El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
Jo se detuvo en lo alto de una colina y estiró hacia atrás la espalda para librarse de los calambres y dolores que la atenazaban. El cielo seguía impregnado de tonalidades grisáceas, y el no poder ver el sol estaba empezando a mermar su ánimo. Dirigió la mirada hacia lo que creía que era el noroeste, intentando divisar la columna de luz blanca que desprendía el abatón.
Repentinamente recordó la visión de Dayin. El muchacho se había transformado en un joven tan hermoso que su recuerdo hizo que le latiese el corazón. Acercó la espada, y sintió la frialdad de la plata rojiza contra su mejilla. Pensó que la piel del muchacho estaría igual de fría al tacto. La atracción que había sentido hacia él era de índole física, aunque también la había seducido su poder y la aureola que lo envolvía.
Cuando Jo había conocido a Dayin, el muchacho le había dado muestras de adoración, pero ella lo había considerado un simple enamoramiento de adolescente. Se preguntó si mantendría aquellos sentimientos de adoración, y si serían peligrosos para el abatón.
También habría deseado saber si la presencia que guiaba aquella luz era la de Teryl Uro. Las conclusiones tenían sentido: el mago había creado el abatón y había situado a Dayin, su hijo, en el pilar de luz.
En su visión, los ojos de Dayin no tenían pupilas y eran como focos de luz tan blanca y brillante como el pilar del abatón. La sensación del chorro de luz hizo que su cuerpo se tambalease por un momento, pero enseguida recuperó el equilibrio. Sabía que existía una conexión entre el poder del abatón y la nueva forma de Dayin, pero no lo podía explicar con palabras, cosa que la ponía furiosa.
La poderosa presencia intentaba mantener los ojos del muchacho cerrados, tal vez para evitar que la viese. Quizá Dayin tenía que concentrarse para mantener el poder del abatón.
El aire era cada vez más frío. Con un estremecimiento, Jo reunió fuerzas para reanudar la caminata. Las huellas de los caballos se perdían por detrás de otra colina sin que pudiese calcular hasta dónde, puesto que el ondulado terreno le impedía la visión. Se agachó para examinar las marcas y calculó que habría al menos diez caballeros en fuga. Tocó el suelo y, como le había enseñado el mensajero de Specularum, recogió un pequeño terrón de tierra que deshizo entre los dedos. La tierra estaba sólida y fría; los caballos habían pasado hacía, al menos, dos horas.
Jo sabía que no era una experta rastreadora. Si los caballeros habían pasado hacía algunas horas, debía de haber perdido la noción del tiempo durante la batalla. Furiosa, se sacudió la tierra que le quedaba en las manos; se frotó la cara y arregló los cabellos con los dedos.
Decidió apurar la marcha, esperando así aliviar la sensación de miedo que la sobrecogía. Comenzó a correr lentamente agarrando a Paz por la empuñadura y por el centro de la hoja para mantener el equilibrio. La plata rojiza había adquirido un tono más oscuro. La sangre de su mano se había secado, y deseó saber cuánta vida le había absorbido la espada.
Pero no se nutría de su vida al igual que los abelaat; saber que la hoja de la espada se alimentaba con su contacto le producía una extraña sensación de bienestar. No dudaba que la espada sagrada tenía vida propia, de la misma manera que Vencedrag. Jo alzó la espada y fijó una mirada interrogante en la última de las inscripciones rúnicas grabada en el canto de la espada, el símbolo de la paz.
Mezclaba varios elementos de los restantes símbolos rúnicos del Quadrivial en una curiosa combinación que daba lugar a un símbolo final. Nunca había visto nada tan hermoso.
Jo mantuvo su marcha tanto tiempo como le fue posible, arrastrando los pies a lo largo de muchos kilómetros de inacabables colinas. Los pájaros no cantaban y tampoco se percibían los aullidos de los animales, el zumbido de los insectos o el susurro de los arbustos. El suelo era cada vez más blando, lo que le hizo sospechar que entraba en una región pantanosa. El aire frío y limpio se volvía más y más cargado y húmedo. Se vio obligada a aminorar la marcha cuando el terreno se hizo tan blando que las botas se hundían en el suelo con cada paso.
