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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Naturalmente.

—¿Por qué no me informó de inmediato?

—Hay cosas más importantes de las que ocuparse, Su Excelencia —dijo Balkis, y se encogió de hombros—. Acabo de decirle que Schwartz se encuentra en nuestras manos, ¿no? Bien, fue capturado casi enseguida y sin ninguna dificultad, y este hecho no parece tan fácil de relacionar con la muerte de Natter. ¿Cómo pudo ser lo bastante inteligente para descubrir a Natter, quien era un agente muy hábil, y al mismo tiempo tan estúpido como para entrar en Chica a la mañana siguiente y presentarse en una fábrica, sin ninguna clase de disfraz…, para solicitar un empleo?

—¿Eso fue lo que hizo?

—Eso fue lo que hizo, y por lo tanto su comportamiento implica dos posibilidades distintas. Una es que Schwartz ya haya transmitido a Shekt o a Bel Arvardan las informaciones que tenía, y se ha dejado atrapar para distraer nuestra atención; y la otra es que haya otros agentes actuando a los que todavía no hemos descubierto y a los que Schwartz está protegiendo. En cualquiera de los dos casos no debemos cometer el error de ser excesivamente confiados.

—No lo entiendo —dijo el Primer Ministro. Las arrugas de la ansiedad y la confusión resultaban claramente visibles en sus atractivas facciones—. Todo esto es demasiado complicado para mí.

Balkis sonrió desdeñosamente.

—Dentro de cuatro horas tiene una cita con el profesor Bel Arvardan, Su Excelencia —anunció.

—¿De veras? ¿Por qué? ¿Y qué debo decirle? No quiero verle.

—Cálmese, Su Excelencia. Tiene que verle. El día en que debe comenzar esa supuesta expedición suya se está aproximando, por lo que me parece obvio que él represente su papel solicitándole que le conceda permiso para explorar las Zonas Vedadas. Ennius nos previno al respecto, y él debe conocer con exactitud los detalles de esta comedia. Supongo que usted sabrá devolver ofensa por ofensa respondiendo a las exigencias con otras exigencias, ¿no?

—Bueno…, lo intentaré —murmuró el Primer Ministro bajando la cabeza.

Bel Arvardan llegó temprano y tuvo tiempo de sobras para contemplar lo que le rodeaba. Para un hombre familiarizado con las maravillas arquitectónicas de toda la Galaxia, el Colegio de Ancianos no podía ser nada más que un severo bloque de granito reforzado con acero diseñado al estilo arcaico; pero si daba la casualidad de que ese mismo hombre era arqueólogo, entonces la austeridad sombría y casi salvaje podía parecerle el medio más adecuado para una forma de vida también sombría y casi salvaje. Su mismo primitivismo subrayaba la intención de volver la vista hacia el lejano pasado.

Y los pensamientos de Arvardan volvieron a discurrir por su cuenta. Su recorrido de dos meses por los continentes occidentales de la Tierra no había resultado muy divertido. El primer día lo había estropeado todo, y Arvardan volvió a pensar en lo que había ocurrido aquel día en Chica.

Apenas lo hizo sintió que se enfadaba consigo mismo. La muchacha se había comportado de forma muy grosera, y se había mostrado inmensamente desagradecida. Una vulgar terrestre… ¿Por qué tenía que sentirse culpable Arvardan? Y sin embargo…

¿Le habría dado algún motivo para que se comportase de aquella manera al informarle de repente de que era un espacial…, como también lo era el oficial que la había insultado y cuya arrogante brutalidad Arvardan había castigado rompiéndole un brazo? Después de todo, ¿acaso tenía alguna forma de saber cuánto había sufrido ella a manos de los espaciales? Y de repente le había revelado que él también era un espacial, y no había intentado amortiguar el golpe.

Si hubiese sido más paciente… ¿Por qué había roto tan bruscamente sus relaciones? Ni tan siquiera recordaba el apellido de la muchacha. Era Pola algo—más… ¡Qué extraño! Arvardan siempre había tenido muy buena memoria. ¿Se trataría de un esfuerzo subconsciente por olvidar?

