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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—¡Mira quién fue a hablar! –rió uno de los guardabosques, al que se unió su compañero.

—¡No empecéis vosotros dos! –gruñó Malken, apuntándolos con un dedo.

—Puedo mantenerme en pie –dijo Jo, alzando a Paz con mano temblorosa–. Y me aseguraré de que vos no os levantéis, si no…

El olor a comida y vino despertó a Jo algún tiempo después. Los guardabosques habían puesto un puchero al fuego después de haber cazado una liebre. Se sentía como si se hubiese bebido los posos del peor vino de Specularum.

—¿Te encuentras mejor? –le preguntó uno de los guardabosques.

Jo asintió lentamente, recordando haberse bebido, de hecho, los posos del peor vino de Specularum en una ocasión.

—Te sentirás mejor al meterte algo en el estómago –dijo el hombre–. Por cierto, me llamo Bolten.

—Johauna.

—Lo sabemos. Tú eres una de las razones por las que estamos aquí.

Jo palpó el suelo a su alrededor. Paz no estaba.

Haciendo un enorme esfuerzo para moverse, consiguió ponerse en pie, vacilante. Gruñó enfadada.

—¿Dónde está mi espada? –dijo entre dientes. Aclarándose la garganta, repitió la pregunta–: ¿Dónde está mi espada?

Bolten hizo una seña, y Jo se giró. En el otro lado del campamento, el hechicero estaba sentado con Paz descansando en su regazo. Seguía sin mostrar el rostro ni las manos. La joven avanzó lentamente hacia él.

—Devuélveme a Paz –ordenó, extendiendo el brazo derecho.

—No he acabado con ella –siseó el hechicero desde el interior de sus vestiduras.

—¿Qué estás haciendo?

La capucha del vestido se alzó unos centímetros.

—Estudiándola.

Jo dio un paso adelante. Se había ganado a Paz volviendo a forjar su alma, y no consentiría que se la arrebatasen.

—No hay nada que estudiar. La espada es mía.

El mago permanecía sentado en silencio, y Jo se preguntó si preparaba alguno de sus trucos. Sabía que estaba demasiado cansada y debilitada como para iniciar un ataque efectivo, y tampoco podría esquivar un proyectil. No le importaba.

—Estás en lo cierto, Johauna Menhir –contestó el hechicero–. La espada es tuya.

Jo recuperó la espada e intentó vislumbrar las facciones del mago, pero éstas se mantenían ocultas tras las sombras de su capucha. Olía a los mismos aceites que había percibido en una caravana de los desérticos emiratos de Ylaruam que deambulaba por las calles de Specularum.

—Ya lo sabíamos –dijo la guerrera elfa a sus espaldas. Jo inhaló otra vez los aceitosos perfumes del mago para aclararse la cabeza y se volvió hacia la elfa, que seguía con la armadura puesta–. Sabemos que Paz fue forjada de tu alma.

—¿Cómo? –preguntó Jo, sin permitir que su voz trasluciera enfado o desconfianza.

La guerrera avanzó hacia ella y le tocó su larga cabellera.

—Te pareces mucho a Diulanna –susurró.

—Eso me han dicho –replicó, apartándose.

La guerrera elfa no dijo nada y, con una seña, la invitó a que se acercase al fuego junto a Bolten. El otro habitante del bosque había regresado y removía el puchero, del que se desprendía un agradable aroma a verdura y estofado.

Jo asintió y se alejó del extraño hechicero, quien continuó sentado fuera del campamento. Encontró un confortable espacio en la hierba y, sentándose sobre las piernas, dejó a Paz en el suelo al alcance de la mano.

—Éste es mi hermano, Firamen –indicó Bolten, señalando hacia su hermano. Firamen esbozó una educada sonrisa y continuó revolviendo el cocido.

—Yo soy Malken d’Auberon –anunció pomposamente el hombre de negro, que se acercaba al promontorio. Llevaba un trozo de madera con cientos de marcas de cuchillos en el centro. Hizo un amago de inclinación, pero se llevó la mano a la herida vendada de su cabeza–. Perdóname –añadió, disculpándose–. Parece que hoy no es mi día.

