Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
Llevaban cuatro días de viaje cuando Se-holomir dijo:
—La aldea que buscas se encuentra detrás de la próxima colina.
13
Era un caserío importante de cuarenta o más chozas dispuestas en dos hileras, flanqueadas a un lado por un bosquecillo de encumbrados árboles y al otro por un ancho lago de superficie plateada. Gundersen llegó a la aldea a través del bosquecillo y vio brillar el lago a lo lejos. Ligeros copos de nieve brujuleaban por el aire calmo. En ese momento las brumas eran altas y se espesaban hasta formar un techo impenetrable a unos quinientos metros de altura.
—¿El hombre Cullen…? —inquirió Gundersen.
Cullen se encontraba en una de las chozas contiguas al lago. Los dos sulidores que protegían la entrada se apartaron cuando Yi-gartigok les habló; otros dos se encontraban al pie del jergón de ramas y pellejos en el que descansaba Cullen. Estos también se apartaron y dejaron ver un hombre quemado, un desperdicio, una brasa.
—¿Has venido a buscarme? —preguntó Cullen—. Es una pena, Gundy, llegas demasiado tarde.
Los cabellos rubios de Cullen habían encanecido y se habían vuelto gruesos: era un felpudo enmarañado y nevado a través del cual se divisaban puntos del cuero cabelludo claro y cubierto de ronchas. Sus ojos, otrora de un color verde suave y claro, ahora se veían irritados y opacos, con marcadas líneas inyectadas de sangre en los blancos amarilleados. Su cara, escamosa y áspera, era una máscara de piel sobre los huesos. Una manta le cubría desde el pecho hasta los pies, pero el profundo adelgazamiento de sus brazos indicaba que el resto del cuerpo también estaba erosionado. Del viejo Cullen parecía quedar muy poco con excepción de la voz apacible y agradable y de la alegre sonrisa que ahora surgía grotescamente del rostro asolado. Parecía un hombre de cien años.
—¿Cuánto tiempo hace que estás así? —quiso saber Gundersen.
—Dos, tres meses, no lo sé exactamente. El tiempo se funde aquí, Gundy. Pero ya no hay camino de retorno para mí. Aquí me quedo. Es irreversible, irreversible.
Gundersen se arrodilló junto al jergón del enfermo.
—¿Tienes dolores? ¿Puedo darte algo?
—Ningún dolor —respondió Cullen—. Nada de medicamentos. Es el final.
—¿Qué tienes? —preguntó Gundersen y pensó en Dykstra y en su mujer yaciendo carcomidos por unas larvas extrañas en un charco de porquerías, pensó en Kurtz angustiado y transfigurado en las Cataratas de Shangri-la, pensó en Seena cuando contó que Gio' Salomone se convirtió en cristal—. ¿Una enfermedad originaria de aquí? ¿Algo que te contagiaste en esta zona?
—No es nada exótico —replicó Cullen—. Diría que se trata de la vieja podredumbre interior, del enemigo de siempre. El cangrejo, Gundy. El cangrejo. En las entrañas. Tengo las pinzas del cangrejo en las entrañas.
—¿Entonces tienes dolores?
—No —respondió Cullen—. El cangrejo se mueve lentamente. Una dentellada aquí y otra allá. Cada día queda un poco menos de mí. Algunos días siento que no queda nada de mí, pero hoy es uno de los mejores.
—Escucha —agregó Gundersen—, en una semana podría llevarte por el río hasta la estación de Seena. Seguramente ella dispone de equipo médico y puede proporcionarte un tubo de anticarcinógeno. No estás tan carcomido para que nos resulte imposible lograr una remisión si actuamos de inmediato y, además, podemos enviarte a la Tierra para una renovación del modelo y…
—No, olvídalo.
—¡No seas obstinado! Ced, no vivimos en la Edad Media. Un cáncer no es motivo para que un hombre se acueste en una choza inmunda y espere la muerte. Los sulidores te construirán una camilla. Puedo arreglarlo en cinco minutos. Y después…
—Ni siquiera llegaría a lo de Seena y tú lo sabes —le interrumpió Cullen con delicadeza—. Los nildores me cogerían en cuanto saliera de la región de las brumas. Lo sabes, Gundy, tienes que saberlo.
