Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
¿Por qué? ¿Por qué?
Pero aún no se atrevía a hablar. No le habrían creído, y las consecuencias habrían resultado muy desagradables. Schwartz también sabía aquello. De hecho, Schwartz sabía demasiadas cosas.
Y además últimamente se sentía más joven. No tanto físicamente, desde luego, aunque el estómago se le había encogido y sus hombros se habían vuelto más robustos. Sus músculos parecían más resistentes y flexibles y sus digestiones habían mejorado mucho. Todo aquello era el resultado del trabajo al aire libre, pero había algo más de lo que era consciente…, y aquel algo estaba relacionado con su forma de pensar.
Los viejos siempre tienden a olvidar cómo era el pensamiento en su juventud. Olvidan la velocidad de las reacciones mentales, la audacia de la intuición juvenil y la agilidad de la introspección. Se han acostumbrado a formas más lentas del razonamiento, y como eso se debe en gran parte a la acumulación gradual de experiencias los viejos siempre se creen más inteligentes que los jóvenes.
Pero Schwartz conservaba la experiencia, y descubrió con gran satisfacción que era capaz de comprender las cosas al instante, y gradualmente fue progresando desde seguir las explicaciones de Arbin hasta ser capaz de anticiparlas adelantándose a él. La consecuencia de todo aquello fue que su sensación de haber rejuvenecido era mucho más sutil que la que podría haberle producido cualquier incremento de sus capacidades físicas.
Transcurrieron dos meses…, y de repente todo salió a la luz cuando estaba jugando al ajedrez con Grew en la glorieta.
Resultaba extraño, pero el ajedrez no había sufrido ningún cambio salvo en el nombre de las piezas. El juego se conservaba tal y como Schwartz lo recordaba, y eso le servía de consuelo; ya que al menos en ese detalle su memoria enferma no le había jugado una mala pasada.
Grew le explicó las distintas variaciones desarrolladas en el ajedrez. Había un ajedrez a cuatro manos en el que cada jugador tenía un tablero. Los tableros se tocaban en las esquinas, con un quinto tablero considerado como una «tierra de nadie» ocupando el hueco central. Había un ajedrez tridimensional en el que se colocaban ocho tableros transparentes uno encima de otro, y donde cada pieza se desplazaba en tres dimensiones al igual que antes lo había hecho en dos. El número de piezas se había duplicado, y sólo se triunfaba dando jaque mate simultáneamente a los dos reyes enemigos. Incluso había variaciones populares en las que las posiciones originales se decidían mediante un lanzamiento de dados, otras en las que ciertos cuadrados del tablero conferían ventajas o desventajas a las piezas colocadas sobre ellos o en las que se habían introducido piezas nuevas dotadas de extrañas propiedades.
Pero el ajedrez propiamente dicho —el original e inmutable juego de tablero— seguía siendo el mismo, y el torneo entre Schwartz y Grew ya había completado sus primeras cincuenta partidas.
Cuando empezaron a jugar Schwartz apenas conocía los movimientos, por lo que había perdido todas las partidas; pero la situación había ido cambiando poco a poco y sus derrotas eran cada vez menos frecuentes. En consecuencia, la manera de jugar de Grew se había ido volviendo más lenta y cautelosa, se había acostumbrado a consumir el tabaco de su pipa en los intervalos entre jugada y jugada y, finalmente, el quejumbroso anciano no había tenido más remedio que acostumbrarse a que sus derrotas fuesen cada vez más frecuentes.
Aquel atardecer Grew jugaba con las blancas, e inició la partida haciendo avanzar dos cuadros su peón de rey.
—Empecemos —dijo con voz malhumorada.
Sus dientes apretaban la pipa, y sus ojos ya estudiaban nerviosamente el tablero.
Schwartz se sentó en la penumbra crepuscular y suspiró. Las partidas habían ido perdiendo su interés inicial a medida que había ido siendo más capaz de conocer por anticipado los movimientos que Grew iba a efectuar. Era como si Grew tuviera una ventanita en el cráneo, y el hecho de conocer casi instintivamente cómo se iba a desarrollar la partida se sumaba al resto del problema de Schwartz.
