Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 65
Перейти на страницу:

Era la segunda vez que Natter le hacía la misma pregunta, y el contacto mental le reveló la importancia que tenía aquello. Schwartz se preguntó hasta cuándo podría evitar dar una respuesta definida. La mente de su perseguidor estaba siendo invadida por una creciente ansiedad, y no se conformaría con ninguna mentira. Schwartz no sabía lo suficiente acerca de aquel nuevo mundo como para faltar a la verdad.

—Voy al hospital —dijo por fin.

—¿Va al hospital? ¿A qué hospital?

—Al hospital de Chica en el que estuve.

—Se refiere al Instituto, ¿verdad? Allá es donde le llevé antes… Le estoy hablando del día en que le saqué de los grandes almacenes, ¿entiende?

La ansiedad y la tensión seguían creciendo.

—Voy a ver al doctor Shekt —dijo Schwartz—. ¿Le conoce?

—He oído hablar de él. Es un personaje importante, ¿sabe? ¿Está enfermo?

—No, pero he de presentarme periódicamente en el hospital.

¿Podía parecer una respuesta razonable?

—¿Y va allí a pie? —preguntó Natter—. ¿No envían un vehículo para que le recoja?

Al parecer la respuesta no había sido considerada razonable. Schwartz no dijo nada, y se encerró en un terco mutismo.

Pero Natter parecía entusiasmado.

—Oiga, amigo, le diré lo que vamos a hacer: cuando pasemos por una cabina de onda comunal pública llamaré a la ciudad y pediré un taxi… Nos encontrará en la carretera, ¿de acuerdo?

—¿Una onda comunal…?

—Sí. Las hay a todo lo largo de la carretera. Mire, allí hay una.

Se alejó un paso de Schwartz.

—¡Alto! —se oyó gritar Schwartz de repente—. ¡No se mueva!

Natter se detuvo. Cuando se volvió hacia Schwartz, éste vio que su rostro había adquirido una extraña frialdad.

—¿Qué mosca le ha picado, amigo?

Cuando habló las palabras salieron despedidas de los labios de Schwartz con tanta impaciencia que el nuevo idioma que había aprendido le pareció lento y poco adecuado para su propósito.

—Estoy harto de esta farsa. Sé quién es usted, y sé qué va a hacer. Va a llamar a alguien para informar de que voy a visitar al doctor Shekt, ¿no? Cuando llegue a la ciudad me estarán esperando y enviarán un vehículo para que me recoja…, y si intento huir usted me matará.

Natter frunció el ceño.

—Bueno, en eso último ha dado en el clavo —murmuró. Las palabras no iban destinadas a los oídos de Schwartz y no llegaron a ellos, pero eran tenuemente visibles sobre la capa superficial del contacto mental—. ¿Por quién me ha tomado, señor? —añadió en voz alta—. Me está ofendiendo, ¿sabe?

Pero estaba retrocediendo, y su mano ya empezaba a bajar hacia la cadera.

Schwartz perdió el control de sí mismo.

—¿Por qué no me deja en paz? —gritó furiosamente mientras agitaba los brazos—. ¿Qué le he hecho yo? ¡Váyase! ¡Váyase!

Su voz acabó convirtiéndose en un alarido entrecortado. El odio y el miedo despertados en él por aquel hombre que le acechaba y en cuya mente sentía hervir la hostilidad eran tan intensos que le hicieron fruncir el ceño. Schwartz sintió que sus emociones chocaban unas con otras en un intento frenético de escapar al contacto mental, como si quisieran huir de su viscosidad y librarse de aquel horrible hálito impalpable.

Y de repente el contacto mental se extinguió…, súbitamente y por completo. Schwartz tuvo una fugaz impresión de inmenso dolor —no suyo, sino del otro—, y después nada más. No había ningún contacto mental. Su cerebro lo había soltado como un puño que se relaja y cae fláccidamente.

