Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
Y después habían llegado las jaquecas, aunque no eran precisamente jaquecas. Parecían más bien palpitaciones, como si una dínamo oculta en su cerebro hubiese empezado a funcionar de repente y estuviera haciendo vibrar todos los huesos del cráneo de Schwartz con una actividad inusitada. En Chicago no había sentido nada parecido —suponiendo que su fantasía sobre Chicago tuviese algún significado, naturalmente—, ni tampoco durante los primeros días que había vivido en aquella realidad.
¿Le habían hecho algo durante aquel primer día en Chica? El aparato, las píldoras… Estaba claro que contenían un anestésico. ¿Una operación? El curso de los pensamientos de Schwartz, que ya había llegado a aquel punto en un centenar de ocasiones, volvió a interrumpirse.
Había abandonado Chica al día siguiente de su fracasado intento de fuga, y ahora el tiempo transcurría tranquilamente y sin sorpresas.
Grew repetía palabras y le señalaba objetos o gesticulaba desde su silla de ruedas, tal y como lo había hecho antes la muchacha, Pola; hasta que de repente un día Grew dejó de hablar una jerigonza ininteligible y empezó a hablar en inglés o… No, fue él mismo, él, Joseph Schwartz quien dejó de hablar inglés y empezó a hablar en una jerigonza ininteligible, con la única diferencia de que de repente dejó de resultarle ininteligible.
Todo era muy fácil. Aprendió a leer en sólo cuatro días, y él mismo quedó sorprendido. Hubo un tiempo en el que había tenido una memoria excelente —aquella especie de sueño en Chicago—, o por lo menos eso le había parecido; pero nunca había sido capaz de realizar hazañas semejantes…, y sin embargo Grew no parecía asombrado.
Schwartz dejó de devanarse los sesos.
Y cuando el otoño se hizo verdaderamente dorado todo volvió a estar claro, y Schwartz salió a trabajar al campo. La forma en que aprendía resultaba realmente desconcertante, y otra sorpresa era que nunca se equivocaba. Por ejemplo, había máquinas muy complicadas que manejaba sin dificultad después de haber oído sólo una vez la explicación de cómo funcionaban.
Esperó la estación fría, pero ésta nunca acabó de llegar. Pasaron el invierno limpiando los campos y fertilizándolos en una docena de formas distintas para la siembra de la primavera.
Interrogó a Grew e intentó explicarle qué era la nieve, pero el anciano se limitó a contemplarle con los ojos muy abiertos.
—Agua helada que cae del cielo como si fuese lluvia, ¿eh? —comentó por fin—. ¡Oh, sí, la palabra para eso es nieve! Tengo entendido que ocurre en otros planetas, pero no en la Tierra.
A partir de entonces Schwartz fue fijándose en la temperatura, Y descubrió que variaba muy poco de un día para otro; pero los días se iban acortando poco a poco, tal y como correspondía a una zona tan septentrional como Chicago. Schwartz se preguntó si estaba en la Tierra o en otro planeta.
Intentó leer algunos de los libros en microfilme de Grew, pero no tardó en desistir. La gente seguía siendo gente, pero los detalles de la vida diaria y el conocimiento de lo que se daba por sabido o las alusiones históricas y sociológicas que no significaban nada para él acabaron desanimándole.
Los enigmas subsistían. Estaban las lluvias uniformemente cálidas, y las absurdas instrucciones que recibía de vez en cuando prohibiéndole que se acercara a ciertas áreas. Por ejemplo, una noche se había sentido tan intrigado por el horizonte resplandeciente y el brillo azul que se veía hacia el sur que no pudo contenerse por más tiempo.
Salió de la casa después de cenar, y aún no llevaba recorrido un kilómetro de distancia cuando oyó a su espalda el casi imperceptible zumbido del motor del vehículo birrueda, y el grito colérico de Arbin resonó en el silencio de la noche. Schwartz se detuvo y fue llevado de regreso a la granja.
