Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
Schwartz balbuceó tanto las verdades como las mentiras con idéntica incertidumbre.
Pero al principio el encargado de personal no parecía muy interesado en sus respuestas. Las preguntas se fueron sucediendo a gran velocidad.
—¿Edad? ¿Cincuenta y dos? Hum… ¿Estado de salud? ¿Casado? ¿Experiencia? ¿Ha trabajado con telas? Bien, ¿de qué clase? ¿Termoplásticas, elastoméricas…? ¿Cómo dice? ¿Cree que con todas ellas? ¿Quién le dio empleo por última vez? Deletree su apellido… Usted no es de Chica, ¿verdad? ¿Dónde están sus documentos? Si quiere que tomemos en cuenta su solicitud tendrá que traerlos… ¿Cuál es su número de registro?
Schwartz empezó a retroceder. Cuando entró no había previsto aquel final, y el contacto mental del hombre que tenía delante estaba cambiando. Se había vuelto extraordinariamente desconfiado, y también manifestaba un considerable recelo. La capa superficial de afabilidad era muy delgada, y debajo de ella se ocultaba una animosidad tan aguzada que resultaba el más peligroso de todos los rasgos mentales.
—Me temo que no reúno las condiciones necesarias para este trabajo —balbuceó nerviosamente Schwartz.
—¡No, no, vuelva! —dijo el hombre haciéndole una seña—. Tenemos algo para usted… Déjeme revisar un momento el archivo.
Estaba sonriendo, pero el contacto mental se había vuelto todavía más nítidamente hostil.
El encargado de personal pulsó un timbre que había sobre su escritorio.
Schwartz se alarmó y echó a correr hacia la puerta.
—¡Detengan a ese hombre! —gritó el encargado al instante saliendo de detrás del escritorio.
Schwartz atacó el contacto mental embistiendo violentamente con su propia mente, y oyó un gruñido ahogado a su espalda. Lanzó una rápida mirada por encima del hombro, y vio que el encargado de personal estaba sentado en el suelo con el rostro crispado mientras se apretaba las sienes con las palmas de las manos. Otro hombre estaba inclinado sobre él. El encargado logró mover una mano señalando a Schwartz, y el hombre reaccionó yendo hacia él. Schwartz no esperó más tiempo.
Cuando salió a la calle estaba convencido de que había una orden de captura contra él. Habían hecho pública su descripción completa, y el encargado de personal le había reconocido.
Corrió por las calles doblando una esquina detrás de otra sin dirección fija. Ahora atraía más la atención porque las calles se estaban llenando de gente. Sospechas, sospechas en todas partes…, sospechas porque corría…, sospechas porque sus ropas estaban sucias y no le caían demasiado bien…
Esa maraña de contactos mentales y la confusión fruto de su propio miedo y desesperación hicieron que Schwartz no pudiera identificar a sus verdaderos enemigos, los que no sólo sospechaban sino que sabían con toda seguridad quién era…, y no hubo nada que le previniese de la amenaza del látigo neurónico.
Sintió un dolor terrible que cayó sobre él con la cegadora velocidad de una tira de cuero al restallar, y que le aplastó como bajo el peso de un enorme peñasco. Schwartz resbaló durante unos segundos a lo largo de la pendiente del dolor antes de acabar siendo rodeado por las sombras.
13. TELARANA EN WASHENN
El Colegio de Ancianos de Washenn es un lugar excepcionalmente tranquilo. Allí la austeridad es la palabra clave, y hay algo sinceramente imponente en los grupos de novicios que dan su paseo crepuscular por entre los árboles del jardín en el que sólo los Ancianos pueden entrar. De vez en cuando la figura vestida de verde de un Anciano Mayor atraviesa el jardín aceptando afablemente las reverencias con las que es saludada.
Y, en muy raras ocasiones, también puede verse al mismísimo Primer Ministro.
