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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Flinn estaba ahora a un brazo de distancia del árbol de los elfos.

Alargó la mano, pero volvió a derrumbarse sobre el suelo.

—¡Vamos, Flinn! –gritó Braddoc–. ¡Ya estás ahí!

El Inmortal intentó ponerse en pie, pero sus resecos huesos apenas podían soportar el peso del cuerpo, pese a su delgadez. Su piel comenzó a caérsele poco a poco sobre la hierba. Braddoc miró hacia sus pies, y seguidamente alzó la mirada hacia el exuberante claro. Al llegar le había parecido un jardín de plata, ahora le parecía de muerte.

—Oh gran señor Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Relámpago; yo, Braddoc Briarblood, vuestro humilde servidor, os pido vuestra bendición para que pueda ayudar a mi amigo –rezó Braddoc en voz alta.

El enano dio un salto hacia adelante, olvidándose del dolor que lo oprimía, pero una mano lo sujetó desde atrás. Intentó girar sobre sí mismo, pero la mano era demasiado fuerte. Se estiró hacia adelante al mismo tiempo que los dedos de Flinn tocaban el árbol plateado.

La luz desapareció, dejando el claro en una tenue penumbra. Las ramas del árbol se rompieron entre crujidos y las hojas, marchitas, cayeron al suelo y quedaron esparcidas por la hierba, que adquiría tonos amarillentos. Un viento silencioso se levantó por detrás de Braddoc, y éste se dijo que, de no ser por la misteriosa mano que lo sujetaba por el hombro, lo habría impulsado dentro del claro.

El viento levantó el polvo de los restos del cuerpo de Flinn, y lo esparció entre los rastrojos de ramas y hojas.

Una bola de fuego destruyó lo que quedaba del descampado.

Braddoc se cubrió los ojos con los brazos, acordándose de la esfera de fuego de la caverna de Rupestre. La ardiente bola se fue consumiendo poco a poco hasta quedar reducida al tamaño del puño del enano y se situó a la altura de su pecho.

Braddoc contempló asombrado cómo, de entre las tinieblas, surgía la silueta de un árbol, que engulló en su tronco la bola de fuego.

El árbol continuó creciendo, y el fuego se propagó por todas las ramas como si tuviese venas ardientes. Al cabo de unos segundos, el perfil de Flinn se dibujó en el árbol.

—¡Flinn! –gritó Braddoc, luchando con furia contra la mano que lo sujetaba. Intentó volverse hacia la mano misteriosa, pero no pudo–. ¡Flinn…!

Flinn salió del árbol, y su cuerpo recobró su forma y color normal.

Braddoc advirtió que los ojos del Inmortal resplandecían de vida, y que aún conservaban el fuego de los enanos. La figura de Flinn había aumentado en belleza y fuerza; la plata del árbol de los elfos circulaba visiblemente por sus venas.

La mano soltó a Braddoc finalmente, y éste intentó girarse.

—Me envía Kagyar –le susurró suavemente una voz de mujer, antes de que pudiera moverse–. Todavía se acuerda de ti.

El enano no se volvió, sabiendo que la mensajera del Inmortal ya habría desaparecido. Se precipitó hacia el lugar donde se encontraba Flinn.

El Inmortal tenía la cabeza agachada, y las lágrimas fluían de los ojos.

—Ahora recuerdo mucho más, Braddoc –murmuró el Inmortal entre sollozos–. Recuerdo haber vivido, recuerdo la vida, recuerdo el amor…

13

Jo estaba hambrienta. No había probado bocado en los últimos dos días. La ansiedad y rabia que le había provocado la traición de los lanceros la había dejado sin apetito, pero ahora se moría de hambre.

Apoyando a Paz en su hombro izquierdo, se frotó los ojos con la mano derecha. Las heridas se le habían transformado en postillas a gran velocidad. Al presionarlas con los dedos, se dio cuenta de que le dolían como si de cortes normales se tratase. Había pensado que, puesto que parecían estar bajo la influencia de una magia especial, no le molestarían tanto.