—Bueno…
—No tengo energías para participar en estos juegos. ¿Acaso no estás enterado de que soy el hombre más buscado del planeta?
—Sí.
—¿Te enviaron a buscarme?
—Los nildores me pidieron que te llevara de regreso —reconoció Gundersen—. Tuve que acceder a ello a fin de que me autorizaran a venir.
—Por supuesto —comentó Cullen amargamente.
—Pero planteé que no te llevaría a menos que estuvieses dispuesto a hacerlo voluntariamente. También mencioné otras estipulaciones. Escucha, Ced, no estoy aquí como Judas. Viajo por cuestiones personales y verte a ti es un asunto estrictamente secundario. Pero me gustaría ayudarte. Déjame llevarte hasta la estación de Seena para que puedas seguir el tratamiento que necesitas…
—Ya te dije que los nildores me atraparán en cuanto puedan —insistió Cullen.
—¿Crees que lo harían si supieran que estás gravemente enfermo y que te llevamos a las cataratas para proporcionarte atención médica?
—Sobre todo en ese caso. Les encantaría salvar mi alma mientras agonizo. Pero no les daré esa satisfacción, Gundy. Me quedaré aquí, a salvo y fuera del alcance de ellos, y aguardaré hasta que el cangrejo me liquide. Ya no falta mucho. Dos, tres días, una semana, quizás esta misma noche. De todas formas, te agradezco mucho tu deseo de rescatarme, pero no me iré.
—Si los nildores me prometieran dejarte en paz hasta que pudieras someterte a un trata…
—No me iré. Tendrías que obligarme. Eso está al margen de la promesa que hiciste a los nildores, ¿verdad? —Cullen sonrió por primera vez después de varios minutos—. En aquel rincón hay una botella de vino. Sé bueno y tráela.
Gundersen se levantó a buscarla. Tuvo que pasar junto a varios sulidores. Su coloquio con Cullen había sido tan intenso y personal que olvidó por completo que la choza estaba llena de sulidores: sus dos guías, los guardianes de Cullen y, como mínimo, media docena más. Encontró el vino y lo llevó hasta el jergón. A pesar de todo, Cullen no derramó una sola gota con su mano temblorosa. Después de beber, le ofreció la botella a Gundersen y le invitó con tanta insistencia que no pudo rechazar el ofrecimiento. El vino era tibio y dulce.
—¿Queda acordado que no intentarás sacarme de esta aldea? —preguntó Cullen—. Sé que nunca pensarías entregarme a los nildores, pero quizá decidieras sacarme de aquí para salvarme la vida. Tampoco lo hagas, ya que el resultado sería el mismo: los nildores me cogerían. Me quedo aquí. ¿De acuerdo?
Gundersen guardó silencio unos instantes.
—De acuerdo —replicó por último.
Cullen parecía aliviado. Se recostó con la cara hacia la pared y agregó:
—Me has hecho gastar muchas energías en este asunto. Tenemos que hablar de muchas cosas y ahora no tengo fuerzas.
—Volveré más tarde. Ahora descansa.
—No, quédate aquí y háblame. Cuéntame dónde has pasado todos estos años, por qué has regresado, a quién has visto, qué has hecho. Relátame toda la historia. Descansaré mientras te escucho. Y después… y después…
La voz de Cullen se apagó. A Gundersen le pareció que había perdido el conocimiento o quizá sólo dormía. Cullen tenía los ojos cerrados y su respiración era lenta y dificultosa. Gundersen permaneció callado. Caminó inquieto por la choza y estudió los pellejos sujetos a las paredes, los toscos muebles, los restos de comidas anteriores. Los sulidores le ignoraron. Ahora había ocho en la choza y guardaban cierta distancia del agonizante pero, a la vez, concentraban toda su atención en él. Gundersen se sintió momentáneamente alterado en presencia de aquellas gigantescas bestias bípedas, esos seres de pesadilla con colmillos, garras, cola gruesa y hocico caído que iban de un lado a otro y se movían como si él significara menos que nada para ellos. Bebió más vino, a pesar de que la textura y el sabor le resultaban desagradables.