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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—¿Quiénes?

—Cinco de nuestros caballeros de Penhaligon, el comandante Lyrates, el sargento Yeats…, sir Barethmor y algunos de los lanceros del Águila Negra –contestó, volviéndose hacia la muchacha.

—¿Estáis herido? –preguntó ella educadamente, avanzando hacia el caballero en busca de cortes y restos de sangre en su armadura.

Sir Domerikos alzó una mano para que se detuviera.

—Estoy bien –dijo, pasándose una mano por la cara y los cabellos–. Si no llega a ser por vuestros gritos, puede que no nos hubiésemos vuelto a ver.

—No sé cuánto tiempo llevo caminando por estas aguas.

El caballero se encogió de hombros y le hizo una seña para que lo acompañase hacia el resto de los hombres.

—¿Cómo sabíais en qué dirección ir…, señor? –inquirió Jo, reparando a tiempo su momentáneo olvido del respeto debido al rango del caballero.

Domerikos no le respondió. Caminaba apretando los dientes, con la mirada perdida en la niebla, desolado por la ruinosa batalla.

—¿Cómo supisteis qué camino seguir? –volvió a preguntar Jo alzando el tono de voz.

—¿Cómo? –exclamó el caballero parpadeando–. Tengo un excelente sentido de la orientación. Y Barethmor me dio esto.

Alargando una mano, Domerikos le mostró una diminuta burbuja de cristal en cuyo interior flotaba una flecha.

—¿Qué es eso que hay en su interior? –quiso saber la muchacha, entornando los ojos para enfocar mejor.

—Una aguja que, al parecer, señala hacia el norte.

—¿Al parecer?

Sir Domerikos se encogió de hombros.

—Es un aparato mágico y, como tal, desconozco su funcionamiento. Sólo sé que la aguja señala hacia el norte y que hay otra flecha en su interior que señala hacia otro cacharro de éstos. No os preocupéis por mi seguridad, escudero Menhir –dijo tajante–. Estoy seguro de que sir Barethmor me dio este artilugio con otras… intenciones que la de encontraros.

—¿Otras intenciones? –replicó Jo–. ¿Qué queréis decir, señor?

El caballero parecía confuso.

—Me refiero a que es la oportunidad perfecta para que Barethmor se tome su venganza. El intento de vuestro asesinato, la carta de la baronía del Águila Negra y la aparición de sir Barethmor no son meras coincidencias.

Sir Domerikos alzó la esfera de cristal hasta la altura de los ojos y fijó la mirada en el interior. Hizo un gesto en la dirección del campamento.

—Vayamos hacia allí –indicó–, pero tengamos muy presente lo que os acabo de decir.

Jo asintió y apoyó a Paz sobre su hombro derecho. El aire helado hizo que la niebla se dispersase en parte. Poco a poco fueron apareciendo los restos de un bosque milenario, que sobresalían amenazadores de las estancadas aguas del pantano.

Sir Domerikos señaló hacia el bosque muerto, de donde provenía el ligero resplandor de un fuego. Los cinco caballeros de Penhaligon estaban sentados frente a los tres de la baronía del Águila Negra y todos rodeaban un pequeño cilindro incandescente del que surgía un fuego diminuto. Los caballos descansaban atados a un árbol seco.

Los caballeros de Penhaligon estaban cansados y harapientos.

Su atuendo había sido hecho trizas, dejando entrever unas corazas abolladas y llenas de agujeros. De los cinco sólo tres conservaban sus espadas, una de ellas rota. Los hombres de la baronía del Águila Negra, en cambio, se hallaban bien equipados, con sus negras armaduras intactas, como si no hubieran entrado en combate. Todos llevaban armas relucientes: una lanza, una maza y una espada.

—¿Dónde está sir Barethmor? –les preguntó sir Domerikos a los que formaban el corro, al entrar con Jo en el descampado.

—Estoy aquí –gruñó un vozarrón que Jo reconoció como del comandante de los lanceros. Su negra armadura surgió de entre las tinieblas como un espectro. Llevaba el yelmo en la mano izquierda, y sus largos cabellos caían sobre su cota de mallas–. Veo que habéis encontrado a nuestro pequeño héroe.

Jo no pudo contener un gesto de crispación ante el sarcasmo de aquel hombre, pero no dejó que la abandonase la compostura.