—No debe acercarse a ningún lugar que brille durante la noche —dijo Arbin paseándose nerviosamente delante de él.
—¿Por qué? —preguntó ingenuamente Schwartz.
—Porque está prohibido —fue la seca respuesta que obtuvo—. Schwartz, ¿es que realmente no sabe lo que hay allí? —preguntó Arbin después de un prolongado silencio.
Schwartz hizo una mueca de ignorancia.
—¿De dónde viene? —preguntó Arbin—. ¿Es un…, un espacial?
—¿Qué es un espacial?
Arbin se encogió de hombros y le dejó solo.
Pero aquella noche tuvo una gran importancia para Schwartz, porque mientras recorría ese kilómetro escaso hacia la fosforescencia la extraña sensación de su mente se había sublimado hasta convertirse en el Contacto Mental. Schwartz lo llamaba así, y ésa fue la ocasión en la que estuvo más cerca de poder describirlo.
Estaba solo en la oscuridad purpúrea, y la extraña blandura del pavimento parecía engullir el sonido de sus pasos. No había visto a nadie. No había tocado nada.
O mejor dicho… Sí, había sido algo parecido a un roce, pero no había estado en su cuerpo. Estaba en su mente. No era exactamente un contacto, sino una presencia indefinible…, algo parecido a un cosquilleo aterciopelado.
Y de repente hubo dos…, dos contactos distintos, separados; y el segundo —¿cómo podía distinguirlos?— fue más fuerte (no, ésa no era la palabra correcta); fue más claro, más definido…
Y entonces comprendió que era Arbin. Lo supo por lo menos cinco minutos antes de oír el ruido del motor y diez minutos antes de ver a Arbin.
Después la experiencia se fue repitiendo con una frecuencia cada vez mayor.
No tardó en descubrir que siempre sabía cuando Arbin, Loa o Grew se encontraban a menos de cien metros de él, aunque no tuviese ningún motivo para saberlo y aunque tuviese motivos para suponer precisamente lo contrario. Era difícil convencerse, y sin embargo no tardó en parecerle natural.
Hizo algunos experimentos y descubrió que siempre sabía exactamente dónde se encontraba cualquiera de ellos en cualquier momento. Podía distinguirlos porque el contacto mental variaba de una persona a otra. Nunca les habló de ello.
Y a veces se preguntaba cuál había sido el significado de aquel primer contacto mental percibido mientras caminaba hacia el resplandor del horizonte. No había pertenecido a Arbin ni a Loa ni a Grew. Bueno, ¿acaso tenía alguna importancia?
Más tarde la tuvo. Un día experimentó aquel mismo contacto mientras se ocupaba de conducir al ganado, y corrió en busca de Arbin.
—Arbin, ¿qué sabe sobre esa arboleda que está más allá de las colinas del sur? —le preguntó.
—Nada —gruñó Arbin—. Son terrenos ministeriales.
—¿Qué quiere decir?
Arbin pareció irritarse.
—Para usted no tiene ninguna importancia, ¿verdad? —replicó—. «Terrenos ministeriales» quiere decir que son propiedad del Primer Ministro.
—¿Y por qué no están cultivados?
—Porque no es un sitio para cultivar —replicó Arbin, pareciendo un poco desconcertado—. En los tiempos antiguos eran un gran Centro… Es un lugar sagrado que no debe ser profanado. Oiga, Schwartz, si quiere vivir sin problemas aquí, controle su curiosidad y ocúpese de su trabajo.
—Pero si es un lugar sagrado supongo que nadie podrá vivir allí, ¿no es cierto?
—Exactamente.
—¿Está seguro de ello?
—Estoy totalmente seguro…, y no debe ir allí. Eso le costaría la vida, ¿entiende?
—No lo haré.
Schwartz se alejó sintiéndose perplejo y extrañamente intranquilo. El contacto mental había llegado desde aquella arboleda y había sido muy intenso, y algo nuevo e inexplicable acababa de agregarse a la sensación anterior. Era un matiz hostil, como un roce amenazador.