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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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De la blancura surgió la figura de un sulidor anciano y gigantesco: Na-sinisul cumplía la promesa de guiarlos. Los sulidores que los acompañaron hasta ese lugar intercambiaron algunas palabras con Na-sinisul y regresaron hacia el cinturón selvático. Na-sinisul les hizo una señal. Gundersen avanzó, caminando al lado de Srin'gahar.

Pocos minutos después, la caravana se internó en la bruma.

Una vez en su interior, la bruma no le pareció tan compacta a Gundersen. La mayor parte del tiempo podía ver a veinte, treinta e incluso cincuenta metros en cualquier dirección. En ocasiones se formaban inexplicables remolinos de niebla cuya textura era mucho más densa y en los que apenas podía distinguir la masa verde de Srin'gahar, que iba a su lado, pero eran escasos y se atravesaban rápidamente. El cielo estaba gris y sin sol; por momentos, el globo solar sólo era discernible como un vago resplandor detrás de las nubes. El paisaje era de roca pura, suelo desnudo y árboles de poca altura: prácticamente una tundra, aunque el aire sólo era frío y no realmente helado. Muchos de los árboles correspondían a las especies que también se encuentran en el sur, pero aquí estaban empequeñecidos y retorcidos y en ocasiones no tenían forma de árbol sino que se extendían a lo largo del terreno como enredaderas leñosas. Los árboles que se mantenían erguidos no eran más altos que Gundersen y un musgo gris cubría todas las ramas. Las gotas de humedad moteaban sus hojas, sus tallos, los salientes de roca y todo lo demás.

Nadie hablaba. Marcharon durante cerca de una hora, hasta que Gundersen tuvo la espalda inclinada y los pies entumecidos. El terreno ascendía imperceptiblemente, la atmósfera parecía enrarecerse cada vez más y la temperatura bajó bruscamente a medida que el día tocaba a su fin. La monótona envoltura de niebla de baja altura, interminable y constante, exigió un tributo al estado de ánimo de Gundersen. Cuando vio desde afuera esa franja de bruma que resplandecía brillantemente bajo la luz del sol, se animó y entusiasmó, pero ahora que estaba inmerso en ella sentía poca alegría. Todo el color y el calor habían desaparecido del universo. Desde allí ni siquiera divisaba la gloriosa montaña rosada.

Avanzó como un hombre mecánico y en ocasiones se obligó a andar al trote para mantener el mismo paso que los demás. Na-sinisul estableció un formidable ritmo de marcha que no planteó dificultades a los nildores pero que forzó excesivamente a Gundersen. Sentía vergüenza de sus jadeos y gruñidos, pero nadie más reparó en ellos. El vapor de la respiración pendía ante su rostro: niebla dentro de la niebla. Anhelaba desesperadamente descansar. Sin embargo, no fue capaz de pedir a los demás que se detuvieran un rato y le esperaran. La peregrinación pertenecía a los otros; él sólo era un convidado de piedra.

La tarde declinó penosamente. El gris se tornó más plomizo y el débil indicio de luz solar que hasta entonces había sido evidente se esfumó. La visibilidad se redujo bruscamente. La atmósfera se tornó gélida. Gundersen temblaba, vestido como iba con ropas propias de la región selvática. Súbitamente le perturbó algo que hasta entonces no le había parecido importante: la ajenidad de la atmósfera. El aire de Belzagor —no sólo en la región de las brumas sino en todas— no era la combinación corriente de la Tierra, ya que contenía un exceso de nitrógeno, una ligera deficiencia de oxígeno y también las impurezas residuales eran distintas. Pero sólo un sistema olfativo altamente sensible podía detectarlo. Condicionado a la atmósfera de Belzagor por los años que sirvió allí, Gundersen nunca había reparado en la diferencia. Ahora la percibió. Sus fosas nasales comunicaron un siniestro olor metálico y pensó que la parte posterior de su garganta estaba cubierta por una mugre oscura. Sabía que era una ilusión estúpida surgida de la fatiga. Durante unos pocos minutos intentó reducir la inhalación de aire, como si lo más seguro fuese dejar pasar a sus pulmones la menor cantidad posible de esa peligrosa mezcla.

No dejó de impacientarse por la atmósfera y otras incomodidades hasta el instante en que se dio cuenta de que estaba solo.

Los nildores no se veían por ningún lado. Tampoco Na-sinisul. La bruma cubría todo. Desconcertado, Gundersen repasó la pantalla de su memoria y vio que se había separado de sus compañeros hacía varios minutos, sin considerarlo extraordinario en ningún sentido. En ese momento podían estar mucho más adelante, en algún otro camino.

No los llamó.

Primero cedió a un impulso irresistible y cayó de rodillas para descansar. Se agachó, se tapó la cara con las manos, a continuación apoyó los nudillos en el frío suelo y dejó colgar la cabeza mientras absorbía aire. Habría sido fácil tumbarse con los brazos y las piernas extendidos y abolir la conciencia. Podrían encontrarlo dormido por la mañana. O congelado. Hizo esfuerzos por levantarse y la tercera vez lo logró.