Sin embargo, hasta aquel momento nadie había visto jamás al Primer Ministro caminando tan deprisa que casi corría, sudando y sin hacer caso de las manos respetuosamente levantadas; indiferente a las miradas cautelosas que le seguían y los gestos de extrañeza intercambiados discretamente o las cejas ligeramente arqueadas.
Entró en el Salón Legislativo por la puerta privada y echó a correr abiertamente apenas estuvo en la rampa desierta. La puerta que golpeó con los puños se abrió respondiendo a la presión que el pie de la persona que estaba dentro ejerció sobre un botón, y el Primer Ministro entró en la habitación.
Su secretario apenas levantó la mirada desde detrás del sencillo y pequeño escritorio donde estaba inclinado sobre un diminuto televisor escuchando atentamente y, de vez en cuando, paseando la vista sobre los comunicados de carácter oficial que se amontonaban delante de él.
El Primer Ministro golpeó la superficie del escritorio con los nudillos.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Qué está ocurriendo?
El secretario le contempló sin inmutarse y apartó el pequeño televisor a un lado.
—Felicitaciones, Su Excelencia.
—¡Guárdese sus felicitaciones! —replicó el Primer Ministro con impaciencia—. Quiero saber qué está ocurriendo.
—En pocas palabras, que nuestro hombre ha huido.
—¿Quiere decir que el hombre al que Shekt sometió a tratamiento con el sinapsificador … el espacial…, el espía…, el hombre que estaba oculto en esa granja de los alrededores de Chica…?
No hay forma alguna de saber cuántas palabras habría empleado el alteradísimo Primer Ministro para describir a aquel hombre si el secretario no le hubiese interrumpido.
—Exactamente —dijo con indiferencia.
—¿Y por qué no me lo comunicaron? ¿Por qué nunca me informan de nada?
—Había que adoptar medidas inmediatas, y Su Excelencia tenía muchas cosas que hacer en aquellos momentos; así que le sustituí dentro de los límites de mi capacidad.
—Sí, sí… Siempre que quiere prescindir de mí procura no molestarme para nada, ¿verdad? Pero no lo toleraré, ¿me oye? No permitiré que me dejen de lado. No…
—Estamos perdiendo el tiempo —fue la serena respuesta del secretario.
Y el grito del Primer Ministro se apagó. Tosió y carraspeó, y contempló al secretario como si no supiese qué decir.
—¿Cuáles son los detalles, Balkis? —preguntó por fin.
—La verdad es que no hay muchos. Después de dos meses de paciente espera el tal Schwartz partió de repente sin que nada lo anunciase, fue seguido…, y desapareció.
—¿Y cómo desapareció?
—No lo sabemos con seguridad, pero ése es otro problema. Anoche Natter…, nuestro agente, ¿recuerda? Bien, Natter dejó de enviar sucesivamente tres informes a la hora fijada. Sus ayudantes fueron en su busca por la carretera que conduce a Chica, y le encontraron al amanecer. Estaba en una zanja junto a la carretera…, muerto.
—¿El espacial le mató? —preguntó el Primer Ministro palideciendo.
—Probablemente, aunque no podemos estar seguros. No había señales visibles de violencia, a no ser que la expresión del rostro del muerto se pueda considerar como tal. Se le practicará la autopsia, naturalmente. Quizá se diera la casualidad de que Natter falleciese de un síncope cardiaco precisamente en el momento menos oportuno.
—Pero eso sería una coincidencia increíble.
—Yo opino lo mismo —respondió el secretario con voz gélida—. Pero si Schwartz mató a Natter, entonces los acontecimientos posteriores resultan todavía más extraños. juzgue usted mismo, Su Excelencia: según nuestro análisis previo, resultaba evidente que Schwartz viajaría a Chica tarde o temprano para entrevistarse con Shekt, y Natter apareció muerto en la carretera que va de la granja de los Maren a Chica. En consecuencia, hace tres horas que alertamos a las autoridades de Chica, y nuestro hombre ha sido capturado.
—¿Quiere decir que Schwartz ha sido capturado? —preguntó el Primer Ministro con incredulidad.