Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
A partir de la frente, el rostro era irreconocible. Era como si se hubiese calentado todo en un crisol y se hubiese dejado derretir y correr. La delgada nariz de puente alto de Kurtz era ahora una mancha correosa, tan semejante a un hocico que Gundersen se sorprendió por su parecido con el de un sulidor. Su boca ancha ahora tenía labios fláccidos y pendulares que caían hasta separarse y mostraban encías sin dientes. Su mentón pendía al estilo pitecantropoide. Los pómulos de Kurtz eran chatos y anchos, lo cual alteraba totalmente los planos de su rostro.
Seena apartó el cobertor para mostrar el resto. El cuerpo que yacía en la cama era lampiño: una cosa larga, rosada y como hervida que parecía una babosa gigantesca. Toda la carne superflua había desaparecido y la piel cubría como una mortaja las costillas y los músculos claramente visibles. Las proporciones del cuerpo eran incorrectas. La cintura de Kurtz se encontraba a una distancia inenarrablemente lejana de su pecho y las piernas, aunque largas, no eran ni remotamente lo largas que debían ser; los tobillos parecían apiñarse con las rodillas. Los dedos de los pies se habían fusionado, de modo que éstos acababan en unas patas bestiales. Quizá por compensación, los dedos de las manos contaban con coyunturas extras y eran grandes cosas semejantes a arañas que se doblaban y se cerraban irregularmente. La unión de los brazos con el torso parecía extraña, pero sólo cuando vio a Kurtz girar lentamente el brazo izquierdo hasta un ángulo de trescientos sesenta grados, Gundersen comprendió que la axila debió reconstruirse en una especie de machihembrado adaptable.
Kurtz se esforzaba desesperadamente por hablar y escupía palabras en una lengua que Gundersen jamás había oído. Los globos oculares se movían notoriamente bajo los párpados. Sacó la lengua para humedecerse los labios. Algo semejante a una nuez de tres lóbulos subió y bajó por su garganta. Encorvó fugazmente el cuerpo y tensó la piel sobre los huesos extrañamente ensanchados. Siguió hablando. De vez en cuando surgía una palabra inteligible en inglés o en nildororu, palabra encajada en un galimatías:
—Río… muerte… perdido… horror… río… caverna… calor… perdido… calor… aplastar… negro… ir… dios… horror… nacido… perdido… nacido…
—¿Qué dice? —preguntó Gundersen.
—Nadie lo sabe. Aunque comprendamos las palabras, lo que dice carece de sentido. La mayoría de las veces ni siquiera entendemos las palabras. Habla en el idioma del mundo en el que debe vivir ahora. Es un idioma muy personal.
—¿Ha recuperado el conocimiento en algún momento desde que está aquí?
—En realidad, no —respondió Seena—. A veces tiene los ojos abiertos, pero jamás responde a nada de lo que le rodea. Ven, mira.
Seena se acercó a la cama y abrió los párpados de Kurtz. Gundersen notó que el blanco de los ojos no existía. De borde a borde, las superficies brillantes eran de un color negro profundo y lustroso, moteadas por asimétricas manchitas de color azul claro. Paseó tres dedos ante los ojos moviendo la mano de un lado a otro. Kurtz no reparó en nada. Seena soltó los párpados y los ojos continuaron abiertos incluso cuando Gundersen acercó al máximo las puntas de los dedos, separando después la mano lentamente. Kurtz alzó su mano derecha y aferró la muñeca de Gundersen. Los dedos grotescamente alargados rodearon por completo la muñeca, se encontraron y volvieron a cercar la mitad de ésta. Lentamente y con una fuerza tremenda, Kurtz empujó a Gundersen hasta que éste se arrodilló junto a la cama.
En ese momento Kurtz sólo habló en inglés. Al igual que antes, parecía sufrir una angustia desesperada y obligaba a las palabras a salir de algún hueco de pesadilla, sin acentuación ni puntuación perceptibles:
—Agua dormir muerte salvación dormir dormir fuego amor agua sueño frío dormir plan subir caer subir caer subir subir subir. —Hizo una pausa. Unos instantes después agregó—: Caer.
