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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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Entonces hizo una pausa y lanzó un suspiro de alivio. Su astuto adversario tenía una torre en peligro y un jaque en perspectiva, y la reina de Grew estaba preparada para atacar; además de lo cual llevaba ventaja de una torre por un peón.

—Te toca jugar —dijo con satisfacción.

—¿Qué…, qué son los Sesenta? —preguntó Schwartz.

—¿Por qué lo preguntas? —exclamó Grew, y su voz no podía ser más seca ni hostil—. ¿Qué pretendes…?

—Por favor… —murmuró Schwartz humildemente, sintiéndose a punto de darse por vencido—. Te aseguro que no tengo ninguna mala intención, Grew. No sé quién soy ni que me ocurrió…, quizá sufro de amnesia.

—Es muy probable —fue la desdeñosa respuesta de Grew—. ¿Estás huyendo de los Sesenta? Vamos, responde.

—¡Pero si te repito que no sé qué son los Sesenta!

Su tono había resultado muy convincente. Hubo un silencio bastante prolongado. El contacto mental de Grew se había vuelto tan oscuro y terrible que Schwartz se estremeció, pero no podía discernir con claridad ninguna palabra.

—Los Sesenta son…, son los sesenta años de cada ser humano —le explicó Grew lentamente—. La Tierra no puede mantener a más de veinte millones de habitantes, y para vivir tienes que producir. Si no puedes producir…, entonces tampoco puedes vivir. Después de los sesenta ya no puedes producir…

—Y entonces… —susurró Schwartz, y se quedó con la boca abierta.

—Eres eliminado. Sin sufrimientos.

—¿Quieres decir que…, que te matan?

—No se trata de un asesinato —respondió secamente Grew—. Tiene que ser así, ¿comprendes? Los otros mundos se niegan a aceptar inmigrantes terrestres, y tenemos que dejar espacio para los niños. La vieja generación tiene que ir dejando lugar a la nueva.

—¿Y si no confiesas que tienes sesenta años?

—¿Y para qué vas a ocultarlo? Después de los sesenta la vida no resulta muy divertida, créeme; y cada diez años se lleva a cabo un censo para descubrir a cualquiera que sea lo bastante estúpido como para querer seguir viviendo. Además, tienen registradas las edades de todo el mundo.

—La mía no —dijo Schwartz. Las palabras se le habían escapad., sin que hubiese podido evitarlo—. Además, apenas tengo cincuenta años… Los cumpliré pronto, pero aún no los tengo.

—No importa. Pueden determinar tu edad a partir de tu estructura ósea. ¿No lo sabías? No hay ninguna forma de ocultarlo… La próxima vez se me llevarán y… Oye, te toca jugar.

—¿Quieres decir que…? —murmuró Schwartz sin prestar ninguna atención a la invitación de su interlocutor.

—Sí. Aún no he cumplido los cincuenta y cinco, pero… Bueno., echa un vistazo a mis piernas. No puedo trabajar, ¿verdad? En nuestra familia hay registradas tres personas, y nuestra cuota esta ajustada a una base de tres trabajadores. Tendrían que haber informado cuando sufrí el derrame, y entonces la cuota hubiese sido reducida; pero entonces me habrían aplicado los Sesenta de manera prematura, y Arbin y Loa no quisieron hacerlo. Fue una estupidez por su parte, porque eso les obligaba a cargar con un exceso de trabajo…, hasta que llegaste tú. Y de todos modos el año que viene me descubrirán, así que… Tú mueves.

—¿El año próximo se llevará a cabo un censo?

—Así es… Mueve.

—¡Espera! —exclamó Schwartz—. ¿Todos los hombres y mujeres son eliminados después de los sesenta? ¿No hay absolutamente ninguna excepción?

—Para gente como tú o como yo no, desde luego. El Primer Ministro y los miembros de la Sociedad de Ancianos cumplen su ciclo vital completo, al igual que algunos científicos o quienes prestan servicios muy importantes a la sociedad. Hay muy pocos casos, puede que unos doce cada año… ¡Vamos, te toca mover!

—¿Y quién decide las excepciones?

