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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Al rato Rosario regresó al campamento. Se la notaba débil, y se sentó en el suelo, a la sombra. Lucía le dio agua de la cantimplora. Ella también estaba blanca y se apretaba el estómago. El bebé seguía gritando. Helward no estaba preparado para enfrentar una situación de esta índole, y no sabía qué sugerir.

Fue en busca de Caterina, quien aparentemente no se hallaba afectada.

Unos cien metros abajo, en la quebrada, la encontró. Ella retornaba al campamento con los brazos cargados de manzanas silvestres, rojas, maduras. Helward probó una. También era dulce y jugosa... pero luego recordó la advertencia de Clausewitz. Su criterio personal era que Clausewitz estaba equivocado; sin embargo, de mala gana se la dio a Caterina, que se comió el resto.

Asaron una manzana en el fogón y después la pelaron. Alimentaron al bebé con pequeños bocados. Esta vez no vomitó y dio muestras de alegría. Rosario se sentía aún demasiado débil como para atenderlo, de modo que fue Caterina quien lo acostó en su cunita. A los pocos minutos se había dormido.

Lucia no estaba enferma, aunque le dolió el estómago toda la mañana. Rosario se recuperó más rápido, y comió una manzana.

Helward comió lo que sobraba del potaje amarillo... y no se descompuso.

Ese mismo día, más tarde, Helward trepó por el lado Norte del arroyuelo. Ahí, hacía varias millas, se habían perdido vidas con el objeto de lograr que la ciudad cruzara la cañada. El paisaje le resultaba aún familiar, y si bien habían retirado casi todo el equipo utilizado en la operación, seguían vividos en su memoria esos largos días y noches que habían trabajado contrarreloj para completar el puente. Miró hacia la margen Sur, hacia el lugar mismo donde se había erigido el puente.

La hondonada no le parecía tan ancha como entonces, ni tampoco tan profunda. Quizás en aquel momento la excitación le había hecho exagerar la magnitud del obstáculo.

Sin embargo, no... la quebrada antes era más ancha...

Recordaba que, cuando la ciudad cruzara el puente, la vía tenía no menos de sesenta metros de largo. Ahora daba la impresión de que, en ese mismo sitio, la quebrada tenía sólo unos diez metros de ancho.

Helward se quedó mirando la costa de enfrente largo rato, sin entender cómo podía darse esta aparente contradicción. Luego le vino una idea.

El puente se había construido de acuerdo con especificas instrucciones de ingeniería. Él había trabajado varios días en la fabricación de las torres de suspensión, y sabía que las dos torres, a ambos lado de la cañada, se habían erigido separadas a una distancia exacta para permitir que la ciudad pasara por el medio.

Esa distancia era unos cuarenta metros, o cuarenta pasos.

Fue hasta el lugar donde había estado una de las torres del Norte, y caminó hasta la torre gemela. Contó cincuenta y ocho pasos.

Regresó e intentó de nuevo. Esta vez, sesenta pasos.

Probó nuevamente, dando pasos más largos: cincuenta y cinco pasos.

Desde el borde de la cañada miró el arroyo que corría abajo. Recordaba claramente la profundidad de la quebrada. Parado allí, el fondo le había parecido terriblemente profundo. Ahora no había más que un corto trecho que descender hasta el campamento.

Tuvo otro pensamiento mientras caminaba en dirección al Norte, hacia la rampa por medio de la cual la ciudad había tomado nuevamente contacto con la tierra. Se veían aún con nitidez las huellas de los cuatro rieles, que desde ese punto corrían paralelos hacia el Norte.

Si, al parecer, las dos torres estaban ahora más separadas, ¿qué pasaba con los rieles?

Por su larga experiencia de trabajo con Malchuskin, Helward conocía íntimamente cada detalle de las vías y los durmientes. Los rieles tenían un metro de espesor, y descansaban sobre durmientes de un metro y medio de largo. Mirando las marcas que estos últimos habían dejado en el terreno, vio que eran mucho más grandes. Midió aproximadamente, y calculó que ahora teman, cuando menos, dos metros diez de largo, y eran menos hondas que lo que debían ser. Pero sabía que eso era imposible ya que la ciudad empleaba durmientes de un largo standard, y los pozos que se cavaban para colocarlos eran siempre del mismo tamaño.

