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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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—¿El munzor te mordió? —preguntó Na-sinisul.

—No mucho. ¿Es peligroso?

—No sufrirás ningún daño —le tranquilizó el sulidor—. Le castigaremos.

—No quiero que lo hagáis. Sólo estaba jugando.

—Debe aprender que los huéspedes son sagrados —agregó Na-sinisul con firmeza. Se acercó a Gundersen. Éste reparó en el aliento a pescado del sulidor. Los enormes colmillos se entreabrían en la boca profunda. Na-sinisul agregó en voz baja—: Esta aldea te albergará hasta que estés en condiciones de continuar. Debo partir con los nildores y llegar a la montaña del renacimiento.

—¿Es la gran montaña roja que se encuentra al norte de aquí?

—Sí. El tiempo de ellos está muy próximo y el mío también. Llevaré a cabo su renacimiento y después me tocará el turno.

—¿Entonces los sulidores también se someten al renacimiento?

Na-sinisul parecía sorprendido.

—¿De qué otro modo podría ser?

—No lo sé. Sé tan poco sobre todo esto.

—Si los sulidores no renacieran —agregó Na-sinisul—, los nildores tampoco podrían renacer. Lo uno es inseparable de lo otro.

—¿En qué sentido?

—Si el día no existiera, ¿podría existir la noche?

Era una expresión demasiado misteriosa. Gundersen intentó pedirle una explicación, pero Na-sinisul quería hablar de otras cuestiones. El sulidor eludió las preguntas del terráqueo y dijo:

—Me dicen que has venido a nuestra región para hablar con uno de los tuyos, el hombre Cullen. ¿Es verdad?

—Sí. Es uno de los motivos por los que estoy aquí.

—El hombre Cullen vive tres aldeas al norte y una al oeste desde aquí. Ha sido informado de tu llegada y te llama. Los sulidores de esta aldea te conducirán a su presencia cuando lo desees.

—Me iré por la mañana —informó Gundersen.

—Antes debo decirte algo. El hombre Cullen se ha refugiado entre nosotros y, en consecuencia, es sagrado. No puedes abrigar esperanzas de llevártelo para entregarlo a los nildores.

—Sólo pido hablar con él.

—Puedes hacerlo. Pero estamos enterados de tu acuerdo con los nildores. Debes recordar que sólo podrás cumplirlo si infringes nuestra hospitalidad.

Gundersen no respondió. No comprendía cómo podía prometer algo así a Na-sinisul sin abjurar al mismo tiempo de la palabra que había dado al nacido muchas veces Vol’himyor. En consecuencia, se aferró a su particular tratado: hablaría con Cedric Cullen y después decidiría cómo actuar. Pero le perturbó el hecho de que los sulidores conocieran el verdadero propósito de la búsqueda de Cullen.

Na-sinisul se fue. Gundersen intentó dormir y durante un rato logró dormitar inquieto. Las antorchas parpadearon toda la noche en la choza, los altos sulidores se movieron ruidosamente a su alrededor y los nildores que se encontraban en el exterior de la choza se enfrascaron en un prolongado debate del que Gundersen sólo captó algunos monosílabos carentes de significado. En cierto momento despertó y encontró al pequeño munzor de orejas largas sentado en su pecho y cacareando. Más tarde, tres sulidores trocearon una ensangrentada res muerta junto al sitio en el que Gundersen se había acurrucado. El ruido del desgarramiento de la carne le despertó fugazmente y volvió a dormirse perturbado, pero despertó de nuevo cuando se desencadenó una salvaje pelea por el reparto de la carne. Cuando llegó el desabrido y gris amanecer, Gundersen estaba más cansado que si no hubiera dormido.

Le dieron el desayuno. Dos sulidores jóvenes, Se-holomir y Yi-gartigok, anunciaron que habían sido elegidos para escoltarlo hasta la aldea en la que se encontraba Cullen. Na-sinisul y los cinco nildores se dispusieron a partir hacia la montaña del renacimiento. Gundersen se despidió de sus compañeros de viaje.

—Os deseo la alegría de vuestro renacimiento —dijo, y vio las enormes formas que se diluían en la bruma.

Poco después, reanudó el viaje. Sus nuevos guías eran taciturnos y huraños: mejor, ya que no quería conversar mientras avanzaba penosamente por aquella hostil región. Necesitaba pensar. No sabía con certeza qué haría después de ver a Cullen; ahora vio como un gran desatino su proyecto original de someterse al renacimiento, que en abstracto le había parecido tan noble: no sólo por aquello en lo que Kurtz se había convertido, sino porque lo consideraba una transgresión, una intromisión carente de convicción y espontaneidad en los ritos de una especie extraña. Ir a la montaña del renacimiento, sí. Satisface tu curiosidad. ¿Pero someterse al renacimiento? Por primera vez, dudó realmente si lo haría y sospechó que, finalmente, se volvería sin renacer.

Ahora la tundra de la zona fronteriza dejaba paso a una región boscosa que le pareció una llamativa transmutación: los árboles eran más grandes en altitudes superiores. Pero se trataba de árboles distintos. Los arbustos empequeñecidos y retorcidos que había dejado atrás eran oriundos de la selva y se adaptaban con dificultad a la bruma; aquí, más adentro de la región de las brumas, crecían los auténticos árboles norteños. Eran de tronco grueso y altísimos, con corteza oscura y corrugada y reducidas salpicaduras de hojas en forma de aguja. La niebla envolvía sus ramas superiores. En medio del bosque frío y brumoso también se veían animales enjutos y lentos, huesudos y de hocico largo, que surgían de agujeros en el suelo y subían corriendo por los árboles, evidentemente en busca de roedores y aves que moraran en las ramas. Había amplias manchas del terreno cubiertas de nieve, aunque parecía que el verano se acercaba a ese hemisferio. Durante la segunda noche de viaje hacia el norte se encontraron con una granizada cuando una tupida y agitada nube de hielo se deslizó hacia ellos impulsada por un viento ligero y gimiente. Mudos y huraños, los compañeros de Gundersen la atravesaron y él los siguió tristemente.

En general, ahora la bruma era ligera a nivel del suelo y a menudo no existía durante una hora o más tiempo, pero se congelaba en lo alto como un velo cerrado que ocultaba el cielo.

Gundersen se acostumbró al terreno yermo, a las ramas angulosas de tantos árboles desnudos, a la humedad gélida y penetrante que resultaba tan distinta a la acuosidad de la selva. Llegó a encontrar belleza en la rigidez. Cuando unas espirales aborregadas de bruma se deslizaron como fantasmas cruzando un ancho torrente grisáceo, cuando los animales peludos saltaron sobre los vidriosos campos de hielo, cuando algún grito ronco y quebrado rompía la inenarrable quietud, cuando los caminantes giraron en ángulo en el sendero y encontraron un cuadro blanco de áspera e invernal vacuidad, Gundersen reaccionó con un extraño deleite. Pensó que en el país de las brumas el tiempo presente corresponde a la hora posterior del amanecer, cuando todo es límpido y nuevo.

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Сюжет
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Главный герой
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Общее впечатление
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