—El Primer Ministro, naturalmente. ¿Vas a mover de una vez, sí o no?

Pero Schwartz se puso en pie.

—Olvídalo. Te daré jaque mate en cinco jugadas, ¿sabes? Mi reina se comerá el peón dando jaque al rey; tú llevarás el rey a caballo 1; yo daré jaque al rey con mi caballo en rey 2; tú lo desplazarás hasta alfil 2; daré jaque con mi reina en rey 6; apartarás tu rey a caballo 2; mi reina irá a caballo 6, y como entonces estarás obligado a poner tu rey en torre 1 le daré mate con la reina en torre 6. Ha sido una partida muy interesante —añadió Schwartz de manera casi automática.

Grew contempló el tablero en silencio durante unos momentos hasta que lanzó un grito y lo arrojó al suelo. Las piezas resplandecientes rodaron y se dispersaron sobre el césped.

—¡Tú y tu maldita charla que me distrae! —gritó Grew.

Pero Schwartz no prestaba atención a nada…, a nada salvo a la imperiosa necesidad de escapar de los Sesenta; pues aunque Browning había dicho ¡Envejece a mi lado! Lo mejor aún no ha venido, esa promesa sólo podía existir en una Tierra habitada por miles de millones de seres humanos que contaba con alimentos ilimitados. Ahora lo mejor que vendría serían los Sesenta…, y la muerte.

Y Schwartz tenía sesenta y dos años.

Sesenta y dos años…

12. LA MENTE QUE MATA

La idea se fue formando nítidamente en el cerebro cada vez más metódico de Schwartz. No quería morir, así que tendría que irse de la granja. Si se quedaba donde estaba ahora el censo llegaría inexorablemente, y la muerte llegaría con él.

Así pues, había que marcharse de la granja. ¿Pero dónde iría?

Estaba él… ¿Qué era aquello, un hospital? Sí, aquel lugar de Chica donde había sido atendido antes. ¿Y por qué? Pues porque Schwartz era un «caso médico», naturalmente. ¿Pero seguiría siéndolo? Ahora podía hablar y podía explicar sus síntomas, cosa que no había podido hacer antes; e incluso podía hablarles del contacto mental.

¿O acaso el contacto mental no era algo exclusivo de Schwartz? ¿Había alguna forma de que pudiese averiguarlo? Arbin, Loa y Grew no tenían ese poder, desde luego. Schwartz lo sabía. Ninguno de los tres podía averiguar dónde se encontraba Schwartz a menos que pudieran verle u oírle. Si Grew hubiese poseído aquel tipo de facultades Schwartz nunca habría podido vencerle al ajedrez, ¿verdad?

Un momento…, el ajedrez era un juego muy popular; y eso hubiese sido imposible si todo el mundo poseyera el don del contacto mental. No, desde luego que no.

De modo que eso convertía a Schwartz en un caso psicológico muy raro, un espécimen de gran valor. Ser un espécimen único quizá no serviría para que su vida fuese muy agradable o divertida, pero al menos podía salvarle de la muerte.

Y además también podía estudiar la nueva posibilidad que acababa de presentarse, ¿no? Quizá no era un amnésico, sino un hombre que había viajado a través del tiempo. En tal caso, no sólo poseía el don del contacto mental, sino que además venía del pasado. Era un espécimen histórico y arqueológico. No podían matarle.

Si le creían, claro…

Si le creían…

Aquel doctor le creería. La mañana en que Arbin había llevado a Schwartz a Chica necesitaba urgentemente un afeitado. Schwartz lo recordaba perfectamente, y después de aquello la barba no había vuelto a crecerle, así que tenían que haber hecho algo al respecto. Eso significaba que el doctor sabía que él…, que él, Schwartz, había tenido pelo en la cara. Eso tenla que ser importante, ¿no? Grew y Arbin no se afeitaban nunca, y en una ocasión Grew le había dicho que sólo los animales tenían pelos en la cara.

De modo que tenía que dar con el doctor.

¿Cómo se llamaba? ¿Shekt? Sí, eso era… ¡Shekt!

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