Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El ocaso de la magia
El ocaso de la magia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 56
Перейти на страницу:

El alcaide aferró la cuerda a varios pasos de Lyraan.

Byron ajustó con torpeza su maza en el cinturón y, agarrando la cuerda con ambas manos, se asomó al borde del terraplén y se dejó resbalar hasta quedar colgando en el vacío. Graybow inspiró profundamente ante el peso del caballero, al sentir que una vieja herida en su espalda protestaba con un pinchazo de dolor. Se alegró de que Lyraan tuviese la fuerza suficiente para sostener la mayor parte del peso.

El joven caballero descendía lentamente desplazando las manos por la cuerda. El movimiento lo hacía balancearse, y Graybow se vio obligado a retroceder y a afianzar los talones en el suelo para no perder el equilibrio. Oyó cómo Lyraan gruñía con el esfuerzo e hizo lo propio.

Un trozo de roca se desprendió de la pared en la que estaba atado el lazo. Byron se paró a medio camino y esperó a que se detuviese el movimiento de la cuerda. Cuando dejó de balancearse, reanudó el descenso más despacio. Para Graybow, el ruido de la roca al desprenderse había sido más ominoso que el de un trueno.

Byron intentaba alcanzar la muralla, pero aún estaba muy lejos para poder encaramarse. La respiración de Graybow se había vuelto agitada y entrecortada, y el sudor comenzó a resbalarle por las cejas.

Recordó, divertido, el comentario quejóle había hecho sobre el exceso de pasteles en su dieta.

Tras desplazarse un poco más, el caballero alcanzó el borde de la muralla y, aflojando la cuerda, se aferró al borde e impulsó las piernas para encaramarse definitivamente. Sin decir nada, se desató la cuerda y la afianzó en otra piedra.

—Ahora podéis acercaros, señor –gritó, sosteniendo la cuerda.

Graybow soltó la cuerda y movió los dedos para recuperar la sensibilidad. Se maldijo por tener un cuerpo tan descuidado, y un ligero malestar se apoderó de él al compararse con sus dos acompañantes, que, sin duda, lo superaban en fuerza y habilidad para el combate. Pese a ello le profesaban una gran lealtad.

—¿Algún problema, señor? –le preguntó Lyraan desde atrás, manteniendo tensa la cuerda.

—No, ninguno –contestó el alcaide. Avanzó hacia el borde del terraplén y, asiendo la cuerda de la misma manera que Byron, tomó aire para armarse de valor y saltó al vacío.

El calambre en su espalda se transformó en una sacudida de dolor que le recorrió la espina dorsal, pero Graybow no quiso regresar.

La herida que le había producido una traidora lanza de elfo nunca había llegado a curarse por completo, y rogó por que la cicatriz no se abriera.

Byron se mantenía firmemente aferrado a la cuerda. Graybow oyó otra vez un crujido que provenía de la pared y se preguntó si se trataba de un defecto de construcción o, por el contrario, un debilitamiento a consecuencia de los efectos del ataque abelaat. Miró hacia el suelo y aceleró su marcha sin deseos de averiguar el verdadero motivo.

Graybow alcanzó el borde, y Byron lo ayudó a encaramarse tirando de él. El alcaide se lo agradeció con un gesto, pues no le alcanzaba el aliento para articular palabra. Se alejó unos pasos apretando los dientes para aliviar el dolor que le mortificaba la espalda.

—¿Queréis que me quede aquí, señor? –le gritó Lyraan desde el montículo.

Graybow asintió sin conseguir pronunciar palabra. Tras varias bocanadas acertó a decir entre jadeos:

—Sí…, necesitaremos… vuestra ayuda para volver.

Lyraan hizo una seña de asentimiento y cogió su lanza. Graybow le devolvió el saludo y se dirigió a la puerta principal seguido de Byron.

El caballero caminaba con precaución a lo largo del parapeto.

Quería asegurarse de que no se había debilitado la dureza de alguna piedra que lo hiciese dar con sus huesos en el suelo. No veía rastro de armas destruidas, ni siquiera una fisura producida por una piedra de honda que les proporcionase alguna pista, sin duda valiosísima. Él y Byron se detenían cada pocos pasos y buscaban en el muro alguna señal del ataque, pero no encontraron absolutamente nada.

