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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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Cullen dijo con los ojos cerrados:

—Estoy esperando. Cuéntame cosas.

Gundersen comenzó a hablar. Se refirió a sus ocho años en la Tierra y los resumió en seis frases concisas. Habló de la inquietud que se había apoderado de él en la Tierra, de su ansiedad tétrica y confusa por regresar a Belzagor, del sentido de la necesidad de encontrar una nueva estructura para su vida ahora que había perdido el andamiaje que la Compañía significó para él. Mencionó su viaje por el bosque hasta el campamento de la orilla del lago, contó cómo había avanzado entre los nildores y de qué modo le arrancaron la relativa promesa de llevarles a Cullen. Se refirió a Dykstra y a su mujer en las ruinas del bosque y alteró algo el relato por respeto al estado de Cullen, aunque sospechaba que dicha caridad era innecesaria. Contó que había vuelto a estar con Seena durante la Noche de las Cinco Lunas. Habló de Kurtz y de lo que había cambiado a través del renacimiento. Aludió a su propia peregrinación a la región de las brumas. En tres ocasiones tuvo la certeza de que Cullen se había dormido y una vez pensó que el enfermo había dejado de respirar por completo. Sin embargo, cada vez que Gundersen se detenía Cullen emitía algún débil indicio —una crispación de la boca, un chasquido de las puntas de los dedos— de que debía continuar. Al final, cuando no le quedó nada que decir, Gundersen permaneció en silencio largo rato a la espera de una señal de Cullen y por último éste preguntó débilmente:

—¿Y después?

—Después vine aquí.

—¿Y adonde irás después?

—A la montaña del renacimiento —repuso Gundersen serenamente.

Cullen abrió los ojos. Pidió con un movimiento de la cabeza que le acomodara las almohadas, se irguió y entrelazó los dedos sobre el cobertor.

—¿Por qué quieres ir allí? —inquirió.

—Para averiguar qué es el renacimiento.

—¿Has visto a Kurtz?

—Sí.

—El también quería saber más cosas sobre el renacimiento —explicó Cullen—. Ya había comprendido la mecánica de la cuestión pero también necesitaba conocer su esencia. Probarlo por sí mismo. Obviamente, no sólo era por curiosidad. Kurtz tenía problemas espirituales. Buscaba la autoinmolación pues se había convencido a sí mismo de que necesitaba expiar toda su vida. Totalmente cierto. Totalmente cierto. De ahí que fuera en busca del renacimiento. Los sulidores le dieron el gusto. Bien, contempla al hombre. Le vi antes de venir al norte.

—Durante un tiempo, pensé que yo también podía probar el renacimiento —comentó Gundersen, cogido de sorpresa por las palabras que surgían de su mente—. Por los mismos motivos. Una mezcla de curiosidad y culpa. Pero creo que ahora he renunciado a esa idea. Iré a la montaña para ver qué hacen pero no creo que les pida que me lo hagan a mí.

—¿Debido al aspecto de Kurtz?

—En parte, pero también porque mis proyectos originales parecen demasiado… bueno, demasiado organizados. Demasiado carentes de espontaneidad. Una elección intelectual en lugar de un acto de fe. No puedes subir a la montaña y ofrecerte como voluntario para el renacimiento de un modo fríamente científico. Tienes que sentirte impulsado a ello.

—¿Como lo estaba Kurtz? —preguntó Cullen.

—Exactamente.

—¿Y tú no lo estás?

—Ya no lo sé —respondió Gundersen—. Creí que yo también estaba concienzado. Le dije a Seena que así era. Pero ahora que estoy tan cerca de la montaña, toda la búsqueda comienza a parecerme artificial.

—¿Estás seguro de que no se trata simplemente de miedo a someterte a la experiencia?

Gundersen se encogió de hombros.

—Kurtz no era una visión agradable.