Para estar más seguro controló varias marcas más, y llegó a la conclusión de que todas eran unos sesenta centímetros más largas que lo debido.

Y estaban demasiado juntas. Los obreros instalaban los durmientes a intervalos de un metro veinte... no a cuarenta y cinco centímetros, como estaban ahora.

Demoró unos minutos más tomando medidas similares. Luego descendió por la quebrada, cruzó el arroyo caminando —ahora le parecía mucho más angosto y plano que antes—, y trepó por el lado Sur.

Aquí también las dimensiones estaban en completo desacuerdo con las que él conocía.

Intrigado, y bastante preocupado, regresó al campamento.

Las chicas teman mejor semblante, pero el bebé se había vuelto a descomponer. Ellas le dijeron que habían estado comiendo las manzanas que Caterina había encontrado. Helward partió una por la mitad y la inspeccionó cuidadosamente. No le vio nada de distinto de cualquier manzana común. Una vez más estuvo tentado de comerla, pero en cambio se la pasó a Lucía.

De pronto se le ocurrió algo.

Clausewitz le había advertido que no comiera frutos de la zona. Presumiblemente porque él era de la ciudad. Le había dicho que podía comer frutos de la zona cuando la ciudad estaba cerca del óptimo, pero aquí, varias millas al Sur, no debía hacerlo. Si comía los alimentos de la ciudad, no se enfermaría.

Sin embargo las chicas... bueno, ellas no eran de la ciudad. Quizás fuese su comida lo que las hacía indisponer. Ellas podían comer alimentos de la ciudad cuando estaban cerca del óptimo, pero no ahora.

La hipótesis era razonable, salvo por un detalle: el bebé. A excepción de unos pocos bocaditos de manzana, sólo había ingerido la leche de su madre, y eso no podía caerle mal.

Fue con Rosario a ver al niño, que yacía en su cunita, con la cara roja y huellas de lágrimas. No lloraba, pero se quejaba débilmente. Helward sintió pena por la criaturita, y pensó qué podía hacer él por ayudarle.

Afuera de la carpa. Lucia y Caterina se mostraban de buen humor. Cuando Helward salió de la tienda ellas le hablaron, pero él pasó de largo y fue a sentarse junto al arroyo. Seguía meditando su nueva idea.

El único alimento había sido la leche materna... ¿Y si la madre estuviese ahora cambiada porque se hallaban lejos del óptimo? Ella no era de la ciudad, pero el bebé sí. ¿Tendría importancia ese hecho? Aparentemente, no mucho porque el bebé había sido concebido en el cuerpo de la madre. Pero era una posibilidad.

Regresó al campamento y preparó comida sintética y leche en polvo, cuidando de utilizar sólo agua de la que había traído de la ciudad. Se la entregó a Rosario y le dijo que intentara dársela al niño.

Al principio ella se resistió. Luego accedió. El bebé ingirió el alimento, y dos horas más tarde dormía plácidamente una vez más.

El día pasaba lentamente. Al fondo de la cañada no corría ni una brisa, hacía calor, y Helward volvió a sentirse frustrado. Ahora comprendía que, si su suposición era correcta, ya no podría ofrecer a las chicas nada de comida. Pero podían subsistir comiendo manzanas durante las treinta millas que aún quedaban por caminar.

Más tarde les contó lo que había estado pensando, y sugirió que, por el momento, ellas comieran sólo pequeñas cantidades de su comida, y que lo complementaran con lo que pudiesen encontrar en la zona. Ellas se mostraron perplejas, pero aceptaron.

La tarde seguía sofocante. Helward transmitió a las chicas su desasosiego. Ellas se pusieron alegres, retozonas, y le tomaban el pelo por su abultado uniforme. Caterina dijo que iba de nuevo a nadar, y Lucía anunció que ella también iba. Se quitaron la ropa delante de él y luego lo obligaron a desvestirse. Chapotearon largo rato desnudos en el agua, y luego se les reunió Rosario, que ya no demostraba una actitud recelosa.

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