras unos momentos de meditación, se volvió.

—Los enanos no deben saber cómo encontrar la fuente de su inspiración; tan sólo deben saber que está allí –le repuso.

—Flinn –comenzó Braddoc, buscando las palabras adecuadas para no mostrarse descortés–. Hay dos cosas que debo preguntarte.

Flinn asintió para que continuase.

—¿Has recuperado parte de tu memoria?

—Lo suficiente para saber que nuestras borracheras siempre acababan con mis bolsillos vacíos –respondió Flinn, esbozando una pequeña sonrisa que se desvaneció al instante–. ¿Qué otra cosa querías preguntarme?

—¿Qué has hecho con el denwail? –inquirió Braddoc, a sabiendas de que estaba forzando la situación. No podía evitar pensar que aquel Inmortal intruso ponía en peligro el modo de vida de los enanos.

—No he… hecho nada –contestó Flinn lentamente; clavó la mirada en la distancia antes de proseguir–: El denwail todavía yace en el corazón de los enanos.

—Pero yo vi cómo… absorbías el fuego de la fragua.

—Y ese fuego está en mi corazón –dijo, palpándose–. Mientras siga aquí, el denwail vivirá. Esto es sólo el comienzo. No sólo debo encontrar la inspiración de cada raza, sino además encarnarlas.

Pensativo, Braddoc se acarició la barbilla con una mano. Se puso en pie y estiró la espalda hacia atrás. No sabía qué pensar sobre lo que decía Flinn, ni tenía medio para comprobar si era cierto o falso.

Clavó la mirada en los ojos del Inmortal, y vio en ellos el fuego de la fragua.

—¿Qué parte de lo que me cuentas conocías de antemano? –inquirió, caminando hacia Flinn y tendiéndole la mano.

Flinn aceptó su ofrecimiento y permitió que Braddoc tirase de él para levantarlo. De repente, el enano recordó lo que había sucedido la última vez que le había ofrecido su mano, pero era demasiado tarde para retirarla. Se alegró de no caer entre los árboles.

Haciendo una mueca, Flinn retomó la dirección en que se dirigían.

Braddoc lo siguió.

—¿Y bien? –preguntó cuando le dio alcance.

—Nada, Braddoc. Antes de entrar en la fragua, no sabía nada de esto.

Braddoc no disfrutaba ante la belleza del bosque. En su vieja cabeza de enano sólo había sitio para la idea de que aquellos árboles y plantas, a pesar de su belleza, desaparecerían y volverían a crecer cientos de veces antes de que le llegase la muerte. Cualquier otro ser en su lugar –incluso tal vez un enano joven– habría llorado de la emoción.

Los dos compañeros se detuvieron al borde de un claro circular en cuyo centro se alzaba orgulloso un árbol solitario de hojas más anchas que las enormes manos de Braddoc. En su corteza se dibujaban unas venas plateadas que resplandecían con el flujo de la vida del árbol. Su ramaje de hojas, del mismo color plata, cubría el resto del claro, bajo el cual se extendía una hierba blanquecina.

Tras unos momentos de asombro ante aquella visión, Braddoc se dirigió a su amigo.

—¿Qué debemos hacer ahora? –preguntó.

Flinn, sin responder, se quedó mirando hacia el árbol. Braddoc frunció el entrecejo, preocupado, y le propinó un codazo a su amigo.

—¡Flinn!

El Inmortal seguía con la mirada fija.

Braddoc retrocedió intentando adquirir una nueva perspectiva del árbol. Flinn parecía paralizado, de la misma forma que le había sucedido en Rupestre. Pero esta vez era diferente, porque no era la magia lo que lo retenía.

El enano avanzó hacia su amigo y lo miró a los ojos, que todavía reflejaban el fuego de la fragua de los enanos.

—¡Flinn! –volvió a llamarlo, más fuerte esta vez.

—¿Sí? –La respuesta sonó con una voz distante y casi imperceptible. Braddoc descubrió en la voz de Flinn algo que no había percibido cuando era un héroe, ni después de convertirse en Inmortaclass="underline" miedo.

—¿De qué tienes miedo?

—¿Miedo? No tengo miedo de nada –replicó Flinn, absorto–. Tengo miedo de morir –susurró, tras unos instantes.

Braddoc se cruzó de brazos y lanzó un resoplido de burla.

—¡Eso es ridículo! Los Inmortales no pueden morir –afirmó.

—No estás en lo cierto, Braddoc. Los Inmortales mueren. Cada vez que entre en uno de estos sitios, volveré a morir.

—¡Pero volverás, como la vez pasada!

Flinn movió la cabeza sin apartar la vista de la arboleda.

—Pero, aun así, tengo que morir.

Braddoc dirigió la mirada hacia el descampado. Aquel árbol solitario encarnaba la inspiración de los elfos, la belleza y la vida del bosque. Al avanzar bajo su dosel de hojas, el Inmortal empezaría a morir.

De pronto, Braddoc sintió una enorme pena por su amigo. Su misión podría tener las más imprevisibles consecuencias personales.

Incluso peor; el miedo y la angustia de Flinn aumentarían con cada fuente de inspiración que tuviese que interiorizar. Cada símbolo despertaría en su memoria nuevos recuerdos y esperanzas y sueños: todo aquello que hace de la muerte algo insoportable. Flinn había sido en vida el hombre de mayor fortaleza y valor que había conocido el enano. Nadie había luchado tan duro como él durante toda su vida. Y, después de la muerte que le negaba el descanso, se veía obligado a enfrentarse al más duro de los sacrificios.

Sin embargo, Braddoc sabía que Flinn tenía que cumplir su cometido o Mystara estaba condenado. Tomó aire precipitadamente y pensó en algo adecuado que decirle a su amigo.

—No hay nada que decir, Braddoc –murmuró Flinn, y, girándose hacia su amigo, añadió–: Sé lo que tengo que hacer.

Flinn entró en el descampado. Braddoc vio cómo su pelo se volvía gris y, al avanzar unos pasos más, blanco. Estaba todavía a diez pasos del árbol.

La espalda de Flinn comenzó a encorvarse y su piel se arrugó, perdiendo vitalidad. Braddoc quería acudir en su ayuda para proporcionarle amparo y apoyo, aunque no sabía cómo; pero no sobreviviría más allá del borde del descampado. Apretó los dientes y aguardó. Al avanzar tres pasos más, Flinn cayó al suelo y se cortó la pálida piel con la hierba puntiaguda; la luz de las hojas lo envolvía con un brillo tan intenso que Braddoc apenas lo distinguía.

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