—¿Srin'gahar? —preguntó. Lo susurró, de modo que sólo era una llamada íntima de auxilio.

Mareado por el agotamiento, corrió, tropezó, resbaló, chocó con los árboles y se enredó los pies en la maleza. Vio a su izquierda lo que indudablemente era un nildor y corrió hacia él, pero al cogerlo del flanco lo encontró húmedo y helado y entonces comprendió que abrazaba un pedrejón. Se apartó de éste bruscamente. Poco más allá apareció una hilera de formas imponentes: ¿los nildores pasaban a su lado?

—¡Esperadme! —Gritó, y corrió como loco, tropezando y aterrizando a cuatro patas en un gélido arroyo poco profundo. Reptó ceñudo hasta la otra orilla y allí descansó, reconociendo que las formas oscuras y confusas correspondían a árboles bajos y anchos azotados por un viento creciente. Está bien, pensó, me he perdido. Esperaré aquí hasta que amanezca. Se acurrucó e intentó escurrir el agua helada de su ropa.

Cayó la noche: negro en lugar de gris. Buscó las lunas en lo alto y no encontró ninguna. Una sed terrible le abrasaba e intentó regresar al arroyo pero no pudo encontrarlo. Tenía los dedos entumecidos y los labios agrietados. Pero descubrió una isla de calma dentro de su incomodidad y su miedo y se aferró a ella, diciéndose que nada de lo que ocurría era realmente peligroso y que, de algún modo, era necesario.

Incalculables horas después, Srin'gahar y Na-sinisul se acercaron a él.

En primer lugar, Gundersen sintió en su mejilla el roce suave y tanteador de la trompa de Srin'gahar. Retrocedió y se aplastó contra el suelo, relajándose mentalmente al descubrir qué era lo que había acariciado su piel. Desde su altura, el nildor dijo:

—Aquí está.

—¿Vivo? —preguntó Na-sinisul, y su voz enigmática provenía de mundos lejanos, envuelta en capas de niebla.

—Vivo. Húmedo y frío. Edmundgundersen, ¿puedes ponerte de pie?

—Sí. Creo que estoy bien. —La vergüenza cubrió su espíritu—. ¿Me habéis buscado todo el tiempo?

—No —respondió Na-sinisul suavemente—. Seguimos hasta la aldea y allí evaluamos tu ausencia. No sabíamos con certeza si te habías perdido o te habías separado adrede de nosotros. Después Srin'gahar y yo volvimos. ¿Tenías la intención de dejarnos?

—Me perdí —repuso Gundersen con tristeza.

Ni siquiera entonces se le permitió montar en el nildor. Trastabilló entre Srin'gahar y Na-sinisul y de vez en cuando se sujetaba del tupido pelaje del sulidor o cogía el suave lomo del nildor, estabilizándose cada vez que sentía que le flaqueaban las fuerzas o que el suelo que no veía se volvía escabroso. Un rato después, algunas luces relumbraron en la oscuridad: el pálido brillo de una antorcha que atravesaba lechosamente la negrura cubierta de niebla, Gundersen apenas entrevió las ruinosas chozas de una aldea de sulidores. Sin esperar a que le invitaran se metió en la más cercana de las destartaladas estructuras de troncos. Era de paredes escarpadas, olía a moho y de las vigas colgaban ristras de flores secas y pellejos de animales. Varios sulidores que estaban sentados le miraron sin el menor interés. Gundersen se calentó y secó la ropa; alguien le llevó un cuenco con caldo dulce y espeso y poco después le ofrecieron unas lonjas de carne seca, carne difícil de morder y masticar pero maravillosamente condimentada. Docenas de sulidores entraban y salían. En un momento en que el pellejo que cubría la puerta quedó apartado, divisó a sus nildores sentados afuera. Un animal pequeño y de rostro feroz, blanco como la niebla y mustio, se deslizó saltando hacia él y le observó con desdén; supuso que era alguna bestezuela norteña que los sulidores preferían como animales de compañía. El animal tironeó de la ropa todavía empapada de Gundersen y emitió un sonido cacareante. Crispó sus orejas copetudas; sus dedos pequeños y filosos tantearon la manga de Gundersen; enroscó y desenroscó su larga cola prensil. Luego saltó sobre las piernas de Gundersen, le cogió el brazo con sus rápidas garras y mordisqueó su carne. El pinchazo no era más doloroso que la picadura de un mosquito pero Gundersen se preguntó qué infección horrorosa y extraña podría contraer. De todos modos, no intentó apartar al animalillo. Súbitamente descendió una enorme pata de sulidor, con las garras retraídas, y de un golpe arrollador lanzó al animalillo hasta el otro extremo de la habitación. El cuerpo macizo de Na-sinisul bajó hasta agacharse junto a Gundersen; el animal expulsado parloteaba su ira desde el rincón más lejano.

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