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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—¡Maldita seas, muchacha! –le dijo sir Barethmor desde atrás.

Jo hizo describir a Paz un amplio arco, y aprovechó su impulso para girarse. Barethmor se sacudió, sorprendido, y su cabeza rodó al suelo.

El fuego que surgía del cilindro se extinguió repentinamente, dejando a Jo rodeada de un profundo silencio. Relajó los hombros, presa del agotamiento y la angustia. Durante unos minutos contempló los restos de los cuerpos que la rodeaban. Por fin, se decidió a palpar entre las posesiones de Barethmor, buscando la otra bola de cristal.

Había desaparecido.

Dejó aquel lugar sin volver la vista atrás.

12

Braddoc no estaba muerto. La mirada del enano se encontró con los pies de Flinn y fue subiendo poco a poco hasta posarse en el rostro de su amigo. Vio que el resplandor que antes salía de la fragua resplandecía ahora en los ojos del Inmortal, el fuego que había inspirado a cientos de generaciones de enanos, desde que se habían visto forzados a abandonar la tierra de Páramo Negro. Braddoc sintió en los ojos una punzada de dolor, que lo obligó a recostarse en el arenoso suelo del bosque donde se encontraban.

—No te muevas, Braddoc.

—¿Por qué…? ¿Qué ha sucedido? –preguntó el enano entre dientes.

—Estás a salvo –respondió Flinn.

No lo atraía nada la idea de averiguar cómo había sido salvado.

—¿No me salvaste tú? –inquirió con cautela. Flinn hizo un gesto negativo–. Entonces ¿quién?

Flinn se encogió de hombros.

—Kagyar, tal vez –repuso.

Decidido a no prestar atención al dolor que le aguijoneaba los ojos, Braddoc se incorporó hasta quedar sentado. Momentos después se despertó de bruces en el suelo.

El enano gruñó en voz alta, y volvió a sentarse.

—Me siento como si hubiésemos estado en alguna de nuestras borracheras de antaño. –Tenía en la boca un sabor a arena que no lo sorprendió lo más mínimo.

—¿Por qué no te quedas tumbado hasta que te recuperes por completo? –le sugirió Flinn, poniéndose en pie.

Braddoc movió lentamente la cabeza. Tosió para aclarar la garganta de esa sensación arenosa y se rascó la nariz. Con toda la lentitud y parsimonia de que era capaz, juntó las manos y se puso de rodillas.

—Oh, gran señor Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Relámpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, te doy las gracias por haberme bendecido con esta nueva vida. Que use este bien que me otorgas con sabiduría. –Braddoc se detuvo, y luchó por controlar su temblor.

Volviendo a sentarse, se cruzó de piernas. Comenzó a frotarse la cara con ambas manos para recuperar la sensibilidad.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? –murmuró entre sus dedos.

—No más de una hora –le respondió Flinn, cruzándose de brazos y observándolo. Braddoc supuso que era hora de continuar su viaje e intentó alzarse para caminar, pero Flinn hizo un movimiento para detenerlo. El enano no quería desobedecerle sin motivo; aunque no le gustaba la idea de que aquel ser, que había sido su amigo, tuviese el poder de obligarlo a hacer todo lo que se le antojase. Además, tenía un asunto pendiente con los Inmortales.

—¿Dónde nos encontramos exactamente?

Flinn alzó levemente la nariz, y olisqueó el aire limpio.

—En el reino de Alfheim.

La noticia le provocó a Braddoc un empeoramiento. No tenía nada personal contra la raza de los elfos, pero todos los enanos tenían el convencimiento de que las criaturas de aquel bosque eran estúpidas, además de frivolas. Tenían la costumbre de elaborar piezas de gran belleza pero efímeras, sin preocuparse de que perdurasen a lo largo de los años, tal como solían hacer los artesanos enanos. Sabía que los elfos los consideraban criaturas de un estoicismo que rayaba en manía, cosa que entendía perfectamente. A pesar de los cientos de años de viajes por todos los rincones del mundo, Braddoc no había sido capaz de librarse de sus prejuicios contra los elfos.

