El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– ¿Qué es? -preguntó.
– El Corral de Wilkes -respondió Fen en tono sombrío-. Por supuesto que es posterior a tu época. Wilkes, que tiene una mentalidad práctica, lo ha alquilado al colegio por no sé cuántos años. Pero hasta ahora no han producido ni un solo soneto de Shakespeare, ni una línea de soneto, ni una palabra de línea, ni tan siquiera dos letras consecutivas. Lógicamente hay que reponer los monos a medida que van muriendo, probablemente eso sea perjudicial para el éxito del experimento suspiró-. Mientras tanto muestran poca inclinación a acercarse a las máquinas, y se conforman con seguir sus impulsos naturales con el consiguiente embarazo de quienes los vemos -meneó la cabeza considerando lo transitorio del esfuerzo humano. Siguieron de largo y se aproximaron al pabellón de la portería-. A propósito, recuérdame algún día de que te dé mi opinión sobre el cuento de Wilkes; me interesó en más de un sentido. ¡Y solucionar un problema de muertos satisface tanto más que resolver un problema de vivos! Ésos no requieren ninguna acción positiva.
«Supongo -añadió cuando se despedían- que mañana me acompañarás en mi recorrido. Una comezón interior me obliga aclarar este asunto, aunque si la policía insiste en su absurda teoría del suicidio, dudo que me decida a contradecirlos.
Nigel aceptó sin mayor entusiasmo.
– Ya nos veremos -dijo Fen con la vaguedad deliberada de quien quiere eludir un compromiso fijo-. Qué cansado estoy. Y todavía me falta ordenar unos papeles para los alumnos nuevos que llegan mañana -desapareció en seguida y la oscuridad trajo hasta Nigel el temblor de una palabra: «¡Cretinos!»
Ahora que estaba al aire libre, Nigel tenía muy pocos deseos de dormir, de manera que siguió de largo frente a la Iglesia Cristiana y tomó hacia el camino de sirga, que corría junto al canal. Estuvo un rato contemplando el agua, donde manchones de luz blanca y reflejos negros se entregaban en silencio a sus dislocadas maniobras. Los gasógenos, las chimeneas de las fábricas y las desviaciones del ferrocarril -de donde de vez en cuando llegaba el clamor distante de trenes de carga en movimiento- alzaban sus siluetas hacia la luna como un grabado de Muirhead Bone. Allá muy lejos, una sirena antiaérea inició su ululante sinfonía.
Poco a poco los acontecimientos del día volvieron, pero dispuestos en formas fantásticas, pidiendo a gritos una explicación, que los sometieran a escrutinio, o hasta que los descartaran. Los rostros de los personajes aparecían mezclados inconsecuentemente en relaciones por demás extrañas. Frases aisladas volvían, y su sentido sufría extraordinarias corrupciones. El elemento racional, fatigado, lleno de hastío, quedó apartado, contemplando con fastidio e impotencia el grotesco panorama. ¿Hubo acaso un fugaz atisbo de la verdad? Nigel nunca lo sabría. Suprimiendo un escalofrío, a pesar de la tibieza de la noche, emprendió el regreso al hotel.
Esa noche soñó que volvía a estar desnudo en el parque de St. Christopher's. Sólo que ahora parecía diferente, y mientras lo miraba, el edificio del colegio fue retrocediendo hasta perderse en el infinito. Vagamente notó que Helen estaba colgada de las ramas bajas de un árbol y le decía algo a gritos. Debió pasar un momento antes de que comprendiera que Helen había trepado al árbol en busca de refugio. Y mirando alrededor, Nigel distinguió una forma oscura que avanzaba hacia él arrastrándose a cuatro patas entre los matorrales. Los rasgos de ese ser, horriblemente distorsionados, eran los de alguien que conocía; pero cuando despertó y trató de desechar irritado el recuerdo de la pesadilla encendiendo un cigarrillo, no pudo recordar a quién pertenecían.
9
¡Cómo! ¿Una mujer puede hacer preguntas fuera de la cama?
Ottway.
