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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Tambaleándose, se levantó casi sin fuerzas ya para sujetar la empuñadura de su espada. La punta de Paz fue dejando un diminuto rastro en la ceniza mezclada con tierra mientras se alejaba de aquel lugar.

Al llegar al otro lado de las colinas, su total extenuación física le hizo perder el conocimiento.

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—¿Está muerta o dormida? –murmuró una voz masculina que se hallaba a unos metros dejo. A pesar de que acababa de recuperar el conocimiento, mantuvo los ojos cerrados y la respiración a un ritmo lento para que los que se encontraban cerca de ella no supieran que estaba escuchando lo que decían.

—Quitadle la espada –contestó otro hombre. Dedujo que el segundo hombre se hallaba a su derecha, a unos metros del primero.

Jo oyó el roce de unas botas en la hierba acompañado del ruido metálico de una armadura a su izquierda. Se dio cuenta, aterrada, de que la habían rodeado.

—Decidle que se levante.

Era una voz de mujer que le resultaba familiar. Tenía dificultades para mantener aquel ritmo respiratorio. Se oyó una tercera voz de hombre.

—¿Qué quieres decir?

—No está ni muerta ni dormida –respondió la mujer. Jo sintió cómo las botas se le aproximaban con un ligero temblor de tierra. El sonido de la armadura también le era familiar, parecido al que emitía la suya propia.

—Levántate, estúpida muchacha –dijo una cuarta voz, sin que pudiese identificarla como de hombre o de mujer. La voz era suave y clara y estaba fuera del alcance de su espada.

—Sí –añadió la mujer–, levántate para que…

Jo se aferró a la empuñadura y rodó sobre sí misma. Comprobó que estaba rodeada por cuatro hombres; la mujer estaba detrás de ella, fuera del alcance de su vista. Su movimiento la había llevado justo fuera del círculo, a la distancia precisa para colocar la punta de Paz en la garganta de uno de los hombres.

—¡Si alguien se mueve, éste muere! –siseó.

—Johauna Menhir, supongo –dijo la mujer, sin esperar respuesta.

Jo no apartó sus ojos del grupo. El nombre al que retenía era alto y delgado y llevaba ropas negras al estilo de Darokin, amplias y ligeras.

Su hermoso rostro lucía una barba y un bigote bien cuidados. Dos de los otros hombres parecían guardabosques, con pantalones verdes y marrones, y de sus capas colgaban sendas capuchas.

Jo vio que el tercer hombre era, con toda seguridad, un hechicero, el mismo que había mantenido el embrujo en la aldea. Sus vestidos eran de un entramado de púrpura y rojo, entrecosidos con un hilo dorado que centelleaba incluso con la grisácea luz del día. La túnica que lo cubría no dejaba ver el rostro ni las manos. Se mantenía totalmente inmóvil, al contrario que sus compañeros, que se balanceaban sobre los pies aferrando con fuerza sus armas.

—Escudero Menhir, tal vez si me miras podrás reconocerme –añadió la mujer.

Jo no se fiaba.

—Haré lo que me pedís cuando estos dos arrojen sus arcos al suelo –amenazó, gesticulando hacia los guardabosques–, y cuando el de los ropajes se dé la vuelta.

Jo vio cómo los guardabosques se miraban entre sí y luego se volvían hacia la mujer, que seguía detrás de ella. Supuso que ésta les habría hecho algún gesto afirmativo, porque en sus rostros se formó un gesto de enfado y resignación. Dejaron caer sus armas y se cruzaron de brazos.

El mago no se volvió.

—Tú también –dijo Jo.

—Por favor, haz lo que te dice –imploró la mujer. El mago se quedó quieto unos instantes; después asintió y se volvió–. Ahora cumple con lo prometido –le dijo a Jo.

Sin apartar la punta de Paz de la garganta de su cautivo, la joven lo obligó a volverse.

—¡No cojáis las armas! –amenazó–. ¡No consentiré que nadie detenga mi misión, y si me obligáis le cortaré el cuello a este nombre, sin contemplaciones!

Jo escrutó el rostro de la mujer sin poder reconocerla. Era una guerrera de los elfos de melena larga y dorada y ojos violeta. La muchacha retrocedió sorprendida, arrastrando consigo al prisionero.

