Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
—¿Sabes lo que ocurría en la estación de las serpientes, al sur del puerto espacial?
—Estuve allí algunas semanas con Kurtz y Salamone —explicó Gundersen—. Hace mucho tiempo, cuando era un novato aquí, cuando tú todavía eras una niña en la Tierra. Los vi llamar a las serpientes de la selva, extraerles el veneno puro y darles el líquido a los nildores para que lo bebieran. Y les vi a ellos mismos beber el veneno.
—¿Y entonces qué ocurría?
Gundersen meneó la cabeza.
—Jamás he podido comprenderlo. Cuando probé el veneno con ellos, tuve la ilusión de que los tres nos convertíamos en nildores. Y de que tres nildores se convertían en nosotros. Yo tenía una trompa, cuatro patas, colmillos, púas. Todo parecía distinto: veía a través de ojos nildores. Después aquello cesó, volví a ocupar mi propio cuerpo y experimenté una terrible sacudida de culpa, de vergüenza. No logré descubrir si había sido una verdadera metamorfosis corporal o una alucinación.
—Fue una alucinación —informó Seena—. El veneno abrió tu mente, tu alma, y te permitió meterte en la conciencia del nildor al mismo tiempo que éste penetraba en la tuya. Durante un rato, ese nildor creyó ser Edmund Gundersen. Semejante ensueño constituye un gran éxtasis para los nildores.
—¿Entonces es ése el pecado de Kurtz? ¿Proporcionar éxtasis a los nildores?
—El veneno de las serpientes también se utiliza en la ceremonia del renacimiento. Lo que Kurtz, Salamone y tú hadáis en la selva era realizar una versión muy moderada, muy moderada, del renacimiento. Y los nildores también. Pero, por diversos motivos, para ellos era un renacimiento blasfemo. En primer lugar, porque se celebraba en un lugar incorrecto. En segundo lugar, porque se llevaba a cabo sin los rituales correspondientes. En tercer lugar, porque los celebrantes que guiaban a los nildores no eran sulidores sino hombres y, en consecuencia, todo se convertía en una perversa parodia del acto más sagrado de este planeta. Al darle veneno a esos nildores, Kurtz los tentaba a que se metieran en algo diabólico, literalmente diabólico. Pocos nildores pueden resistir la tentación. Encontró placer en ese acto… tanto en las alucinaciones que el veneno le producía como en el hecho de tentar a los nildores. Creo que tentándolos disfrutaba más que con las alucinaciones y ése fue su peor pecado pues a través de éste llevó a nildores inocentes a lo que en este planeta se considera una maldición. En los veinte años que estuvo en Belzagor, Kurtz sedujo a centenares, quizás a millares de nildores para que compartieran con él un cuenco de veneno. Finalmente su presencia se tornó intolerable y su propia sed de mal se convirtió en la fuente de su destrucción. Y ahora yace arriba, ni vivo ni muerto, pero ya no es un peligro en Belzagor.
—¿Crees que el hecho de organizar el equivalente local de una misa negra es lo que llevó a Kurtz a ese destino que me ocultas?
—Estoy convencida —replicó Seena. Se levantó, se desperezó voluptuosamente y le hizo señas con las manos—. Regresemos al interior de la estación.
Como si fuera la primera alborada de los tiempos, caminaron juntos y desnudos por el jardín, y el calor del sol y la tibieza del cuerpo de Seena excitaron a Gundersen y despertaron una fiebre en su interior. Dos veces pensó en echarla sobre la hierba y poseerla en medio de los arbustos extraños y las dos veces se contuvo, sin saber qué se lo impedía. Cuando estuvieron a doce metros del edificio, sintió que el deseo volvía a adueñarse de él, por lo que se volvió hacia ella y le cogió un seno con la mano. Pero ella dijo:
—Antes dime algo.
—Si puedo.
—¿Por qué has regresado a Belzagor? De verdad, ¿qué te atrae de la región de las brumas?
—Si crees en el pecado, también debes creer en la posibilidad de redimirse del pecado —respondió Gundersen.
—Sí.
—Bien, a mí también me pesa un pecado en la conciencia. Quizá no sea tan grave como los cometidos por Kurtz, pero basta para preocuparme y he regresado como un acto de expiación.
—¿Cuál es tu pecado? —quiso saber Seena.
