Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
—Tengo que hacerlo.
—¡Eres como él! Engreído por la importancia de tus supuestos pecados. Imaginas la necesidad de algún tipo de redención espectral. Es enfermizo, ¿no te das cuenta? Necesitas hacerte daño a ti mismo del peor modo. —Sus ojos resplandecieron aún con más brillo—. Escúchame, si necesitas sufrir, te ayudaré. ¿Quieres que te azote? ¿Que te pisotee? Si necesitas ser masoquista, yo seré tu sádica. Te aplicaré todos los tormentos que necesites. Puedes revolearte en ellos, pero no vayas a la región de las brumas. Edmund, eso es llevar el juego demasiado lejos.
—Seena, no comprendes.
—¿Y tú?
—Quizá comprenda cuando regrese.
—¡ Regresarás como él! —gritó. Corrió hacia la cama de Kurtz—. ¡Míralo! ¡Mira esos pies! ¡Mira sus ojos! ¡Su boca, su nariz, sus dedos, todo él! Ya no es humano. ¿Quieres yacer como él… murmurando tonterías y sumido todo el tiempo en un ensueño extraño?
Gundersen titubeó. Kurtz era aterrador. ¿Acaso su obsesión era tan poderosa que quería someterse a la misma transformación?
—Tengo que irme —dijo Gundersen con menos firmeza que antes.
—Él vive en el infierno —aseguró Seena—. Tú también estarás allí.
La mujer se acercó a Gundersen y se apretó contra su cuerpo. El hombre sintió que los duros y cálidos pezones de ella rozaban su piel, que sus manos abrazaban desesperadamente su espalda y que sus muslos se entrelazaban. Le dominó una inmensa tristeza por todo lo que otrora Seena había representado para él, por lo que ella había sido, por aquello en que se había convertido y por cómo debía ser su vida teniendo que atender a ese monstruo. Quedó estremecido por la visión del pasado perdido e irrecuperable, del presente sombrío e incierto, del futuro desierto y aterrador. Volvió a titubear. Luego la apartó con delicadeza.
—Lo siento —dijo—. Me voy.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¡Qué inutilidad!—Las lágrimas caían por sus mejillas—. Si necesitas una religión, elige una religión terráquea. No hay motivos por los que tengas que…
—Hay un motivo —puntualizó Gundersen.
La acercó a él y le besó ligeramente los párpados y los labios. Luego besó la hondonada de sus pechos y la apartó. Se acercó a Kurtz y le observó unos instantes, intentando asimilar la estrafalaria metamorfosis del hombre. Ahora reparó en algo que no había notado antes: la textura engrosada de la piel de la espalda de Kurtz, como si unas placas pequeñas y oscuras brotaran a ambos lados de la columna vertebral. Sin duda alguna también se habían producido muchos cambios más que sólo eran evidentes en una inspección a fondo. Los ojos de Kurtz se abrieron una vez más y las órbitas negras y brillantes se movieron, como si buscaran la mirada de Gundersen. Éste los observó y se fijó en el dibujo formado por los puntos azules sobre el fondo sólido y brillante. En medio de muchos sonidos que Gundersen no logró comprender, Kurtz dijo:
—Bailar… vivir… buscar… morir… morir.
Había llegado la hora de partir.
Gundersen pasó junto a la inmóvil y rígida Seena y se retiró de la habitación. Se asomó a la terraza y vio que sus cinco nildores estaban reunidos junto a la estación. Un robot los vigilaba inquieto por temor a que arrancaran las preciosidades del jardín para alimentarse. Gundersen llamó y Srin'gahar le miró.
—Estoy preparado —dijo Gundersen—. Podemos salir en cuanto recoja mis cosas.
Encontró su ropa y se dispuso a partir. Seena se acercó a éclass="underline" vestía una ceñida túnica negra y tenía el resbalador enroscado en su brazo izquierdo. Su expresión era de frialdad.
—¿Quieres que transmita algún mensaje a Ced Cullen si lo encuentro? —preguntó Gundersen.
—No tengo mensajes para nadie.
—Está bien. Seena, gracias por tu hospitalidad. Fue muy agradable volver a verte.
—La próxima vez que te vea —dijo ella—, no sabrás quién soy. O quién eres tú.
—Es posible.
Se separó de ella y se acercó a los nildores. Srin'gahar aceptó en silencio su carga. Seena permaneció en la terraza y los vio partir. Ella no saludó con la mano y él tampoco. La caravana avanzó a lo largo de la orilla del río donde, tantos años atrás, Kurtz había bailado toda la noche con los nildores.
