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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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En otra ocasión, poco tiempo después de que terminara de reconstruir el Mustang, fueron a pasear por las colinas que se alzan sobre el río Hudson. Se detuvieron en un embarcadero pequeño y se quedaron mirando el río. El agua parecía salpicada por escamas de diamantes, debajo de un cielo alto y azul, algo desteñido. Nubes blancas y esponjosas, a miles de metros de altura, cubrían el horizonte. No fue un paseo premeditado, porque en realidad Jude pretendía esa tarde llevar a Anna a ver a un psiquiatra -Danny había conseguido la cita-, pero ella se negó rotundamente en el último momento. Le dijo que era un día demasiado hermoso como para pasarlo en el consultorio de un médico.

Se quedaron allí sentados, con las ventanillas del coche abiertas y la música puesta en tono suave. Ella le tomó la mano que reposaba en el asiento, entre ambos. La chica tenía uno de sus días buenos, de aquellos que se presentaban cada vez con menor frecuencia.

– Te enamorarás otra vez después de mí -le dijo-. Tendrás otra oportunidad de ser feliz. No sé si te permitirás aprovecharla. Tengo la sensación de que no lo harás. ¿Por qué no quieres ser feliz?

– ¿Qué significa «después de ti»? -preguntó, molesto-. Soy feliz ahora.

– No. No eres feliz. Todavía estás enfadado.

– ¿Con quién?

– Contigo mismo -explicó ella, como si fuera la cosa más natural del mundo-. En el fondo te culpas de que Jerome y Dizzy murieran. No quieres aceptar que nadie habría podido salvarlos de ellos mismos. Además, aún estás enfadado con tu padre. Por lo que le hizo a tu madre. Por lo que te hizo en la mano.

La última afirmación le cortó el aliento.

– ¿De qué estás hablando? ¿Cómo sabes lo que él me hizo en la mano?

Ella le dirigió una mirada divertida y astuta.

– La estoy mirando en este momento, ¿no? -Le cogió la mano y le dio la vuelta. Pasó el pulgar sobre los nudillos con cicatrices-. No hace falta ser vidente ni nada por el estilo. Sólo hay que tener dedos sensibles. Puedo sentir el lugar en el que los huesos se soldaron. ¿Con qué te golpeó la mano para aplastarla así? ¿Con una maza? Se curó bastante mal.

– Con la puerta del sótano. Me escapé un fin de semana, para tocar en un espectáculo, en Nueva Orleans. Era un concurso de bandas. Yo tenía quince años. Saqué cien dólares de los ahorros de la familia para pagar el billete de autobús. Pensé que no sería un robo, porque íbamos a ganar el concurso. El premio era de quinientos dólares en efectivo. Lo devolvería con intereses.

– ¿Y qué pasó? ¿Cómo quedasteis?

– En tercer lugar. Nos dieron una camiseta a cada uno -explicó Jude-. Cuando volví, me arrastró hasta la puerta del sótano y me aplastó la mano izquierda con ella. Sabía que era la mano con la que hacía los acordes.

Ella frunció el ceño y luego lo miró confusa.

– Creía que hacías los acordes con la otra mano.

– Eso es ahora. No me quedó otro remedio. -Anna le miró a los ojos-. Ya ves, como pude, aprendí a hacerlos con la mano derecha mientras se curaba la izquierda, y ya nunca dejé de tocar así.

– ¿Fue difícil?

– Bueno, no estaba seguro de que mi mano izquierda volviera a ser como antes, de modo que o aprendía a usar la otra o dejaba de tocar. Y habría sido mucho más duro para mí dejar la música.

– ¿Dónde estaba tu madre cuando ocurrió eso?

– No me acuerdo.

Una mentira. La verdad era que no lo podía olvidar. Su madre estaba en la mesa cuando su padre empezó a arrastrarlo por la cocina, hacia la puerta del sótano. El muchacho gritó, pidiéndole ayuda, pero ella simplemente se puso de pie, se tapó los oídos y huyó hacia el cuarto de costura. Lo cierto era que no podía culparla por negarse a intervenir. Supuso que se lo merecía, y no precisamente por sacar los cien dólares de la caja.

– De todas maneras -prosiguió Jude-, acabé tocando mejor la guitarra cuando tuve que cambiar de mano. Me tiré más o menos un mes sacando los más horribles y jodidos sonidos que jamás se han escuchado. Hasta que, finalmente, alguien me explicó que tenía que encordar la guitarra al revés si iba a tocar con las manos cambiadas. Después de eso, resultó mucho más fácil.