—Bien –le preguntó a Jo–, ¿dónde os habíais metido?

—He estado luchando contra los abelaat –contestó secamente la joven, sin moverse del lado de Domerikos.

—¡Admirable! ¿Y por qué no acabaron con vos como lo hicieron con el resto?

Jo se mantuvo en silencio, agarrando la empuñadura de Paz. Sir Barethmor avanzó hacia ella, dejando caer el casco sobre el tronco de un árbol podrido. Sus oscuros ojos centelleaban con el reflejo del fuego mágico.

—¿Qué respondéis, muchacha? –la urgió.

Sir Domerikos se puso delante de Jo.

—Mantened la distancia, Barethmor –ordenó.

El comandante de los lanceros frunció los labios y alzó la vista hasta que se encontró con la del caballero. Jo contempló cómo ambos libraban una silenciosa batalla. La preocupación que sentía aumentaba a cada momento que pasaba. Barethmor acabó asintiendo y retrocedió hacia sus caballeros.

—Me alegro de que ambos hayáis llegado –declaró.

—¿Y eso por qué? –inquirió Domerikos, acomodándose entre sus nombres. Jo percibió que el peligro iba en aumento y se adelantó para unirse al grupo de Penhaligon.

Barethmor paseó la mirada por el pantano que los rodeaba.

—Una vez me ultrajasteis con una afrenta que no he podido olvidar –dijo al cabo.

—Vuestra esposa tampoco ha podido olvidar las palizas que le propinabais día y noche –contestó Domerikos con vehemencia.

Pasando por alto el comentario del caballero, el comandante de los lanceros se dirigió hacia Jo.

—Y en cuanto a ti, estúpida escudero, que te crees un héroe por llevar una espada mágica, te diré una cosa: yo también tengo un montón de espadas mágicas, pero mi señor quiere ésa, y la tendrá.

Jo lo entendió todo de repente: Ludwig von Hendriks, el barón de la orden del Águila Negra, quería apoderarse de Paz para usarla contra el rey de Karameikos. El consejero Melios había sido el «peón».

Los caballeros de Penhaligon desenfundaron sus armas y Jo empuñó a Paz. Los lanceros del Águila Negra hicieron lo propio con las suyas, pero la joven se percató de que no parecían particularmente intranquilos.

—Es una suerte que tuviese esa esfera rastreadora para daros –dijo Barethmor fríamente, señalando hacia los caballeros de Penhaligon.

El fuego del cilindro explotó, y una enorme llamarada engulló a los caballeros. Jo oyó los gemidos de dolor por encima del rugido del fuego y saltó hacia Domerikos. Las llamas cambiaron de dirección, y el aire se volvió irrespirable por el calor.

Sir Domerikos dio la espalda a Jo y empezó a correr. La joven vio horrorizada que la piel del hombre se había carbonizado y se le desprendía en escamas. La armadura le había achicharrado el cuerpo, y sus humeantes trozos cayeron al agua.

El fuego rugía alrededor dejo, pero la joven adoptó una postura de combate y blandió a Paz. La espada formaba un escudo de protección contra el cilindro mágico.

Apoyándose firmemente en la pierna derecha, Jo alzó su brillante espada y descargó un mandoble que sesgó la cabeza del primer lancero y, con la fuerza de repulsión del golpe, atravesó la hombrera y la gorguera de la armadura del segundo.

El tercer caballero blandió su maza y alcanzó a golpearla en un hombro. La chapa de su armadura no se abolló, pero el impacto la hizo caer de rodillas. El resplandor del fuego que la envolvía le impedía ver con claridad.

La maza cayó sobre su espalda, y ella se desplomó sobre el fango, con la visión nublada. Agitó la cabeza para despejarse y, rodando sobre sí misma, alzó la espada para defenderse.

El lancero estaba delante de ella, con la maza levantada por encima de la cabeza. Por un momento pensó que no tenía tiempo de esquivarlo, pero, antes de que el hombre acertase a dejar caer la maza para propinarle el siguiente golpe, el cilindro volvió a escupir una lengua de fuego que alcanzó al lancero en la espalda. Jo se puso en pie, y se echó hacia atrás al ver que el cuerpo del lancero se reducía a cenizas.

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