—Mi nombre es… Tesseria –se presentó la elfa. Jo dedujo ante el titubeo de sus palabras que aquél no era su verdadero nombre. La guerrera señaló hacia el inmóvil mago.

—Ése es Hastur –le dijo.

—Tenemos que comer a toda prisa –los apremió Bolten, aderezando la comida con un puñado de especias–. Ah, y gracias por rescatarnos.

Antes de que Jo pudiese responder, Malken miró en el interior del puchero, arqueando una de sus cejas.

—Esto no será ratart, ¿no? –preguntó con una mueca.

—En efecto.

—¡Qué asco!

—D’Auberon –repuso Firamen sin levantar la vista del estofado–, no sabrías que es asqueroso si saltara de aquí dentro y te mordiese.

—Todo lo contrario. Una vez, en una de mis aventuras en Ylaruam, comí algo asqueroso que me mordió. Mira –se levantó la camisa para mostrar su cadera–, te enseñaré la cicatriz.

—Haced el favor de dejar las disputas –los regañó Tesseria con severidad–. Tenemos un invitado.

Los tres hombres apretaron los labios avergonzados y se disculparon entre murmullos. Los guardabosques continuaron cocinando, y el de Darokin fue a sentarse junto a Jo. Sin volverse, la joven advirtió que tenía la mirada clavada en ella.

—Qué ojos verdes más hermosos –oyó que murmuraba.

—No tenemos mucho tiempo para hablar, Johauna –dijo con firmeza Tesseria.

—Al acabar esta comida debemos rescatar de las manos de los abelaat a la gente de la aldea –declaró Jo.

—¿Qué? –exclamó Malken.

Jo le respondió sin volverse:

—Esas criaturas se llaman abelaat.

—Creo que no estás en lo cierto, señorita –objetó Firamen–. Vimos un abelaat en una ocasión, y no se parecía a esas criaturas.

—Lo que visteis no era un auténtico abelaat –comenzó Jo, sin saber si era conveniente contar la historia–. Veréis, el abatón…

—¿El… qué? –preguntó Malken. Sonreía abstraído, mirándola con una expresión peculiar. Jo frunció el entrecejo.

—El abatón, la puerta que se ha abierto entre los dos mundos…

—No necesitan saber eso, Johauna Menhir –la interrumpió el hechicero–. Como querían vuestro señor Graybow y la baronesa de Penhaligon, se ha extendido la orden de la gran convocatoria de fuerzas, y muchos son los que intentan detener a los invasores.

—Somos uno de esos grupos –afirmó Tesseria, señalando al resto de sus compañeros–. Llevamos algún tiempo juntos.

—Y disponemos de una gran experiencia –agregó Bolten.

—Además de la magia –añadió Firamen.

Jo suspiró profundamente y se frotó la frente. Por un momento había pensado que aquel grupo sería capaz de combatir a los abelaat y rescatar a la gente de la ciudad. Había pensado que tal vez podrían acompañarla hasta el abatón. Pero confiaban en la magia, y eso sería demasiado peligroso cerca del abatón.

—Los abelaat se alimentan de la magia –murmuró–; de la magia y de la sangre.

—La magia es la sangre –interpuso Hastur con voz sorda–. Sé lo que os preocupa, Johauna Menhir. Y tengo los medios para hacerle frente.

—¿Cómo? –inquirió Jo, escéptica.

Tesseria alzó una mano, pidiendo silencio.

—El modo poco importa, Johauna.

—Entonces, ¿cuál es vuestro plan?

—Nuestro plan, Jo –dijo Malken, aproximándose–, consiste en esperar a que los… abelaat, como los llamas, dejen sin vigilancia la ciudad.

Jo dirigió una airada mirada al hombre de Darokin.

—¿Por qué motivo harían tal cosa?

—Porque les proporcionaremos otro objetivo –explicó Bolten, añadiendo una pizca de otra especia al estofado.

—Lo único que buscan es gente –afirmó Jo.

—Cierto –asintió Malken–. Su próximo objetivo es un pueblo cercano.

—¿Queréis usar otra aldea como cebo para salvar ésta? –exclamó Jo, levantándose. Tesseria la agarró por su tabardo y la forzó a sentarse.

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