Kurtz. Gundersen cerró los ojos y vio la mirada vidriosa y ciega, la frente alta, el rostro achatado, la carne consumida, las piernas retorcidas, los pies deformados. Contrapuso a estas imágenes sus recuerdos del Kurtz pretérito, aquel hombre airoso y extraordinariamente guapo, tan alto y esbelto, tan dueño de sí mismo. En definitiva, ¿qué demonios había impulsado a Kurtz a entregar su cuerpo y su alma a los sacerdotes del renacimiento? ¿Cuánto tiempo había llevado la remodelación de Kurtz? ¿Había sentido dolor durante el proceso? ¿Qué conciencia tenía ahora de su propio estado? ¿Qué había dicho Kurtz? ¿Soy Kurtz, el que jugó con vuestras almas y ahora os ofrezco la mía? Gundersen nunca había oído hablar a Kurtz en un tono que no fuese el de una irónica objetividad. ¿Cómo pudo mostrar Kurtz auténticas emociones, temor, remordimiento, culpa? Soy Kurtz el pecador, tomadme y haced conmigo lo que queráis. Soy Kurtz el caído. Soy Kurtz el condenado. Soy Kurtz y soy vuestro. Gundersen imaginó a Kurtz yaciendo en un brumoso valle norteño, con los huesos reblandecidos por los elixires de los sulidores, mientras su cuerpo se disolvía, se convertía en un amasijo rosado parecido a la jalea que ahora tenía la libertad de buscar una nueva forma, de esforzarse hacia una condición alterada de sí mismo que quedaría purificada de sus viejas impurezas satánicas. ¿Era presuntuoso imaginarse a sí mismo como perteneciente a la misma clase que Kurtz, reconocer los mismos defectos espirituales, avanzar para encontrar el mismo destino terrible? ¿Acaso Seena no tenía razón cuando decía que todo era un juego, que meramente interpretaba una dramatización masoquista y se erigía en héroe de un mito trágico, agobiado por la obsesión de acometer una peregrinación ajena? Pero a él la compulsión no le parecía una mistificación sino algo muy real. Iré, se dijo Gundersen. No soy Kurtz, pero iré porque es mi deber. A lo lejos, perdiéndose pero potente, aún resonaba el estrépito y el palpitar de las cataratas y, a medida que se precipitaban por el acantilado, las aguas torrentosas parecían tamborilear las palabras de Kurtz, la advertencia, la bendición, la amenaza, la profecía, la maldición: agua dormir muerte salvación dormir dormir fuego amor agua sueño frío dormir plan subir caer subir caer subir subir subir. Cae.
12
Durante los años que ocuparon el Planeta de Holman, los terráqueos habían trazado fronteras arbitrariamente por razones administrativas, escogiendo este paralelo o aquel meridiano para abarcar un distrito o sector. Puesto que en Belzagor no existían paralelos de ningún otro tipo de medidas y límites humanos, ahora esas demarcaciones reposaban en los archivos de la Compañía y en la memoria de la decreciente población humana del planeta. Pero había un límite que en modo alguno era arbitrario y su influencia persistía: la línea natural que dividía los trópicos de la región de las brumas. A un lado de esa línea se extendían las tierras altas tropicales, bañadas por el sol y fértiles, formando el límite superior de la franja central de vegetación exuberante que llegaba hasta la tórrida selva ecuatorial. Al otro lado de esa línea, a pocos kilómetros de distancia, llegaban flotando las nubes del norte, las que creaban el mundo blanco de las brumas. La transición era brusca y, para un recién llegado, podía resultar incluso aterradora. Uno podía explicarla prosaicamente en términos de la inclinación axial de Belzagor y la consecuencia que tenía en el deshielo de las nieves polares; uno podía hablar de manera erudita acerca de los inmensos casquetes de hielo que albergaban semejante humedad, casquetes que se adentraban tanto en las zonas templadas del planeta que el calor de los trópicos lograba mordisquearlos, liberando enormes masas de vapor de agua que se elevaban, giraban hacia el polo y regresaban a los casquetes en forma de nieve reconstituida; uno podía hablar del choque de los climas y de las zonas marginales resultantes que no eran cálidas ni frías y estaban eternamente envueltas en las densas nubes surgidas de aquél. Pero ni siquiera esas explicaciones te preparaban para la sorpresa inicial de cruzar la línea divisoria. Uno percibía algunos indicios: errantes cúmulos de niebla que atravesaban la frontera y cubrían amplias zonas de las tierras altas tropicales hasta que el sol del mediodía los derretía. Cuando esto se producía, el verdadero cambio era tan profundo y absoluto que aturdía el espíritu. En otros planetas, uno asimilaba la suave transición de un clima a otro o, de lo contrario, a un clima global uniforme; no era fácil asimilar el brusco cambio que se producía al pasar del calor y la serenidad al frío y la desolación que tenían lugar en esta zona de Belzagor.