—Pequé contra los nildores de la forma terráquea común al colaborar en su esclavización, al tratarlos con arrogante desdén, al no reconocer su inteligencia y su complejidad. Pequé especialmente impidiendo que siete nildores llegasen a tiempo a la ceremonia del renacimiento. ¿Recuerdas que cuando se rompió la represa de Monroe ordené a aquellos peregrinos que se unieran a un destacamento de trabajo? Utilicé una antorcha de fusión para que me obedecieran y, a causa de mi egoísmo, se perdieron la ceremonia. Ignoraba que si llegaban tarde al renacimiento perderían su turno y, de haberlo sabido, no le habría dado importancia. El pecado dentro del pecado dentro del pecado. Me fui de aquí sintiéndome manchado. Esos siete nildores perturbaban mis sueños. Comprendí que debía regresar y tratar de purificar mi alma.
—¿En qué tipo de expiación has pensado?—preguntó ella.
La mirada de Gundersen tuvo dificultades para encontrar la de ella. Él bajó los ojos, pero fue peor porque la desnudez de Seena le amedrentó aún más mientras permanecían bajo la luz del sol en la entrada de la estación. Se obligó a levantar nuevamente la mirada y dijo:
—He decidido averiguar qué es el renacimiento y participar en él. Me ofreceré a los sulidores como candidato.
—No.
—Seena, ¿qué te ocurre? Estás…
Seena temblaba. Le ardían las mejillas y la oleada escarlata llegó incluso hasta sus pechos. Se mordió el labio inferior, se apartó de él y le dio la espalda.
—Es una locura —aseguró—. El renacimiento no es algo para terráqueos. ¿Por qué supones que puedes expiar algo implicándote en una religión extraña, entregándote a un proceso sobre el cual ninguno de nosotros sabe nada… ?
—Tengo que hacerlo, Seena.
—Creo que deliras.
—Se trata de una obsesión. Eres la primera persona con la que he hablado de este asunto. Los nildores con los que viajo no están enterados. No puedo detenerme. Debo una vida a este planeta y he venido a pagar. Tengo que ir, al margen de las consecuencias.
—Entra conmigo en la estación —dijo ella con voz inexpresiva.
—¿Para qué?
—Entra.
Gundersen la siguió en silencio hasta el interior. Ella le guió hasta el nivel medio del edificio y a un pasillo bloqueado por uno de sus robots guardianes. Seena movió la cabeza y el robot se apartó. En la parte exterior de una habitación del fondo, ella se detuvo y apoyó la mano en el explorador de la puerta. Ésta se abrió. Seena indicó a Gundersen que entrara con ella.
El volvió a oír el gruñido refunfuñante que había percibido la noche anterior y ya no tuvo dudas de que había sido un quejido ahogado de terrible dolor.
—Ésta es la habitación donde Kurtz pasa sus días —explicó Seena. Apartó la cortina que dividía la estancia y agregó—: Y este es Kurtz.
—No es posible —farfulló Gundersen—. ¿Cómo… cómo…?
—¿Cómo llegó a este estado?
—Sí.
—A medida que envejecía, sintió remordimientos por los delitos que había cometido. Sufrió enormemente a causa de la culpa y el año pasado decidió llevar a cabo un acto de expiación. Tomó la decisión de viajar a la región de las brumas y someterse al renacimiento. Esto es lo que me trajeron de vuelta. Edmund, un ser humano adopta este aspecto después de someterse al renacimiento.
11
Lo que Gundersen contemplaba era aparentemente humano y, con toda probabilidad, antaño incluso había sido Jeff Kurtz. La absurda longitud del cuerpo parecía, sin duda, la de Kurtz, ya que la figura que yacía en la cama parecía medir un hombre y medio de largo, como si hubiesen empalmado una sección extra de vértebras y quizás un segundo par de fémures. Evidentemente, el cráneo también correspondía al de Kurtz: imponente cúpula blanca y lomos de las cejas unidos. Éstos destacaban aún más de lo que Gundersen recordaba. Se elevaban por encima de los ojos cerrados de Kurtz como barricadas que lo defendieran de alguna invasión norteña. Pero las tupidas cejas negras que habían cubierto esos lomos ya no existían. Lo mismo ocurría con las pestañas frondosas y casi femeninas.