Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
Pero el caballo de Schwartz desapareció por un momento en el interior de su mano cerrada. Se sentía tan frustrado que se hallaba al borde de la ira.
—Un momento —dijo, y puso el caballo en reina 2—. Escúchame con atención: América, Estados Unidos, Rusia, Europa… ¿Te suena alguno de esos nombres?
La pipa de Grew emitía un débil resplandor rojizo en la oscuridad, y su sombra se inclinaba sobre el tablero luminoso como si el anciano estuviese menos vivo que la pipa. Quizá meneó la cabeza en una rotunda negativa, pero Schwartz no vio el gesto. No tenía necesidad de hacerlo. Había percibido la negativa de Grew tan claramente como si hubiese hablado en voz alta.
—¿Sabes dónde puedo conseguir un mapa? —insistió Schwartz.
—En Chica no hay mapas disponibles…, a menos que estés dispuesto a arriesgar el pellejo por ellos —gruñó Grew—. No soy geógrafo, ¿sabes? Nunca he oído mencionar los nombres que me has enumerado… ¿Son nombres de personas?
¿Arriesgar el pellejo? ¿Por qué? Schwartz sintió un escalofrío. ¿Había cometido algún delito? ¿Estaría enterado Grew?
—El sol tiene nueve planetas, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa.
—Diez —respondió Grew con indiferencia.
Schwartz titubeó. Bueno, podían haber descubierto otro planeta que él no conocía… ¿Pero entonces cómo era posible que Grew supiese que existía ese décimo planeta? Empezó a contar con los dedos.
—¿El sexto planeta tiene anillos? —preguntó.
Grew estaba adelantando lentamente el alfil de rey dos cuadros, y Schwartz hizo instantáneamente otro tanto.
—¿Te refieres a Saturno? —murmuró Grew—. Pues claro que tiene anillos.
Estaba calculando. Podía escoger entre el peón de alfil y el de rey, y las consecuencias de inclinarse en un sentido o en otro no parecían muy claras.
—¿Y hay un anillo de asteroides o pequeños planetas entre Marte y Júpiter…, quiero decir entre el cuarto y el quinto planeta?
—Sí —masculló Grew.
Había vuelto a encender su pipa y estaba pensando a toda velocidad. Schwartz captó la tortura de la incertidumbre que se agitaba en su mente. En cuanto a él, por fin estaba seguro de en qué planeta se hallaba, y la partida de ajedrez había dejado de importarle. Las preguntas parecían vibrar a lo largo de la superficie interior de su cráneo, y una de ellas se deslizó hasta encontrar una salida.
—Entonces tus libros en microfilme dicen la verdad, ¿no? ¿Hay otros mundos… habitados?
Grew dejó de mirar el tablero y sus ojos escudriñaron inútilmente la oscuridad.
—¿Hablas en serio?
—¿Sí o no?
—¡Por toda la Galaxia! Creo que realmente no lo sabes…
—Por favor… —murmuró Schwartz, sintiéndose terriblemente humillado por su propia ignorancia.
—¡Pues claro que hay otros mundos…, millones de ellos! Cada una de las estrellas que ves tiene planetas, al igual que la gran mayoría de las que no ves; y todos esos mundos forman parte del Imperio.
Schwartz iba percibiendo en su interior el delicado eco de cada una de las apasionadas palabras de Grew a medida que éstas saltaban directamente de una mente a otra. Schwartz había notado que los contactos mentales se estaban volviendo más y más intensos con el transcurrir de los días. Quizá pronto podría «oír» mentalmente las palabras cuando la persona que las pensase no estuviera hablando.
Y por primera vez encontró una respuesta distinta de la demencia. Suponiendo que se las hubiera arreglado de alguna forma para dar un salto en el tiempo…, durmiendo, quizá…
—¿Cuánto hace que ocurrió todo esto, Grew? —preguntó con voz enronquecida—. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que sólo había un planeta habitado?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Grew con repentino recelo—. ¿Eres miembro de la Sociedad de Ancianos?
—¿La qué…? No soy miembro de ninguna sociedad, pero supongo que hubo un tiempo en el que la Tierra era el único planeta habitado, ¿no? ¿No fue así?
