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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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»El local fue evacuado, y eso les despojó del disfraz con el que habían contado para disimular su entrevista. De pronto se encontraron solos en los grandes almacenes, con lo que resultaban muy visibles. Natter fue todavía más lejos. Habló con ellos, y logró convencer a Arvardan y a la hija de Shekt de que le permitieran acompañar a Schwartz hasta el Instituto. Ellos accedieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Así pues, el día terminó sin que Schwartz y Arvardan pudieran intercambiar ni una sola palabra.

»Ah, y Natter no cometió la estupidez de arrestar a Schwartz. Los dos siguen ignorando que han sido descubiertos, y nos conducirán hasta presas todavía más importantes que ellos.

»Pero Natter no se conformó con eso. Avisó a la guarnición imperial, y ya no tengo palabras con las que elogiar ese acto; pues con él colocó a Arvardan en una situación que no había previsto. Tuvo que escoger entre quedar revelado como espacial y destruir su utilidad, que aparentemente consiste en moverse por la Tierra comportándose como si fuese un terrestre, o mantener el secreto y sufrir las desagradables consecuencias de su falsa identidad. Arvardan optó por la actitud más heroica, e incluso le fracturó el brazo a un oficial del Imperio para dar mayor realismo a la escena; algo que deberá ser recordado en su favor.

»Resulta muy significativo que se comportara tal y como lo hizo. ¿Qué razón podía tener un espacial para exponerse al látigo neurónico por una terrestre…, a menos que lo que estaba en juego fuese de una importancia suprema?

El Primer Ministro mantenía los puños sobre el escritorio inmóviles delante de él. Sus ojos habían adquirido un brillo salvaje, y sus esbeltos rasgos estaban fruncidos por la preocupación.

—Le felicito por haber tejido una trama tan complicada con tan pocos detalles. Ha sido muy hábil, Balkis, y creo que está en lo cierto. La lógica no nos deja alternativa, pero esto significa que está demasiado cerca, Balkis. Demasiado cerca… Y esta vez no tendrán piedad.

—No están tan cerca, porque en tal caso, existiendo tanto peligro para el Imperio, ya habrían descargado el golpe —respondió Balkis, y se encogió de hombros—. Y les queda poco tiempo. Arvardan tendrá que entrevistarse con Schwartz antes de que hagan algo, de modo que creo poder predecirle el futuro.

—Hágalo…, hágalo…

—Ahora es preciso alejar a Schwartz hasta que las cosas se calmen un poco.

—¿Pero dónde será enviado?

—También lo sabemos. Schwartz fue llevado al Instituto por un hombre que resultaba evidente era granjero. Obtuvimos descripciones suyas del técnico de Shekt y de Natter, y revisamos todas las tarjetas de identificación de todos los granjeros que viven en un radio de ciento cincuenta kilómetros alrededor de Chica hasta que Natter acabó identificando a un tal Arbin Maren como nuestro hombre. El técnico de Shekt confirmó la identificación de manera independiente. Hicimos discretas investigaciones sobre ese hombre, y al parecer mantiene a su suegro, un inválido, con lo que viola la Costumbre de los Sesenta.

El Primer Ministro descargó el puño sobre la mesa.

—Estos casos se repiten con demasiada frecuencia, Balkis. Tendremos que dictar leyes más severas…

—No se trata de eso, Su Excelencia. Ahora lo importante es que el granjero está violando las Costumbres, por lo que se le puede someter a extorsión.

—Shekt y sus aliados espaciales necesitan un instrumento para una eventualidad como ésta: un lugar donde Schwartz pueda permanecer recluido durante más tiempo del que podría pasar oculto sin peligro en el Instituto. Ese granjero, que probablemente es pobre y no tiene ni idea de lo que está ocurriendo, se presta muy bien para sus propósitos. Bueno, pues será vigilado. Schwartz no será perdido de vista en ningún momento… Tarde o temprano tendrán que concertar otra entrevista entre Schwartz y Arvardan, y cuando eso ocurra estaremos preparados para actuar. ¿Lo entiende todo ahora?

—Sí.

—Bien, bendita sea la Tierra entonces —dijo Balkis—. Ahora me marcho…, con su permiso, naturalmente —añadió con una sonrisa irónica.

El Primer Ministro alzó una mano en un vago gesto de despedida sin haber captado el sarcasmo.

Mientras iba a su pequeño despacho el secretario estaba solo, y en ocasiones como aquélla sus pensamientos solían escapar del firme control habitual al que los mantenía sometidos y jugueteaban en la intimidad de su mente.

Balkis no estaba pensando en el doctor Shekt, Schwartz o Arvardan, y todavía menos en el Primer Ministro.

Sus pensamientos giraban alrededor de un planeta, Trántor, un mundo cuya superficie estaba ocupada por una inmensa metrópoli desde la que se gobernaba toda la Galaxia; y después le ofrecieron la imagen de un palacio cuyas espiras y elegantes arcadas nunca habían sido vistas ni por Balkis ni por ningún otro terrestre. Pensó en los hilos invisibles de poder que pasaban de un sol a otro reuniéndose en filamentos, cables y sogas hasta llegar al palacio central y a esa abstracción llamada Emperador que, después de todo, no era más que un hombre.

La mente de Balkis se aferró insistentemente a ese pensamiento y a la idea de un poder tan inmenso que era capaz de crear la divinidad por sí solo, y que a pesar de eso se hallaba concentrado en un ser que era sencillamente humano.

¡Sencillamente humano! ¡Cómo él!

Y él podía…

11. LA MENTE QUE CAMBIÓ

El comienzo del cambio se agitaba confusamente en la mente de Joseph Schwartz. Había vuelto a analizarlo muchas veces en el silencio absoluto de la noche (y ahora las noches eran muchísimo más silenciosas, y de vez en cuando se preguntaba si realmente hubo algún tiempo en el que retumbaron y ardieron con la vida tumultuosa y enérgica de millones de seres humanos), y le habría gustado poder decir con precisión cuál había sido el momento en el que se inició.

El primer paso había llegado con aquel lejano y estremecedor día de temores en el que se había encontrado solo en un mundo extraño, un día que ahora se le aparecía tan vago como el mismo recuerdo de Chicago. Después había llegado el viaje a Chica, con su extraño y complicado final. Schwartz pensaba en aquello con frecuencia.

Había algo relacionado con aquel aparato…, con las píldoras que había engullido. Después vinieron los días de recuperación seguidos por la fuga, el vagabundeo y los hechos inexplicables de aquella última hora transcurrida en los grandes almacenes. Schwartz nunca conseguía recordar del todo aquella parte, pero en los dos meses transcurridos desde entonces su memoria se había ido volviendo cada vez más aguda y todo estaba cada vez más claro.

Los hechos ya habían empezado a resultar extraños incluso entonces. Schwartz había adquirido una gran sensibilidad a la atmósfera emocional. El anciano doctor y su hija estaban nerviosos y asustados. ¿Lo había sabido ya entonces o no había sido más que una impresión fugaz reforzada por la creciente claridad mental adquirida después?

Pero en los grandes almacenes Schwartz había sido consciente de lo que iba a ocurrir antes de que el hombre alto estirase la mano y la pusiera sobre su hombro…, exactamente antes. Había comprendido que estaba atrapado y el anuncio no había llegado a tiempo de salvarle, pero había sido una demostración muy clara del cambio.

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