En la puerta principal, Graybow se volvió y apuntó en su cuaderno los daños que había sufrido el castillo. La nueva perspectiva no aportaba nada nuevo a su visión de los desperfectos. Lanzó un suspiro decepcionado.

—Creo que hemos encontrado las marcas que buscábamos –afirmó Byron asomándose por la muralla de protección. Sir Graybow se le aproximó y se asomó a su vez. El caballero le señaló lo que, tal como había dicho Lyraan, eran las marcas de una escalera de asalto.

—¿Veis alguna más?

—No… ¡Sí, señor! ¡Hay muchas más a lo largo de la pared!

Graybow también percibió las marcas.

—Parece que lo que ha ayudado a los abelaat a avanzar, sea lo que sea, no es infalible –comentó.

Observando el suelo, Graybow se dio cuenta de algo que había escapado a su atención en la subida: unas marcas profundas en la superficie. Era obvio que algunas eran obra de los proyectiles de asalto, enormes rocas o bolas de hierro, y otras las interpretó como huellas de ruedas. Los surcos provenían de la misma dirección.

El alcaide se volvió de nuevo para repasar los daños del castillo.

Había llegado a la conclusión de que la piedra de asalto que había demolido la torre había sido disparada desde el frente del castillo. Las marcas que habían dejado las escaleras se detectaban solamente en la puerta central; en las otras paredes no habían encontrado nada, por lo que suponía que no había más. El único rastrillo que estaba levantado era el de la puerta principal. Sacando su cuaderno, anotó otra idea y esbozó una leve sonrisa.

—¿Qué sucede, mi señor? ¿Habéis encontrado algo?

—No, sir Byron. Yo no he encontrado nada –replicó el alcaide, volviéndose a colocar la libreta en el cinturón–. Habéis sido vos.

—¿Cómo decís, señor?

—Vos y vuestro hermano descubristeis las marcas de la entrada principal –dijo Graybow–. Parece ser que los abelaat tienen una táctica de ataque muy simple: atacan de frente.

—¿Por eso no están levantados los otros rastrillos? –inquirió el caballero.

—Eso supongo –respondió el alcaide–. Es también la razón por la cual las marcas de las escaleras se encuentran en la parte central y no en las laterales.

Sir Byron volvió la mirada hacia el castillo y frunció los labios, pensativo.

—¿Qué ganamos con saberlo, señor? –inquirió, confuso.

—Tal vez nuestras propias vidas.

11

El rastro de las tropas que habían sobrevivido se perdía hacia el norte, entre las colinas. Jo dudaba que los abelaat se molestasen en enviar una partida para perseguir a los soldados. Las únicas bajas que habían sufrido las criaturas eran las producidas por Paz; ninguna espada o lanza de Penhaligon ni del Águila Negra había derribado a un abelaat.

Las pocas fuerzas que le quedaban amenazaban con abandonarla a cada paso que daba, pero continuaba su avance aspirando hondo por la nariz y expulsando el aire por la boca, como le habían enseñado cuando hacía de mensajero entre Specularum y Entrada. Ello le permitía avanzar más rápido que si jadeaba como un animal.

Se preguntaba cuántos habrían sobrevivido al combate. Recordó las palabras de precaución de Graybow sobre los hombres de la baronía del Águila Negra, y deseó que los posibles supervivientes no le ocasionasen problemas.

Al coronar la cima de otra colina, agachándose para evitar ser vista por ojos enemigos, Jo pensó en regresar a Penhaligon para narrar la historia de la masacre. Estaba segura de que a la baronesa le habría gustado escuchar una versión más fidedigna que los embustes de Chilatra. Jo, consternada, frunció los labios, recordando que la confianza en su veracidad se basaba en su relación con Flinn, y en el hecho de haberse convertido en el símbolo de la esperanza.

Se sentía frustrada por no haber podido salvar de la muerte a los soldados. Intuía que todos ellos habían depositado sus esperanzas en su guía e inspiración para que las fuerzas y el valor no los abandonasen al enfrentarse al enemigo. Se preguntó si encontraría finalmente su lugar en la Sala de los Héroes o si por el contrario acabaría en la Galería de los Caídos.

1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 56
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)