Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Sacó a pasear a Angus. Se tomó su tiempo. Jude llevaba una camisa de manga corta y vaqueros. Le agradaba la caricia del sol en la nuca. El extraño olor de la mañana -el manto de gases de los tubos de escape en la Interestatal 95, los lirios del pantano, los aromas del bosque, el asfalto caliente- le hizo arder la sangre, le inculcó el deseo de ponerse en camino, conduciendo hacia algún sitio, a cualquier lugar. Se sentía bien, lo cual últimamente era una sensación poco habitual. Tal vez estaba excitado. Pensó en el agradable mechón de pelo de Georgia, en sus ojos hinchados, somnolientos, y en sus piernas blancas, flexibles. Tenía hambre, quería huevos, un filete de pollo. Angus perseguía a una marmota por la hierba, alta hasta la cintura. Al cabo de un rato se detuvo junto a los árboles que bordeaban la pradera, aullando alegremente. Jude regresó para proporcionar a Bon su ración de ejercicio y escuchó el ruido de la ducha.
Se metió en el baño. Estaba lleno de vapor, el aire era caliente y espeso. Se desvistió, retiró la cortina para entrar y se metió en la bañera.
Georgia saltó cuando los nudillos de él le rozaron la espalda y giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Tenía tatuados un corazón negro, en la cadera, y una mariposa igualmente negra en el hombro. Se volvió hacia él y le puso la mano sobre el corazón.
Ella apretó su cuerpo húmedo y elástico contra el de su amante, y se besaron. Jude se inclinó hacia ella, sobre ella, y para mantener el equilibrio, Georgia se apoyó en la pared… Enseguida emitió un fino y agudo gemido de dolor. Retiró la mano de la pared como si se la hubiera quemado.
Georgia trató de esconder la mano dolorida, pero él le cogió la muñeca y la levantó. Tenía el pulgar inflamado y rojo, y en cuanto lo tocó levemente pudo sentir el calor enfermizo que emanaba. La palma también estaba enrojecida e hinchada alrededor de la base del pulgar. En la parte interior del dedo se encontraba la llaga blanca, rebosante de pus, que seguía saliendo.
– ¿Qué vamos a hacer con esto? -preguntó.
– Va bien. Le estoy poniendo pomada antiséptica.
– Eso no es suficiente. No tiene buen aspecto. Deberíamos ir a un médico de urgencias.
– No voy a sentarme en una sala de espera durante tres horas para que alguien me mire el agujero que yo misma me hice con un alfiler.
– No sabes qué fue lo que te pinchó. No olvides lo que estabas haciendo cuando te pasó esto. No era una actividad normal.
– No lo he olvidado. Pero no creo que ningún médico pueda mejorar lo que se cura solo. De verdad.
– ¿Crees que se va a curar solo?
– Creo que estará bien… si hacemos que el muerto se vaya. Si nos lo quitamos de encima, creo que los dos nos curaremos -dijo-. Sea lo que fuere lo que le pasa a mi mano, forma parte de todo este asunto. Pero tú ya lo sabes, ¿no?
No sabía nada, pero tenía algunas ideas, y no le gustó que coincidieran con las de ella. Inclinó la cabeza, pensativo, y se enjugó las salpicaduras de agua de la cara.
– Cuando Anna estaba en sus peores momentos, se pinchaba con un alfiler en el pulgar. Para aclararse la cabeza, me dijo. No lo sé. Tal vez no es nada. Pero me inquieta que te hayas pinchado como lo hacía ella.
– Bien. A mí no me preocupa. En realidad, eso casi me hace sentirme mejor. -Su mano sana se movió sobre el pecho del amante mientras hablaba, con los dedos explorando el paisaje de músculos que comenzaban a perder definición y la piel que se aflojaba con la edad, todo cubierto por un montón de rizados pelos canosos.
– ¿En serio?
– Sí. Otra cosa que ella y yo tenemos en común. Aparte de ti. Jamás la conocí y casi no sé nada de su vida, pero me siento conectada con ella de alguna manera. No tengo miedo de esas cosas, ya lo sabes.