Natter se había convertido en un bulto informe caído sobre la carretera bañada en sombras. Schwartz fue hacia él. Natter era un hombre bajito, fácil de mover. La expresión de agonía de su rostro parecía haber quedado profundamente grabada en las facciones. Las arrugas se negaban a relajarse. Schwartz le buscó el pulso y no lo encontró.

Se incorporó sintiendo que el horror empezaba a adueñarse de él.

¡Había asesinado a un hombre!

Y un instante después le invadió el desconcierto.

¡Sin haberle tocado! Había matado a aquel hombre con sólo odiarle, y su odio había conseguido afectarle de alguna manera a través del contacto mental.

¿Qué otros poderes poseía?

Schwartz tomó una rápida decisión. Revisó los bolsillos de Natter y encontró dinero. ¡Excelente! El dinero le resultaría muy útil. Después arrastró el cadáver hasta el campo y lo ocultó entre la maleza.

Siguió caminando durante dos horas, y no hubo ningún nuevo contacto mental.

Pasó la noche durmiendo a la intemperie, y a la mañana siguiente llegó a las afueras de Chica después de dos horas más de caminata.

Chica no era más que un pueblecito en comparación con el Chicago que Schwartz conocía, y a esa hora tan temprana el ir y venir de sus habitantes todavía era escaso y esporádico; pero aun así los contactos mentales fueron abundantes desde el primer momento, y Schwartz se sintió sorprendido y desconcertado.

¡Había tantos…! Algunos eran pasajeros y difusos, otros eran intensos y nítidos. Había hombres que pasaban junto a él en cuyas mentes captaba como una serie de pequeños estallidos; mientras que otros no tenían nada en el interior de su cráneo, salvo quizá un leve recuerdo del desayuno que acababan de ingerir.

AL principio Schwartz se volvía y se sobresaltaba ante la proximidad de cada nuevo contacto mental, y reaccionaba a cada uno como si fuese un roce físico de la naturaleza más íntima imaginable; pero en una hora aprendió a no hacer caso de ellos.

Ahora oía palabras aunque no fueran pronunciadas oralmente. Eso era algo nuevo, y Schwartz prestó más atención al fenómeno. Las frases débiles y casi fantasmagóricas eran como sonidos inconexos arrastrados por el viento, y parecían lejanas, muy lejanas…, y con ellas Schwartz captaba emociones tan vivas que parecían reptar por el aire y otros detalles muy sutiles imposibles de describir, de tal modo que el mundo se convirtió en un vasto panorama donde hervía una vida que sólo Schwartz era capaz de percibir.

Descubrió que el don podía penetrar en los edificios a medida que caminaba, y que era capaz de introducir su mente en ellos como si fuese un animal sujeto a una correa, algo que podía colarse por las rendijas, invisibles para el ojo humano, sacando a la luz los pensamientos más íntimos de quienes estaban dentro.

Se detuvo frente a un enorme edificio con la fachada de piedra e intentó pensar. Ellos —quienesquiera que fuesen— andaban detrás de Schwartz. Había matado al hombre encargado de seguir su pista, pero debía de haber otros…, aquellos a los que ese hombre había querido llamar. Schwartz pensó que quizá sería más prudente que permaneciera lo más quieto posible durante un par de días. ¿Cuál era la mejor forma de lograrlo? ¿Un empleo, quizá…?

Empezó a investigar el interior del edificio frente al que se había detenido. Había un contacto mental bastante lejano que podía significar un trabajo para Schwartz. Estaban buscando obreros textiles…, y hubo un tiempo en que Schwartz había sido un sastre excelente.

Entró sin que nadie se fijara en él, fue hacia un hombre y le puso una mano en el hombro.

—¿Dónde he de presentarme para conseguir empleo?

—¡Por esa puerta!

El contacto mental que captó estaba impregnado de preocupación y desconfianza.

Schwartz cruzó el umbral indicado, y después un tipo muy flaco de mentón puntiagudo le acribilló a preguntas y fue tecleando en un clasificador para dejar anotadas sus respuestas.

1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 65
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)