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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Cuando la conoció, ella llevaba un aro en cada ceja y otros cuatro en cada oreja, pero en la foto no los tenía, lo cual hacía que su rostro, demasiado pálido, pareciera todavía más vulnerable. Al mirarla con mayor atención, pudo ver las marcas dejadas por los piercings. Ya no usaba argollas ni cruces de plata, no estaban las cruces egipcias y las gemas brillantes, los adornos, los anzuelos y anillos que antes clavaba en su piel para parecer sucia, insensible, peligrosa, loca y hermosa. Algunas de esas cualidades eran reales, además. Fue de verdad loca y hermosa; y peligrosa también. Peligrosa para sí misma.

El obituario no decía nada sobre notas de suicidio. En realidad no hablaba de suicidio. Murió menos de tres meses antes que su padrastro.

Hizo otra búsqueda. Escribió «Craddock McDermott, rabdomante» y apareció una docena de enlaces. Hizo clic en el primer resultado, que lo llevó a un artículo publicado nueve años antes en el Tampa Tribune, en la sección «Vida cotidiana y artes». Jude miró primero las fotografías -había dos- y de inmediato se puso tenso en la silla. Pasó un rato antes de que pudiera apartar la mirada de aquellas imágenes, para centrar su atención en el texto que las acompañaba.

La nota se titulaba «Buscar muertos con una varilla de zahori». Las primeras líneas de presentación del texto decían: «Veinte años después de Vietnam, el capitán Craddock McDermott está listo para dejar reposar a algunos fantasmas… y llamar a otros».

El artículo comenzaba con la historia de Roy Hayes, un profesor de biología jubilado que a los sesenta y nueve años aprendió a pilotar aviones ligeros y que, una mañana de otoño de 1991, voló con un avión muy liviano sobre los Everglades, con el propósito de contar garzas por encargo de un grupo ecologista. A las 7:13 de la mañana, un pequeño aeropuerto privado del sur de Nápoles, Florida, recibió una transmisión suya:

«Creo que estoy sufriendo una apoplejía -dijo su voz por radio-. Me encuentro mareado. No puedo decir a qué altura he descendido. Necesito ayuda».

Eso fue lo último que se supo de él. Un grupo de salvamento, formado por más de treinta botes y cien hombres, no había podido descubrir rastros de Hayes ni de su avión. En el tiempo en que se publicó el artículo, tres años después de su desaparición y presunta muerte, la familia había tomado la extraordinaria decisión de contratar a Craddock McDermott, capitán retirado del ejército de Estados Unidos, para encabezar una nueva búsqueda de sus restos.

«No cayó en los Everglades -declaraba McDermott con una sonrisa confiada-. Los grupos de rescate buscaron siempre en el lugar equivocado. Los vientos de aquella mañana llevaron su avión más al norte, sobre Big Cypress. Calculo que su posición verdadera está a menos de un kilómetro y medio de la carretera interestatal 94».

«McDermott -leyó Jude- cree que puede localizar con toda precisión el sitio del accidente en un área de menos de un kilómetro cuadrado. Pero él no realizó sus cálculos consultando los datos meteorológicos correspondientes a la mañana de la desaparición, ni revisando las últimas transmisiones de radio del doctor Hayes, ni los informes de los testigos oculares. En lugar de eso, hizo oscilar un péndulo de plata sobre un gran mapa de la región. Cuando el péndulo comenzó a moverse rápidamente de un lado a otro, sobre un lugar al sur de Big Cypress, McDermott anunció que había encontrado la zona de impacto. Y cuando al final de esta semana conduzca al equipo de rescate privado por los pantanos de Big Cypress para buscar el ultraligero accidentado, no lo hará llevando consigo un radar, detectores de metales o perros sabuesos. Su plan para encontrar al profesor desaparecido es mucho más simple… y perturbador. Su intención es consultar directamente a Roy Hayes, apelar al mismo doctor ya muerto para que guíe al grupo hasta el lugar en que reposa».