– Además, fue una lección para tu padre, ¿no?

Jude no respondió. La chica observó la palma de su mano y pasó el pulgar por la muñeca.

– Él no ha terminado todavía contigo. Tu padre, digo. Volverás a verlo.

– Imposible. Hace treinta años que no lo veo. Ya no forma parte de mi vida.

– Sí que forma parte. Forma parte de ella todos los días.

– Es curioso. Creía que habíamos decidido no ir a la cita con el psiquiatra esta tarde.

Anna no hizo caso, y siguió:

– Tienes cinco líneas de la suerte. Tienes más suerte que un gato, Jude Coyne. El mundo debe recompensarte aún más por todo lo que te hizo tu padre. Cinco líneas de la suerte. El mundo nunca terminará de pagarte. -Le soltó la mano-. Tu barba y tu gran chaqueta de cuero, tu enorme cochazo negro y tus grandes botas negras. Nadie se pone toda esa armadura a menos que haya sido herido por alguien que no tenía ese derecho.

– Mira quién habló -replicó él-. ¿Hay algún lugar de tu cuerpo que no hayas atravesado con un alfiler? -Tenía alfileres en las orejas, la lengua, en un pezón, en los labios vaginales-. ¿A quién tratas de asustar para que no se acerque?

Anna le hizo la última lectura de mano unos pocos días antes de que Jude le hiciera las maletas. Un día, a primera hora de la tarde, él miró por la ventana de la cocina y la vio caminando bajo una fría lluvia de febrero, en dirección al establo. Iba vestida sólo con un top oscuro y unas bragas negras. Su piel desnuda era de una palidez terrible.

Cuando Jude la alcanzó, la chica ya se había arrastrado dentro de la caseta de los perros, en la parte que estaba en el interior del establo, donde Angus y Bon se refugiaban de la lluvia. Estaba sentada en la tierra, con la parte posterior de los muslos llena de barro. Los animales se movían de un lado a otro y le lanzaban miradas de preocupación mientras le dejaban sitio para que estuviera cómoda.

Jude entró en la caseta gateando, enfadado con ella, totalmente harto del modo en que habían marchado las cosas en los últimos dos meses. Estaba cansado de hablarle y recibir elementales respuestas de no más de tres palabras, asqueado de las risas y las lágrimas soltadas sin razón alguna. Ya no hacían el amor. La sola idea le repelía. Ella no se lavaba, no se vestía, no se cepillaba los dientes. Su pelo rubio, del color de la miel, parecía un nido de ratas. Las escasas veces que habían intentado últimamente tener relaciones sexuales ella había conseguido que Jude perdiera interés, avergonzado y asqueado por las cosas que ella quería hacer. A él no le molestaba un poco de perversión, atarla si ella quería, pellizcarle los pezones, darle la vuelta y practicar sexo anal. Pero para ella aquello no era suficiente. Quería que él le pusiera una bolsa de plástico en la cabeza. Que le hiciese cortes con un cuchillo.

Estaba inclinada hacia delante con un alfiler en la mano. Se lo clavaba en el dedo pulgar, moviéndolo lenta y deliberadamente, pinchándose a sí misma una y otra vez, haciendo salir gruesas gotas de sangre, brillantes como gemas.

– ¿Qué demonios estás haciendo? -le preguntó él, esforzándose por mantener la voz calmada, sin lograrlo. La cogió por la muñeca para impedir que siguiera lastimándose.

Ella dejó caer el alfiler en el barro, liberó su mano para coger la de él y apretarla, mirándola. Los ojos brillaron febriles en medio de sus oscuras ojeras, que más bien parecían moretones. Apenas llegaba a dormir tres horas por noche, en el mejor de los casos.

– Se te está acabando el tiempo casi tan rápido como a mí. Seré más útil cuando me vaya. Ya me he ido. No tenemos futuro.

Alguien tratará de hacerte daño. Alguien que quiere quitártelo todo. -Levantó la vista para mirarlo a la cara-. Alguien contra quien no puedes luchar. Pero pelearás de todos modos, aunque no está a tu alcance vencer. No ganarás. Todas las cosas buenas de tu vida pronto habrán desaparecido.

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