Espió entre los dedos y comprobó que el plúmbeo color del cielo seguía impidiendo el paso de la luz del sol. Las anchas hojas de los árboles creaban un dosel adicional que filtraba la escasa luz restante.

—Muy bien… –gruñó, poniéndose en pie y preguntándose si el Inmortal lo obligaba a permanecer sentado por su propio bien–. No hay tiempo que perder.

—¿Estás seguro de poder continuar? –inquirió Flinn.

Una ceja de Braddoc se arqueó de asombro. Creía haber percibido cierto tono de preocupación en la poderosa voz del Inmortal.

—Tú eres el que tiene una misión que cumplir –respondió bruscamente.

Flinn asintió, y dejando caer los brazos, le hizo un gesto para que comenzase a caminar. Con un enorme suspiro, el enano movió el pie derecho, y sintió como nunca el desgaste de sus botas al rozar con el suelo. Tan sólo en una ocasión se había visto forzado a usar el ocular al borde de la muerte; al igual que entonces, las sensaciones más normales se habían intensificado enormemente, como si le frotasen cada nervio del cuerpo en carne viva. Le habría gustado tener algo para beber.

—¿Prefieres vino blanco o tinto? –preguntó Flinn.

—¿Cómo? Oh…, pues… ¿qué tal un tinto? Alguno de la región del Valle Perdido –respondió, distraído por los nuevos dolores que experimentaba su cuerpo.

Flinn, que caminaba detrás de Braddoc, le alcanzó una copa de cristal. El enano se lo agradeció con un murmullo, y dio un pequeño sorbo. El vino le proporcionó una agradable sensación que le aclaró la garganta y le calentó el estómago. Llevándose la copa a la nariz, inhaló intensamente el aroma del preciado líquido.

—¿Moolon Wraithchilde? –intentó adivinar. Cerró los ojos y volvió a sentir su olor. El afrutado aroma de aquel caldo se apoderó de sus pulmones.

—Tienes un paladar excelente, Braddoc –observó Flinn.

—Gracias, Flinn. –Braddoc sonrió para sí. Siempre se había jactado de su capacidad como catador de buenos vinos; era una habilidad que había desarrollado en los últimos cientos de años. Dio otro trago, y se preguntó dónde habrían fabricado la copa. Era asombrosamente transparente, y exhibía una elegante talla en diagonal desde la base hasta el borde.

—¿Es de cristal de Ylaruam?

—No, en realidad es de Glantri.

—¿De veras? Hace mucho tiempo que no voy por allí.

Braddoc continuó dando sorbos a aquel vino para olvidar las dolorosas palpitaciones de los pies, las piernas y la espalda. Echó un vistazo a su frondoso alrededor, y por primera vez no le parecieron deprimentes los árboles. Frotó el cristal tallado de la copa y un pensamiento acudió a su mente.

—Flinn… –comenzó cautelosamente–, ¿me permites que te haga una pregunta?

—¿Sí?

—¿De dónde sacaste el vino?

Flinn no le respondió, pero el enano esperó, intentando atemperar su impaciencia. Los dos caminaban en silencio, internándose en un bosque que cada vez se volvía más frondoso e impedía el paso de la poca luz del cielo. Braddoc se dio cuenta de que el bosque tenía una luz propia que parecía no disminuir. Le habría gustado saber en qué punto exacto de Alfheim se encontraban.

—Creo que puedo… hacer conjuros para conseguir las cosas que necesito –dijo finalmente Flinn–. Necesitabas una cosa, así que… estiré el brazo.

—¿Estiraste el brazo?

Flinn le respondió encogiéndose de hombros.

Braddoc alzó la copa hasta la altura de sus ojos, y, con un suspiro de resignación, se bebió de un trago lo que le quedaba de vino, tras lo cual depositó la copa en una enorme piedra lisa.

—¿Cuánto nos falta para alcanzar nuestro destino? –inquirió.

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