El artículo seguía con los antecedentes del extraño rescatador, analizando los anteriores encuentros de Craddock con lo sobrenatural. Dedicaba algunas líneas a los detalles más góticos de su vida familiar. Se ocupaba brevemente del padre, ministro pentecostal aficionado a la manipulación de serpientes, que había desaparecido cuando Craddock era sólo un niño. También incluía un párrafo dedicado a su madre, que los había hecho atravesar dos veces todo el país, después de ver a un fantasma que ella llamaba «el hombre que camina hacia atrás». Aseguraba que era una visión que predecía mala suerte. Tras una de las visitas del hombre que camina hacia atrás, el pequeño Craddock y su madre dejaron de vivir en un edificio de apartamentos de Atlanta, menos de tres semanas antes de que el inmueble se quemara completamente en un incendio provocado por un cortocircuito.

En 1967 McDermott ya era un oficial destinado en Vietnam, donde estaba a cargo de los interrogatorios a oficiales del Vietcong. Estuvo asignado al caso de un tal Nguyen Trung, quiromántico, de quien se decía que había aprendido las artes adivinatorias con el propio hermano de Ho Chi Minh y que llegó a ofrecer sus servicios a varios jerarcas del Vietcong. Para tranquilizar a su prisionero, McDermott le pidió a Trung que lo ayudara a comprender sus creencias espirituales. Lo que siguió fue una serie de extraordinarias conversaciones sobre temas como la profecía, el alma humana y los muertos, charlas que según McDermott le habían abierto los ojos a todo lo sobrenatural que le rodeaba.

«En Vietnam -decía el artículo, citando palabras de McDermott- los fantasmas están ocupados. Nguyen Trung me enseñó a verlos. Cuando uno sabe cómo buscarlos, es posible descubrirlos en cada esquina, con sus ojos tachados y sus pies que no tocan el suelo. Es sabido que allí los vivos usan con frecuencia a los muertos. Un espíritu que cree que tiene trabajo pendiente no abandonará nuestro mundo. Se quedará hasta que esa labor inacabada esté concluida. Fue entonces cuando empecé a creer por primera vez que íbamos a perder la guerra. Vi lo que ocurría en el campo de batalla. Cuando nuestros muchachos morían, sus almas salían de las bocas, como el vapor de una tetera, y ascendían hacia el cielo. Cuando morían los del Vietcong, sus espíritus se quedaban. Sus muertos continuaban luchando».

Una vez concluidas sus sesiones, McDermott perdió de vista a Trung, que desapareció en la época del Tet, el año nuevo vietnamita. En cuanto al profesor Hayes, McDermott creía que su destino final sería conocido muy pronto.

«Lo encontraremos -decía-. Su espíritu está desocupado en este momento, pero le daré algún trabajo. Nosotros marcharemos juntos, Hayes y yo. Él va a conducirme hasta su cuerpo».

Al leer esto último -«nosotros marcharemos juntos»-, Jude sintió un escalofrío que hizo que se le erizaran los pelos de los brazos. Pero eso no fue tan desagradable como la sensación de miedo que lo invadió cuando miró las fotografías.

La primera era una imagen de Craddock apoyado en la carrocería de su camioneta azul. Sus hijastras estaban descalzas -Anna tenía tal vez doce años, Jessica unos quince-, sentadas en el capó, una a cada lado de él. Era la primera vez que Jude veía a la hermana mayor de Anna, pero no la primera vez que veía a Anna cuando era niña. Estaba exactamente igual que en su sueño.

En la fotografía, Jessica pasaba los brazos alrededor del cuello de su sonriente y anguloso padrastro. Era casi tan delgada y esbelta como él, un hombre alto y en buena forma física, y su piel estaba saludablemente bronceada. Pero había algo artificial en la sonrisa de la joven, amplia, tal vez demasiado ancha, demasiado entusiasta, mostrando una dentadura desmesurada. Parecía la sonrisa de un vendedor a domicilio desesperado. Y también había algo raro en sus ojos, que eran tan brillantes y negros como la tinta húmeda. E inquietantemente ávidos.

Anna estaba sentada a cierta distancia de los otros dos. Era huesuda, se diría toda codos y rodillas, y el pelo le llegaba casi hasta la cintura, en una larga y dorada cascada que parecía luminosa. Era también la única que no sonreía a la cámara. En realidad no tenía ninguna expresión. La cara estaba aturdida e inexpresiva. Los ojos, desenfocados, parecían los de una sonámbula. Jude la identificó como la expresión que tenía cuando se hundía en el mundo monocromático e introvertido de su depresión. Le vino a la cabeza la perturbadora idea de que ella había vivido en ese estado durante la mayor parte de su infancia.

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