—Los Ancianos afirman que sí —contestó Grew de mala gana—. ¿Pero quién puede saberlo? ¿Quién puede estar seguro de ello? Por lo que yo sé los mundos de allá arriba han existido siempre.
—¿Pero cuánto tiempo llevan existiendo?
—Supongo que miles de años. Cinco mil, diez mil años…, no lo sé con certeza.
¡Miles de años! Schwartz sintió que se le formaba un nudo en la garganta y lo hizo bajar tragando saliva mientras notaba el pánico que se iba adueñando de él. ¿Todo ese tiempo entre un paso y el siguiente? Un suspiro, un momento, un fugaz aleteo en el tiempo… ¿Y había dado un salto de miles de años? Tuvo la sensación de que iba a recaer en la amnesia. Su identificación del Sistema Solar debía de haber sido el resultado de unos recuerdos imperfectos que se estaban disipando entre la bruma.
Pero Grew ya había iniciado otra jugada. Comió el peón de alfil, y Schwartz comprendió de manera casi mecánica que se trataba de una táctica equivocada. Después una jugada siguió a la otra casi sin esfuerzo aparente por parte de Schwartz, quien comió con su torre de rey al peón que Grew había coronado. El caballo blanco volvió a avanzar hasta alfil 3. El alfil de Schwartz se desplazó a caballo 2 y quedó libre para entrar en acción. Grew respondió moviendo su alfil a reina 2.
Schwartz hizo una pausa antes de lanzar el ataque final.
—Y la Tierra es la que gobierna, ¿verdad?
—¿La que gobierna qué?
—El Impe…
Pero Grew levantó la mirada y lanzó un rugido tan potente que hizo temblar las piezas.
—¡Oye, Schwartz, ya estoy harto de tus preguntas! ¿Eres un perfecto idiota o qué? ¿Acaso te parece que la Tierra es dueña de algo? —Hubo un tenue susurro producido por la silla de ruedas de Grew cuando éste rodeó la mesa, y un instante después Schwartz sintió los dedos del anciano clavándose en su brazo—. ¡Mira! ¡Mira hacia allí! —ordenó Grew con voz áspera—. ¿Ves el horizonte? ¿Ves el resplandor?
—Sí.
—La Tierra es así…, toda la Tierra es así, salvo en algunos lugares donde existen unos pocos oasis como éste en el que vivimos.
—No lo entiendo…
—La corteza terrestre es radiactiva. El suelo brilla y ha brillado siempre, y siempre brillará. No se puede cultivar nada, nadie puede vivir sobre él… ¿De veras no lo sabías? ¿Por qué crees que tenemos la Costumbre de los Sesenta?
El lisiado se serenó y volvió a su lugar al otro lado de la mesa.
—Te toca jugar.
¡Los Sesenta! Otro contacto mental envuelto en un indefinible halo amenazador. Las piezas de ajedrez de Schwartz jugaban solas mientras él meditaba con el corazón oprimido. Su peón de rey se comió al peón de alfil que se le oponía. Grew movió su caballo a reina 4, y la torre de Schwartz se desplazó lateralmente pasando a caballo 4. El caballo de Grew volvió a atacar moviéndose a alfil 3. La torre de Schwartz evitó el nuevo ataque colocándose en caballo 5, pero el peón de torre de Grew avanzó de manera casi tímida y la torre de Schwartz se precipitó a comerse el peón de caballo dando jaque al rey. El rey de Grew se comió la torre, pero la reina de Schwartz llenó el hueco de inmediato colocándose en caballo 4 y volviendo a dar jaque al rey de Grew, que se refugió en torre 1. Schwartz adelantó su caballo poniéndolo en rey 4. Grew movió su reina a rey 2 en una decidida tentativa de movilizar sus defensas, y Schwartz respondió avanzando dos cuadros su reina hasta dejarla en caballo 6, con lo que el cerco se fue estrechando más y más. Grew ya no podía elegir. Movió su reina a caballo 2, y las dos majestades femeninas quedaron frente a frente.
El caballo de Schwartz retrocedió comiéndose el caballo enemigo en alfil 6, y cuando el alfil blanco que estaba siendo atacado se movió rápidamente a alfil 3, el caballo pasó a reina 5. Grew vaciló durante unos momentos, y acabó avanzando su reina por la diagonal libre para comerse el alfil de Schwartz.