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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Era porque querías descargarte del peso de ser un niño, al menos por un tiempo. Yo a veces bebo demasiado vino, y es porque por un rato me gustaría dejar de ser un hombre. Hay gente que se quita la vida por eso. ¿Lo sabías?

—O hacen cosas que pueden lastimarlos —contestó. La forma en que lo dijo me hablaba de discusiones oídas por azar; muy probablemente Becan había sido esa clase de hombre, o no habría llevado la familia a un lugar tan remoto y peligroso.

—Sí —le dije—. Puede ser lo mismo. Y hay ciertos hombres, y hasta mujeres, que a veces llegan a odiar la carga del pensamiento, pero no por eso aman la muerte. Ven a los animales y desearían ser como ellos, que sólo reaccionan por instinto y no piensan. ¿Sabes qué es lo que te hace pensar, Severian chico?

—La cabeza —se apresuró a responder el niño, y se la agarró con las manos.

—Los animales también tienen cabeza… Hasta los más estúpidos, como los cangrejos, los bueyes o las garrapatas. Lo que te hace pensar es apenas una pequeña parte de tu cabeza, que está dentro, justo encima de los ojos. —Le toqué la frente.—Ahora bien, si por alguna razón quieres que te corten una mano, puedes acudir a ciertos hombres expertos en eso. Supón, por ejemplo, que te haces en la mano una herida de la que nunca curará. Ellos te la pueden cortar de tal manera que casi no haya posibilidades de que le pase algo al resto de tu cuerpo.

El niño asintió.

—Muy bien. Esos mismos hombres pueden quitarte esa pequeña parte de la cabeza que te hace pensar. Lo que no pueden es volver a ponértela, ¿entiendes? Y aunque pudieran, una vez sin esa parte tú no podrías decir nada. Pero a veces la gente paga a esos hombres para que les quiten esa parte. Quieren dejar de pensar para siempre, y a menudo dicen que les gustaría dar la espalda a todo lo que ha hecho la humanidad. Entonces ya no es justo tratarlos como a seres humanos: se han transformado en animales, si bien animales que aún tienen forma humana. Preguntaste por qué no llevaban ropa. Ellos ya no comprenden qué es la ropa, y por eso no se la pondrían aunque tuvieran frío, por más que puedan echarse en ella y hasta envolverse.

—¿Tú eres un poquito así? —preguntó el niño, y me señaló el pecho desnudo.

La idea que estaba insinuándome no se me había ocurrido nunca, y por un momento me sorprendió. —Es la norma de mi gremio —dije—. A mí no me han quitado ninguna parte de la cabeza, si es eso lo que preguntas, y en un tiempo usaba camisa… Pero sí, supongo que soy un poco así, porque nunca lo había pensado, ni siquiera teniendo mucho frío.

Me miró como diciendo que le había confirmado lo que él sospechaba.

—¿Por eso estás escapando?

—No, no estoy escapando por eso. En todo caso, supongo que podrías decir que es por lo contrario. Tal vez esa parte de mi cabeza se haya agrandado demasiado. Pero respecto a los zoántropos tienes razón, es por eso que viven en las montañas. Cuando un hombre se vuelve animal, se vuelve un animal peligroso, y a los animales así no se los puede tolerar en lugares más colonizados, donde hay granjas y mucha gente. Por eso se los expulsa a estas montañas, o los traen sus antiguos amigos, o alguien a quien le pagan antes de descartar la capacidad del pensamiento humano. Como todos los animales, claro, siguen pudiendo pensar un poco. Lo suficiente para encontrar comida en el páramo, aunque cada invierno mueren muchos. Lo suficiente para tirar piedras como los monos tiran nueces, e incluso para buscar compañera, pues ya te digo que algunas son mujeres. Los hijos e hijas rara vez viven mucho, y supongo que por suerte, porque nacen exactamente como naciste tú, y también yo: con la carga del pensamiento.

Cuando terminamos de hablar, aquella carga me pesaba enormemente; tanto, en verdad, que por primera vez comprendí realmente que para otros pudiera ser una maldición tan grande como para mí la memoria.