Kurtz siguió pronunciando sílabas sin sentido y los dedos soltaron la muñeca de Gundersen.
—Parecía decirnos algo —opinó Seena—. Nunca le oí pronunciar sucesivamente tantas palabras inteligibles.
—¿Pero qué decía?
—No lo sé. De todos modos, esas palabras contienen un significado.
Gundersen asintió con la cabeza. El atormentado Kurtz había entregado su testamento. Su bendición: Dormir plan subir caer subir caer subir subir subir. Caer. Quizás hasta tenía sentido.
—Además, reaccionó ante tu presencia —agregó Seena—. ¡Te vio y te cogió del brazo! Dile algo. Procura volver a llamar su atención.
—¿Jeff? —susurró Gundersen mientras se arrodillaba junto a la cama—. Jeff, ¿te acuerdas de mí? Soy Edmund Gundersen. He regresado, Jeff. ¿Oyes lo que digo? Jeff, si me entiendes, vuelve a levantar la mano derecha.
Kurtz no levantó la mano. Emitió un gemido entrecortado, suave y aterrador; después sus ojos se cerraron lentamente y cayó en un rígido silencio. Los músculos ondeaban bajo su piel alterada. De sus poros salieron gotas de sudor acre. Poco después Gundersen se levantó y se apartó.
—¿Cuánto tiempo estuvo en el norte?
—Cerca de medio año. Lo di por muerto. Más tarde lo trajeron dos sulidores en una especie de camilla.
—¿Ya había sufrido estos cambios?
—Sí. Y aquí yace. Ha cambiado mucho más de lo que imaginas —explicó Seena—. Por dentro, todo es nuevo y distinto. Prácticamente carece de sistema digestivo. Los alimentos sólidos están al margen de sus posibilidades, por lo que le doy zumos de frutas. Su corazón tiene válvulas adicionales. Sus pulmones tienen el doble del tamaño normal. El diagnostat no pudo decir nada pues él no se correspondía con ninguno de los parámetros de un cuerpo humano.
—¿Todo esto le ocurrió durante el renacimiento?
—Sí, durante el renacimiento. Ingieren una droga que los modifica. También cambia a los humanos. Es la misma droga que se utiliza en la Tierra para la regeneración de órganos, el veneno, pero aquí emplean una dosis mayor y el cuerpo se desprograma. Edmund, si vas al norte, esto es lo que te ocurrirá.
—¿Cómo sabes que fue el renacimiento lo que le produjo esto?
—Dijo que iba para ello. Los sulidores que lo trajeron explicaron que se había sometido al renacimiento.
—Quizá mentían. Quizás el renacimiento es una cosa, algo bienhechor, y hay otra cosa, algo dañino que administraron a Kurtz por haber sido tan perverso.
—Te engañas a ti mismo —afirmó Seena—. Sólo hay un proceso y éste es el resultado.
—Entonces es posible que personas distintas respondan de manera diferente al proceso. Si es que hay un único proceso. Pero insisto en que no puedes estar segura de que fuera el renacimiento el que realmente le hizo esto.
—¡No digas tonterías!
—Hablo en serio. Quizás algo que estaba dentro de Kurtz lo hizo transformarse de este modo y yo me transformaría de otra manera. De mejor manera.
—Edmund, ¿quieres ser cambiado?
—Correré el riesgo.
—¡Dejarás de ser humano!
—Durante mucho tiempo he intentado ser humano. Tal vez haya llegado la hora de intentar otra cosa.
—No te dejaré partir —agregó Seena.
—¿No? ¿Qué derecho tienes sobre mí?
—Ya he perdido a Jeff a manos de ellos. Si tú también te vas…
Seena vaciló.
—Está bien. No tengo modo de impedírtelo, pero no vayas.