Los elfos eran una raza de criaturas extraordinarias que no se solían ver fuera de los dominios de Alfheim.

La mujer abrió los brazos en un gesto amistoso. Su hermoso rostro reflejaba sinceridad.

—¿No me reconoces, Johauna? –inquirió.

—¿Reconocerte? ¿Dónde nos…?

Johauna la recordó de repente. Era la mujer que había visto en Bywater cuando conoció a Flinn y que había asistido a la ceremonia del nombramiento de escuderos en el Castillo de los Tres Soles.

—Eres tú –murmuró, dejando caer la punta de su espada. La mujer avanzó con una sonrisa en los labios, pero Jo, desconfiada, alzó de nuevo su arma.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué me habéis seguido?

El hombre de Darokin dio una violenta sacudida hacia atrás, y su cabeza golpeó la nariz de Jo. La joven se tambaleó, sintiendo cómo la sangre le inundaba el rostro. Dio unos pasos atrás y, haciendo describir un arco a Paz, golpeó al hombre en un costado de la cabeza con la parte plana de la espada. No había acabado de hacer preguntas, y no quería matar a nadie de aquel grupo hasta haber obtenido todas las respuestas.

En el rostro del hombre de negro se dibujó una expresión de sorpresa antes de desplomarse sobre la hierba. Jo sabía que los guardabosques intentarían recuperar de nuevo sus armas, así que avanzó y puso un pie en el pecho del hombre inconsciente.

—¿Por qué me seguís? –interrogó a la guerrera elfa, colocando de nuevo la punta de su espada en la garganta del hombre caído–. ¿Por qué? ¿Por qué?

De repente sintió náuseas. No se había sentido tan exhausta desde su incursión en las montañas de Picos Negros, cuando casi falleció víctima del frío y de la ferocidad del perro salvaje. Clavó la palma de la mano en la malla de la empuñadura para que el dolor la despejase un momento y le permitiera seguir de pie.

La guerrera elfa avanzó, tendiéndole los brazos en lo que parecía un gesto de ayuda, pero Jo no estaba dispuesta a dejar que la debilidad le impidiese defenderse. Se mordió el labio y tensó los músculos de los brazos.

—Matadla y acabemos de una vez –dijo el mago desde las profundidades de sus vestiduras. Jo tenía la impresión de que no era humano, aunque su acento no se parecía al de ninguna raza que ella conociera.

—¡No! Nuestra misión está clara, y necesitamos su ayuda –dijo la guerrera elfa sin volverse hacia el mago.

—Apenas puede mantenerse en pie –dijo uno de los guardabosques en un claro acento de Achelos. Su origen le indicó a Jo que el hombre sería diestro con la espada larga, el arco y tal vez la honda–. No tenemos tiempo para hacer que se recupere.

—Y yo os digo que todos sabéis cuáles serán las consecuencias de tal acción –replicó la guerrera elfa–. Si ella no vive, Mystara será destruido.

—No hay nada escrito en las piedras –respondió el mago.

—No, pero está escrito en las estrellas –contestó la elfa, y se volvió hacia la joven–. Johauna, en nombre de Diulanna, confía en nosotros.

Somos tus amigos.

—¿Diulanna? –murmuró Jo cansinamente–. Diulanna necesita héroes. Tenemos que volver y salvar la aldea. –Levantó la punta de su espada del cuello del hombre de Darokin y se tambaleó hacia atrás.

Uno de los guardabosques le hizo una seña de desaprobación.

—Apenas puedes mantenerte en pie, muchacha. Debes quedarte con nosotros.

—No tienes más remedio –añadió su compañero, sentándose en la hierba con las piernas cruzadas.

En el suelo, el hombre de negro gimió y se llevó una mano a la cabeza. Cuando se dio cuenta de su magulladura gimió con más fuerza.

—¡Ah! ¿Qué me has hecho…?

La guerrera elfa se arrodilló junto al hombre y le asió la cabeza entre las manos.

—No te muevas, Malken. Johauna va a ayudarnos.

—¡Ayudarnos! –murmuró Malken, apoyando los codos en el suelo para incorporarse–. ¡Mírala! ¡Apenas se tiene en pie!

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