El cielo continuaba cubierto, sin permitir el paso de la luz del sol.

Jo estaba en la cima de un cerro que no se diferenciaba mucho de todos los que la rodeaban. Había perdido el sentido de la orientación ya que no podía percibir la luz del sol poniente al oeste ni la del sol naciente al este. No tenía el imán y la cuerda que guardaba con la carga del caballo, desaparecido en el campo de batalla. Por un momento, pensó que podría usar las piedras de abelaat para orientarse, pero descartó esa posibilidad.

Intentaba localizar en la distancia el chorro de luz que desprendía el abatón, pero en su agotamiento sólo veía valles y colinas. Intentó recordar las lecciones de geografía que había aprendido de la mano de un cartógrafo de Specularum. Hacia el norte había una cordillera de montañas. Se dio cuenta con frustración de que podía hallarse en cualquier punto al sur de las montañas de Picos Negros.

«¿Qué es lo que harías tú en mi lugar, Flinn?», se preguntó, recordando los momentos compartidos con él y el modo en que siempre emprendía acciones decisivas.

Jo se volvió y forzó la vista hasta que le dolieron los ojos, intentando localizar algún bosque o arboleda. Sólo veía algunos grupos de árboles aislados. Según el geógrafo, las arboledas se encontraban al este de los bosques de Radlebb. Jo se sintió de repente esperanzada al divisar algo que se parecía a las montañas de Picos Negros. Tenía la sensación de que se encontraba al sudeste de Armstead o, lo que era lo mismo, del abatón, del que dependía la salvación de Mystara. Penhaligon se encontraba a sus espaldas.

—¿Qué preferís, Johauna Menhir –se dijo, apoyando la espada sobre un hombro–, ser héroe o caballero?

En su memoria se dibujaron las imágenes de la Sala de los Héroes, así como de la cámara del consejo de Penhaligon y de la rehabilitación de Flinn. Se recordó que aún no se había ganado la gloria, tal como Flinn, sino que todo se lo habían proporcionado.

También sabía que había sido elegida por fuerzas sobrenaturales que aún no acertaba a comprender. Tras unos momentos de meditación, Jo lanzó un suspiro y dio la espalda a las montañas. Su mayor ambición era la de convertirse en caballero, y esta ambición era lo que la había traído a aquel lugar en aquel momento. Las fuerzas que habían forjado de nuevo a Vencedrag y a su alma también dirigían sus pasos. Decidió que el título de caballero y el reconocimiento como héroe no eran simples títulos que ella se limitaría a aceptar. Tendría que luchar para merecerlos.

Se detuvo para olisquear el aire. El olor familiar a especias picantes apareció de repente en la brisa de la colina. Se puso rígida con un gesto de rabia y agudizó el oído para percibir algún ruido proveniente de los abelaat. Sólo pudo oír el ruido del viento, y no pudo averiguar de dónde procedía aquel olor.

Sin embargo, momentos después, mientras permanecía agachada en la cima de una colina, a sus oídos llegaron unos sonidos inesperados. Voces humanas que, llevadas por el viento, subían y bajaban en intensidad. El sentimiento de soledad de Jo se hizo más intenso que el que había experimentado en los pantanos.

Empuñó a Paz con ambas manos y, manteniéndose firme contra el costado derecho, corrió colina abajo. Se detuvo al darse cuenta de que los chillidos provenían de su izquierda. Con gesto de determinación, corrió en aquella dirección hasta llegar a la cima de otra colina. Las voces se escuchaban cada vez con más intensidad.

Jo se precipitó colina abajo sintiendo cómo le faltaba el aire para abastecer de oxígeno su apurado corazón. A juzgar por los gritos, había gente que estaba en apuros, y su deber era protegerlos de los abelaat. Al recordar lo que le había dicho la guardiana Grainger sobre los hábitos alimenticios de los abelaat, sintió que el hombro le latía al ritmo del corazón.

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