Usaban un tablero nocturno que brillaba en la oscuridad con un resplandor de cuadros azules y anarajados. Vistas a la luz del día las piezas parecían toscas figuras de barro rojizo, pero de noche sufrían una sorprendente metamorfosis. Una mitad quedaba bañada por una blancura cremosa que le daba el aspecto liso y gélidamente luminoso de la porcelana, y el resto de la pieza centelleaba emitiendo pequeñas chispas rojizas.
Los primeros movimientos se efectuaron con bastante rapidez. El peón de Schwartz hizo frente al avance del enemigo. Grew llevó el caballo de rey a alfil 3, y Schwartz contestó moviendo el caballo de reina a alfil 3. Después el alfil blanco fue cambiado a caballo de reina 5, y el peón negro de la torre de reina avanzó un cuadro para obligarle a retirarse a torre 4. Después llevó su otro caballo a alfil 3.
Las piezas resplandecientes se deslizaban sobre el tablero como si tuvieran una siniestra voluntad propia, y los dedos que las movían desaparecían en la oscuridad.
Schwartz estaba asustado. Lo que iba a hacer quizá fuese interpretado como una muestra de locura, pero ya no podía esperar más, necesitaba saberlo.
—¿Dónde estoy? —preguntó de repente.
Grew alzó la vista mientras movía el caballo de reina a alfil 3.
—¿Qué has dicho? —replicó.
Schwartz no conocía la palabra equivalente a «nación» o «país».
—¿Qué mundo es éste? —preguntó, y llevó el alfil a rey 2.
—La Tierra —fue la lacónica respuesta de Grew.
Y Grew se enrocó con deliberada lentitud, levantando primero la esbelta figura del rey y después la maciza torre, que pasó por arriba y colocó al otro lado.
La respuesta no resultaba muy satisfactoria. La mente de Schwartz había traducido la palabra que habían captado los oídos de Schwartz como «Tierra», ¿pero qué era en realidad la Tierra? Para sus habitantes cualquier planeta es «la Tierra». Schwartz adelantó dos cuadros el peón de reina, y el alfil de Grew tuvo que volver a retroceder a caballo 3. Después Schwartz y Grew avanzaron sucesivamente un cuadro el peón de reina, dejando libres sus alfiles respectivos para la batalla por el dominio del centro que se estaba preparando en el tablero.
—¿En qué año estamos? —preguntó Schwartz con la máxima tranquilidad e indiferencia de que fue capaz.
Grew tardó un poco en responder. Parecía sorprendido.
—¿Qué estás tramando hoy? —preguntó por fin—. ¿Note apetece jugar o qué? Bueno, si eso te hace feliz estamos en el año 827… E.G. —agregó sarcásticamente.
Después estudió el tablero con el ceño fruncido y colocó el caballo de reina sobre reina 5 iniciando su primer ataque.
Schwartz se protegió rápidamente llevando su caballo de reina a torre 4 y contraatacó. La lucha se volvía cada vez más encarnizada. El caballo de Grew se comió al alfil, que pasó del tablero a la caja para quedar enterrado allí hasta que se jugara la próxima partida. Después el brioso caballo fue eliminado por la reina de Schwartz. Schwartz abandonó el ataque en un exceso de cautela e hizo retroceder el caballo que le quedaba hasta el refugio de rey 1, donde le resultaría más bien inútil. El caballo de reina de Schwartz realizó un nuevo cambio de pieza comiéndose el alfil, y siendo devorado a su vez por el peón de torre.
—¿Qué significa E.G.? —preguntó repentinamente Schwartz en voz baja.
—¿Cómo? —exclamó Grew poniendo cara de malhumor—. Oh, así que sigues dándole vueltas a eso de en qué año estamos… Qué idiotez. Bueno, siempre me olvido de que aprendiste a hablar hace cosa de un mes, pero no cabe duda de que eres un tipo muy inteligente. ¿Realmente no lo sabes? Bien, estamos en el año 827 de la Era Galáctica. Era Galáctica…, E.G. ¿Entiendes? Han transcurrido 827 años desde la fundación del Imperio Galáctico, lo cual quiere decir que han transcurrido 827 años desde la coronación de Frankenn I. Y ahora, si eres tan amable, te toca mover a ti…