Nunca he sido muy sensible a la belleza, pero la del cielo y la de la ladera eran tales que parecían colorear mis meditaciones, y tuve la sensación de que podía comprender cosas casi incomprensibles. Cuando el maestro Malrubius se me había aparecido tras la primera representación de la obra del doctor Talos —algo que entonces no pude entender y aún no entiendo hoy, aunque cada vez estoy más seguro, y no menos, de que ocurrió—, me había hablado de la circularidad del gobierno, aunque el gobierno era algo que no me concernía. Ahora se me ocurrió que la propia voluntad estaba gobernada, si no por la razón, al menos por cosas situadas encima o debajo de ella. No obstante, era muy difícil decir de qué lado de la razón estaban esas cosas. El instinto, sin duda, estaba debajo; pero ¿no podía estar arriba, también? Si el alzabo había atacado a los zoántropos, era porque el instinto le había ordenado preservar su presa frente a otros; Becan lo había hecho por instinto de preservar a su mujer y su hijo. Ambos habían llevado a cabo la misma acción, y de hecho en el mismo cuerpo. ¿El instinto superior y el inferior habían unido las manos a espaldas de la razón? ¿O detrás de toda razón no hay más que un instinto, y la razón ve una mano a cada lado?

Pero ¿es realmente instinto ese «apego a la persona del monarca» que según sugirió el maestro Malrubius era la forma de gobierno a la vez más alta y más baja? Pues está claro que el instinto no puede haber surgido de la nada: indudablemente, los halcones que planeaban sobre nuestras cabezas habían construido sus nidos por instinto; pero tiene que haber habido un tiempo en que no se construían nidos, y el primer halcón que hizo uno no pudo heredar el instinto de sus padres, puesto que ellos no lo tenían. Tampoco es posible que ese instinto se haya desarrollado lentamente, y que mil generaciones de halcones buscaran un palito hasta que algún halcón buscó dos; pues ni un palito ni dos sirven gran cosa al halcón que está haciendo un nido. Quizá lo que estuvo antes que el instinto fue un principio de gobierno de la voluntad, a la vez superior e inferior. Quizá no. Las aves que giraban allá arriba trazaban sus jeroglíficos en el aire, pero a mí no me era dado leerlos.

A medida que nos acercábamos a la garganta que unía la montaña con aquélla todavía más encumbrada que he descrito, parecíamos movernos por el rostro de Urth trazando una línea del polo al ecuador; y por cierto, la superficie sobre la cual avanzábamos como hormigas podría haber sido el propio globo vuelto del revés. A lo lejos, atrás y adelante, se cernían los anchos, resplandecientes campos de nieve. Abajo de éstos se extendían faldas pedregosas como la costa del mar del sur, cercado de hielo. Más abajo había altos prados de hierba dura, moteada ahora de flores silvestres; yo recordaba bien aquellos sobre los cuales había pasado la víspera, y en el pecho de la montaña de adelante, bajo la bruma azul que la envolvía, había una banda como un pastizal verde; debajo de ella los pinos tenían un brillo tan oscuro que parecían negros.

La garganta hacia la que bajábamos era muy diferente, una extensión de bosque de montaña donde unos duros árboles de hojas lustrosas y trescientos codos de altura alzaban unas enfermas cabezas hacia el sol agonizante. Los hermanos muertos permanecían erguidos, sostenidos por los vivos y envueltos en ondulantes sábanas de lianas. Cerca del arroyuelo donde nos detuvimos a pernoctar, la vegetación ya había perdido casi toda su delicadeza de montaña y empezaba a adquirir algo de la exuberancia de las tierras bajas; y ahora que estábamos suficientemente cerca de la garganta para verla con claridad, y que la necesidad de caminar y trepar no le monopolizaba la atención, el niño la señaló y preguntó si íbamos a bajar por allí.

—Mañana —dije—. Pronto va a oscurecer, y prefiero que atravesemos esa selva de día.

Ante la palabra selva se le dilataron los ojos: —¿Es peligrosa?

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