Jo continuó vagando por aquel terreno húmedo hasta que las huellas finalmente se perdieron en una ciénaga poco profunda.
Confundida, estudió el rastro, sin comprender por qué los caballeros habían decidido adentrarse en un terreno tan inhóspito. Intentó divisar algo en el pantano, pero la niebla que se formaba a ras del agua le impedía la visión.
Jo se cambió la espada a la mano derecha, y, volviéndose por última vez para asegurarse de que no la seguía ningún abelaat, olfateó el aire en busca de algún rastro del olor picante que desprendían las criaturas. Con un suspiro de resignación hundió un pie en las aguas del pantano que estaban tan frías como se había imaginado.
En el pantano sólo se oía el chapoteo de sus botas en el agua.
Llevaba a Paz ante sí, cogida con ambas manos, pues había oído rumores de la existencia de extrañas criaturas que habitaban los pantanos: insectos gigantes, hombres-lagartos e incluso muertos vivientes. Un momento después de pensar en ello se rió de sus propios temores; no había en toda Mystara una criatura más horrible que los abelaat.
A su memoria acudieron imágenes de la vez que, huyendo de los guardias de Specularum, se había internado en uno de los pantanos cercanos, de aguas tan frías como las que sentía ahora. Había contraído una enfermedad que se contagiaba en aguas salobres y de la que había tardado semanas en recuperarse. Esperaba no caer enferma ahora.
Sin poder encontrar señales de los caballos, Jo intentó mantener el paso en línea recta con las huellas y en dirección opuesta al campo de batalla. La niebla y los gases de la zona oscurecían el pantano, y la joven arrugaba la nariz a cada momento, al atravesar una zona especialmente pestilente. Los músculos comenzaban a dolerle por el paso lento y pesado. Sabía que si intentaba correr en el agua se cansaría aún más. Además, había tropezado con árboles hundidos y troncos que se pudrían en el lecho del pantano; si hubiese ido corriendo se podría haber roto una pierna, o algo peor.
Jo agudizó el oído en busca de algún indicio de vida. Se detuvo y se quedó totalmente inmóvil, con la espada enarbolada.
—¡Hola! –gritó. Tomando aire repitió el chillido–: ¡Hola!
Aguardó una respuesta, pero ni siquiera se percibía el sonido del viento. Volvió a gritar, golpeando el agua del pantano con su espada, sin que el agua y el barro que levantó dejasen mancha alguna en su armadura ni en el tabardo.
—¿Dónde estáis? –acertó a mascullar entre jadeos, extenuada de cansancio–. ¡Sir Domerikos! ¿Dónde estáis?
Jo examinó el pantano a su alrededor; se sentía como si hubiese entrado en otro mundo. Una desagradable niebla se levantó ante su rostro, lo que le provocó un sonoro estornudo. Se rió y volvió a estornudar; su risa se transformó en una estruendosa carcajada.
—¿Qué os hace tanta gracia?
Salpicando gran cantidad de agua al volverse sobresaltada, alzó la espada con ambas manos y la dirigió hacia la garganta de su interlocutor.
Sir Domerikos no se movió. Con los brazos extendidos en posición defensiva miraba fijamente la afilada punta de la rojiza espada plateada, torciendo la cabeza a un lado. Jo se dio cuenta de que lo había asustado.
Con una sonrisa, bajó la guardia, y se frotó la nariz con el dorso de la mano.
—Lo lamento muchísimo, sir Domerikos –se disculpó, avergonzada–. Empezaba a pensar que era la única superviviente.
Domerikos desvió la mirada en un gesto en que Jo adivinó rabia y vergüenza.
—Hay algunos más hacia aquella dirección –replicó, señalando hacia las profundidades del pantano.