– Me alegra que no te moleste. Me encantaría poder decir lo mismo. En cuanto a mí, no me gusta mucho pensar en eso.
– Entonces no lo hagas -dijo la chica, apoyándose en Jude y empujando con su lengua en la boca de él para hacerlo callar.
Capítulo 24
Jude llevó a Bon a dar su muy demorado paseo, mientras Georgia se ocupaba de sí misma en el baño, vistiéndose, volviendo a vendarse la mano y poniéndose pendientes y otros adornos. Sabía que ella necesitaba al menos veinte minutos, de modo que se detuvo junto al coche y sacó del maletero el ordenador portátil de la joven. Georgia ni siquiera sabía que lo llevaban con ellos. En realidad Jude lo guardó en el coche de forma automática, sin pensarlo casi. Era una costumbre, porque Georgia lo llevaba consigo allí donde fuera y lo usaba para mantenerse en contacto, por medio del correo electrónico, con multitud de amigos que vivían lejos. La chica pasaba muchas horas navegando por páginas de contactos amistosos, blogs, información de conciertos y pornografía vampírica (lo cual tenía algo de hilarante y mucho de deprimente). Pero en cuanto se pusieron en camino, Jude olvidó que llevaban el ordenador portátil con ellos y Georgia no pregunto por él, de modo que había pasado la noche en el maletero.
Jude no tenía ordenador portátil propio. Danny se había ocupado de su correo electrónico y de todas las demás obligaciones en la Red. El viejo cantante sabía muy bien que pertenecía a un grupo social cada vez más reducido, el de los que no comprendían plenamente el encanto de la era digital. Jude no quería estar conectado. Había pasado cuatro años enchufado a la cocaína, un periodo de tiempo en el que todo parecía más que acelerado. Lo vivió como si estuviera en una de esas películas en las que el tiempo pasa a toda velocidad, donde todo un día y una noche transcurren en pocos segundos, el tráfico se convierte en chillonas franjas de luz, las personas se transforman en borrosos maniquíes moviéndose apresuradamente a saltos, de aquí para allá. Aquellos cuatro años los recordaba en ese momento como cuatro días malos, disparatados e insomnes, que comenzaron con una resaca de víspera de Año Nuevo y terminaron en fiestas de Navidad llenas de gente y humo, donde se encontraba rodeado de desconocidos tratando de tocarlo, profiriendo chillonas risotadas inhumanas. No quería conectarse nunca más a nada. Ni siquiera a Internet.
Había tratado de explicarle a Danny tales sentimientos una vez, hablarle del comportamiento compulsivo, del tiempo que pasa demasiado rápido, de Internet y las drogas. El secretario se había limitado a levantar una de sus finas y movedizas cejas y mirarlo con una forzada sonrisa, llena de confusión. Danny no pensaba que la cocaína y los ordenadores tuvieran relación entre sí. Pero a su jefe le había impresionado la forma en que muchas personas se inclinaban sobre las pantallas, apretando una y otra vez los botones, a la espera de alguna crucial, aunque vana, información. Pensaba que era casi exactamente lo mismo.
En aquel momento, sin embargo, estaba de humor para conectarse. Llevó el ordenador portátil a la habitación, lo enchufó y entró en la Red. No hizo ningún intento de acceder a su cuenta de correo electrónico. La verdad era que no recordaba bien cómo hacerlo. Danny tenía instalado un programa para que Jude pudiera leer directamente todos los mensajes, pero él no sabía cómo llegar a su correo desde un ordenador distinto. Lo que sí sabía era cómo buscar un nombre en Google, y escribió el de Anna.
Su nota necrológica era breve, la mitad que la de su padre. Jude pudo leerla en un momento, casi de un simple golpe de vista. Fue su fotografía lo que le llamó la atención y le produjo una breve sensación de vacío en la boca del estómago. Supuso que había sido tomada ya al final de su vida. Miraba a la cámara de manera inexpresiva, con algunos finos mechones de pelo sobre su cara demacrada, y tenía las mejillas hundidas debajo de los pómulos.