Al día siguiente el tiempo se estropeó. Temprano, por la mañana, antes de que los primeros rayos de luz tocaran las torres y pináculos de la ciudad, descargó la lluvia desde un cielo plomizo. Cuando Nigel despertó de su sueño intranquilo, las calles estaban anegadas, los complicados e ineficaces sistemas de desagüe de la arquitectura gótica, imitación gótica, palatina y veneciana se habían desbordado, mojando a los transeúntes desprevenidos. Desde Carfax los ríos en miniatura corrían a ambos lados de la calzada, bajando por la suave pendiente de la calle principal, dejando atrás el Mitre, el Great St. Mary's, el Queen's, y así hasta donde la torre del Magdalen vigila en austera soledad el tránsito que corre hacia Headington, o hacia Iffley o Cowley. En las afueras de St. John's, los árboles principiaban a crujir con susurros ahogados, y las gotas a caer de sus ramas con persistencia monótona, mientras uno que otro rayo de sol pálido y solitario se posaba en un arquitrabe del Taylorian, echaba un rápido vistazo al sur, por el Cornmarket, y desaparecía al momento tragado por los precintos de Brasenose. El gris de un sinnúmero de paredes hallaba eco en el cielo ceniciento. El agua se precipitaba en torrentes por la enredadera de hiedra que intenta escudar a Keble y protegerla de comentarios ofensivos; se detenía para brillar momentáneamente sobre el hierro forjado de la verja de Trinity; formaba innumerables charcos y arroyuelos entre los guijarros que rodean al Radcliffe Camera, con su cúpula que semeja el bote de mostaza entre las vinagreras. El decorado que permite más lucimiento a Oxford es la luz de un sol radiante, o el brillo de la luna; la lluvia la hace una prisión, profundamente deprimente.
Al día siguiente comenzaban las clases. Los estudiantes que aún no habían llegado estaban camino de la ciudad. En medio de la algarabía de toda Inglaterra, sus voces bullangueras, juveniles, resueltas convergían hacia la universidad. En el edificio Clarendon, dos celadores nuevos contemplaban con aire resignado la lista de tabernas que debían recorrer esa noche en busca de infractores, mientras los alumnos más jóvenes de la Universidad in statu pupillari calculaban las posibilidades de que aquellos se quedaran saboreando su oporto hasta tarde. En las porterías de los colegios comenzaban a aparecer anuncios referentes a futuras actividades sociales, algunos concebidos en términos agresivos; los taxis iban y venían cargados de maletas; al cabo de una o dos semanas llegaría más equipaje, en virtud del sistema que las compañías ferroviarias llaman irónicamente despacho anticipado; se preparaban y distribuían apuntes; los rectores soltaban suspiros de pesar, alumnos novatos llegaban en estado de creciente asombro y timidez angustiosa, y los cocineros planeaban enormidades.
Era un día sombrío; pero Nigel, al asomarse por la ventana de su Baptisterio, se sintió más animado que de costumbre. «He llegado», pensó, «a esa etapa en que la comprensión escueta, terrible, del hecho suele envolverse con ímpetu repentino; y felizmente no me ocurre nada de eso: por el contrario, su absoluta falta de importancia resulta en verdad imponente y se está traduciendo en una perceptible animación del espíritu». Observó con atención la cascada que bajaba serpenteante de nivel en nivel, cada vez más tumultuosa, por la fachada del edificio, y la vio precipitarse sobre el paraguas del profesor de Matemáticas, que acertó a pasar debajo. Luego, fortalecido su espíritu por ese espectáculo reconfortante, retiró la cabeza, se lavó, se afeitó, se vistió y bajó a tomar el desayuno.
– Crimen -decía en tono dogmático Nicholas Barclay a Sheila McGaw, con quien estaba desayunando-. Efectivo, sin duda (de efecto inmediato), pero básicamente insatisfactorio -esbozó un ademán expresivo, proyectando al hacerlo un glóbulo de mermelada dentro de la sal-. Y además piensa cuán infinitamente mejor habría sido que arrastraran a la víctima del carro, bajo el chasquido del látigo. El crimen es tan abrupto, no deja nada de que disfrutar después; es como apurar de un trago un vino fino en vez de paladearlo lentamente. Y por otra parte considéralo desde el punto de vista de la conveniencia. ¡Qué admirable era la Edad Media en ese sentido! Cilicios, sillas de chapuzar, capas de borracho, cinturones de castidad, cepos; todos diseñados como medios rudimentarios, mas no por eso menos eficaces de contrarrestar determinadas flaquezas de la naturaleza humana. Como diría Ruysbroek, tiemblo de gozo al pensar en la cantidad de esos tormentos a que se habría hecho acreedora Yseut. El asesinato es tan abstracto, tan imparcial -se quejó-, carece en absoluto del elemento poético de la elección; a decir verdad no estoy seguro de que no sea, en el mejor de los casos, de un mal gusto detestable -de un mordisco arrancó un trozo de tostada y contempló el resto con mirada reflexiva antes de depositarlo en el plato.