Bueno, eso era lo más razonable. ¡Olvidar! Y, de todas maneras, ¿qué tenía que recordar? ¿A una terrestre, a una vulgar y desagradecida terrestre?

Era enfermera de un hospital, y podía tratar de dar con el hospital en el que trabajaba. Cuando se separó de la muchacha aquella noche no había sido más que una silueta borrosa en la oscuridad, pero el hospital debía de estar cerca de aquel local de alimentómatas.

La idea le enfureció, y se apresuró a reducirla a mil fragmentos inconexos. ¿Estaba loco? ¿Qué ganaría con eso? Era una terrestre. Bonita, sí, dulce, casi fasci…

¡Era una terrestre!

El Primer Ministro estaba entrando, y Arvardan se alegró de su aparición porque significaba que podría olvidar lo que había ocurrido aquel día en Chica; pero en lo más profundo de su mente sabía que los recuerdos acabarían volviendo. Con cierta clase de recuerdos siempre ocurría igual.

El Primer Ministro llevaba una chaqueta nueva e impecable. Su frente no mostraba ni la más mínima arruga producto del titubeo o de la duda, y cuando se la contemplaba se tenía la impresión de que era imposible que hubiese estado humedecida alguna vez por el sudor.

La conversación resultó verdaderamente cordial. Arvardan transmitió meticulosamente los saludos de algunas personalidades importantes del Imperio al pueblo de la Tierra, y el Primer Ministro tuvo igual cuidado de expresar la profunda gratitud que debía experimentar toda la Tierra por la generosidad y la comprensión de que daba muestras el gobierno imperial.

Arvardan se refirió a la gran importancia que la arqueología tenía para la filosofía imperial, y habló de su contribución a la gran conclusión de que todos los seres humanos de todos los mundos de la Galaxia eran hermanos; y el Primer Ministro asintió con expresión complacida y manifestó que la Tierra siempre había estado convencida de ello, y que esperaba ver llegar pronto el día en el que la Galaxia pondría en práctica esa teoría.

Las palabras del Primer Ministro hicieron sonreír durante un momento a Arvardan.

—Ése es precisamente el motivo que me ha impulsado a dirigirme a usted, Su Excelencia —dijo—. Una gran parte de las diferencias existentes entre la Tierra y algunos de los dominios imperiales vecinos quizá resida únicamente en la forma de pensar, pero creo que si se demostrara que los terrestres no son distintos del resto de los ciudadanos de la Galaxia resultaría posible eliminar muchos roces.

—¿Y cómo se propone lograr eso, doctor Arvardan?

—No resulta muy fácil de explicar en pocas palabras. Como probablemente ya sabe Su Excelencia, las dos corrientes principales del pensamiento arqueológico actual son conocidas vulgarmente con los nombres de Teoría de la Fusión y Teoría de la Irradiación.

—Tengo un conocimiento elemental de ambas.

—Bien… La Teoría de la Fusión sostiene que los diversos tipos humanos se desarrollaron de manera independiente, y que se fueron mezclando unos con otros durante la era de los primeros viajes espaciales, tan distante ya en el tiempo que apenas se conservan documentos de esos días. Este concepto resulta necesario para explicar por qué actualmente todos los seres humanos se parecen tanto los unos a los otros.

—Sí —dijo secamente el Primer Ministro—, y esa idea también implica la necesidad de que haya varios centenares o millares de variedades de ser humano que se hayan desarrollado por separado, y que sin embargo estén tan relacionadas química y biológicamente como para permitir los cruzamientos.

—Exacto —dijo Arvardan poniendo cara de satisfacción—. Acaba de poner el dedo en la llaga… Ése es el punto más débil de la teoría, pero la gran mayoría de los arqueólogos lo pasa por alto y apoya firmemente la Teoría de la Fisión, lo que naturalmente implicaría la posibilidad de que en porciones aisladas de la Galaxia subsistan algunas subespecies de la humanidad que hayan conservado sus diferencias originales sin que se produjeran cruzamientos…

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