—Hay renacimientos buenos y malos —dijo Cullen—. Tuvo un mal renacimiento. Tengo entendido que el resultado depende de la calidad del alma de cada uno y de otro montón de cosas. ¿Bebemos un poco más de vino?

Gundersen le ofreció la botella. Cullen, que al parecer recuperaba las fuerzas, bebió copiosamente.

—¿Has pasado por el renacimiento? —inquirió Gundersen.

—¿Yo? Jamás. Nunca sentí la tentación. Pero sé mucho sobre ese asunto. Desde luego, Kurtz no fue el primero en probarlo. Como mínimo, doce personas lo pasaron antes que él.

—¿Quiénes?

Cullen mencionó algunos nombres. Se trataba de hombres de la Compañía y todos figuraban en la lista de los que habían muerto mientras cumplían su servicio de campaña. Gundersen había conocido a algunos de ellos y los demás eran figuras del pasado lejano, anteriores a su llegada o a la de Cullen al Planeta de Holman.

—También hubo otros —agregó Cullen—. Kurtz los buscó en los archivos y los nildores le contaron el resto de la historia. Ninguno de ellos regresó de la región de las brumas. Cuatro o cinco se tornaron como Kurtz… se transformaron en monstruos.

—¿Y los otros?

—Supongo que en arcángeles. Los nildores fueron imprecisos en este sentido. Una especie de fusión trascendental con el universo, una evolución al nivel corporal siguiente, una ascensión sublime… ese tipo de cosas. Lo único cierto es que jamás regresaron al territorio de la Compañía. Kurtz esperaba un resultado semejante. Pero, por desgracia, Kurtz era Kurtz, mitad ángel y mitad demonio y así renació. Y eso es lo que Seena cuida. Gundy, en cierto sentido es una pena que hayas perdido tu impulso. Podría ser que tuvieras un buen renacimiento. ¿Puedes llamar a Hor-tenebor? Supongo que necesitaremos aire fresco si seguimos hablando largo y tendido. Hor-tenebor es el sulidor que está apoyado contra aquella pared. Es quien me cuida y quien acarrea de un lado a otro mis viejos huesos. Me llevará afuera.

—Ced, hace unos minutos nevaba.

—Muchísimo mejor. ¿Acaso un agonizante no debe ver la nieve? Éste es el lugar más hermoso del universo —afirmó Cullen—. Aquí mismo, delante de esta choza. Quiero verlo. Llama a Hor-tenebor.

Gundersen llamó al sulidor. Cullen pronunció una palabra y Hor-tenebor cogió al frágil y encogido inválido con sus inmensos brazos, lo hizo pasar por el pellejo que servía como puerta de la choza y lo acomodó en una estructura semejante a un camastro que daba al lago. Gundersen los siguió. Una densa bruma había caído sobre la aldea y ocultaba hasta las chozas más próximas, pero el lago era claramente visible bajo el cielo plomizo. Unos fugitivos manojos de bruma pendían por encima de la superficie opaca del lago. Un frío hiriente dominaba la atmósfera pero Cullen, abrigado tan sólo con un delgado pellejo, no parecía incómodo. Extendió la mano con la palma hacia arriba y vio la caída de los copos de nieve con el mismo asombro de un niño.

Finalmente, Gundersen preguntó:

—¿Responderás a una pregunta?

—Si puedo…

—¿Qué hiciste para que los nildores se ofuscaran tanto contigo?

—¿No te lo contaron cuando te pidieron que me buscaras?

—No —repuso Gundersen—. Dijeron que tú me lo contarías y que, de todos modos, no les importaba que yo lo supiese o no. Seena también lo ignora. No puedo ni imaginármelo. Tú nunca fuiste el tipo de persona que se dedicara a la matanza o a la tortura de especies inteligentes. Es imposible que hayas jugado con el veneno de las serpientes como Kurtz… él lo hizo durante años y nunca intentaron cogerlo. En consecuencia, ¿qué puedes haber hecho para causar tanto… ?

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