Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
– Un zahori es alguien que encuentra agua agitando ramas en el aire, ¿no? Mi abuela contrató a un viejo campesino con la boca llena de dientes de oro para que encontrara un pozo de agua fresca cuando el suyo se secó. Usaba una rama de nogal.
– El padrastro de Anna, Craddock, no utilizaba un palo. Sólo usaba esa hermosa navaja que llevaba colgada de una cadena. Los péndulos normales también le servían, supongo. De todos modos, la bruja loca que me mandó el traje, Jessica McDermott Price, quería que yo supiera que su padrastro había dicho que se vengaría de mí cuando estuviera muerto. De modo que imagino que el viejo tenía algunas ideas sobre cómo regresar después de muerto. En otras palabras, no es un fantasma por casualidad, contra su voluntad, si eso tiene algún sentido. Está donde está y como está deliberadamente.
Un perro aulló en algún lugar distante. Bon levantó la cabeza, miró pensativamente hacia la puerta y luego bajó el hocico para apoyarlo en las patas delanteras.
– ¿Era bonita? -quiso saber Georgia.
– ¿Anna? Sí, claro. ¿Quieres saber si era buena en la cama?
– Sólo estoy preguntando cómo era. No tienes que portarte como un hijo de puta.
– Bien, entonces no hagas preguntas cuyas respuestas realmente no quieres conocer. Debes haber observado que yo nunca te pregunto sobre tus aventuras pasadas.
– Aventuras pasadas. Maldición. ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Soy la aventura actual que pronto será la aventura pasada?
– Santo cielo. No empecemos.
– No pregunto por curiosidad. Estoy tratando de resolver este asunto.
– ¿Cómo puede ayudarte a resolver nuestro problema con el fantasma saber si era bonita?
Estiró la sábana hasta taparse la barbilla y lo miró en la oscuridad.
– Así que ella era Florida y yo soy Georgia. ¿Cuántos otros estados ha visitado tu polla?
– No podría decirlo. No tengo ningún mapa con alfileres que indique los lugares recorridos. ¿Realmente quieres que haga un cálculo aproximado? Y ya que estamos metidos en el asunto, ¿por qué limitarnos a los estados? He hecho trece giras mundiales, y siempre he llevado mi polla conmigo.
– Maldito y jodido estúpido.
Sonrió detrás de su barba.
– Sé que eso probablemente es terrible para una virgen como tú. Debo repetirte la revelación asombrosa que te he hecho hace poco: yo tengo un pasado. Cincuenta y cuatro años de pasado.
– ¿La amabas?
– No puedes dejar el tema en paz, ¿verdad?
– Esto es importante, maldición.
– ¿Por qué es importante?
No respondió.
Jude se sentó, apoyado en la cabecera de la cama.
– La amé durante unas tres semanas.
– ¿Ella te amaba?
Él asintió con la cabeza.
– ¿Te escribió cartas, después de que la devolvieras a su casa?
– Sí.
– ¿Cartas furiosas? -No respondió de inmediato. Pasó unos instantes ponderando la respuesta-. ¿Por lo menos leíste las malditas cartas, cerdo insensible?
En ese momento apareció otra vez en su voz un inconfundible acento rural y sureño. Estaba furiosa, y se había olvidado de sí misma por un momento. O tal vez no se trataba de que se hubiera olvidado de sí misma, pensó Jude, sino todo lo contrario.
– Sí, las leí en su momento -respondió-. Y las estaba buscando por todas partes cuando toda esta mierda estalló en nuestras manos, allí en Nueva York.
Lamentaba que Danny no las hubiera encontrado. Había querido a Anna. Había vivido con ella, había hablado con ella todos los días, pero en ese momento se daba cuenta de que casi no sabía nada sobre la desdichada muchacha. Sabía tan poco sobre su vida antes de conocerla… y después.
– Te mereces cualquier cosa que te suceda -dijo la chica, que se apartó dándose la vuelta-. Los dos nos lo merecemos.
– No eran cartas furiosas -continuó él-. A veces eran emotivas. Y a veces asustaban por lo contrario, porque había muy poca emoción en ellas. En la última, recuerdo que decía que había cosas de las que quería hablar, asuntos que estaba cansada de mantener en secreto. Decía que no aguantaba estar tan cansada todo el tiempo. Eso debió haberme servido de señal de alarma en ese mismo momento. Pero ya había dicho cosas parecidas otras veces y nunca…, en fin. Estoy tratando de decirte que Anna no se encontraba bien. No era feliz.
– ¿Pero crees que ella todavía te amaba? ¿Incluso después de que le dieras una patada en el culo?
– Yo no… -empezó a responder, pero luego dejó escapar un breve suspiro nervioso. No mordería el anzuelo, no se disculparía-. Supongo que sí. No estoy seguro, pero probablemente seguía queriéndome.
Georgia guardó silencio durante un buen rato, de espaldas a él. Jude también permaneció callado, observando la curva de su hombro. Luego la chica habló de nuevo:
– Me siento mal, por ella. Sabes bien que no es precisamente una diversión.
– ¿El qué?
– Estar enamorada de ti. He convivido con muchos malos tipos que me hicieron sentirme fatal conmigo misma, Jude, pero tú eres algo especial. Yo sabía que ninguno de ellos se preocupaba realmente por mí, pero tú si te preocupas, y sin embargo haces que me sienta como tu putita de mierda. -Hablaba con extrema sinceridad, calmada, sin mirarlo.
Las palabras de la mujer hicieron que su respiración se sobresaltara un poco, y por un instante quiso decirle que lo sentía, pero se abstuvo de pronunciar tales palabras. No tenía la costumbre de pedir disculpas, y odiaba las explicaciones. Georgia esperó a que él respondiera, y al ver que no lo hacía, estiró la manta y se cubrió el hombro.
Jude se deslizó hasta quedar apoyado en la almohada, y puso las manos detrás de su cabeza.
– Mañana pasaremos por Georgia -dijo la joven, todavía sin volverse hacia él-. Quiero que nos detengamos para ver a mi abuela.
– Tu abuela -repitió Jude, como si no estuviera seguro de haberla oído correctamente.
– Bammy es la persona que más quiero en el mundo. Una vez hizo trescientos puntos jugando a los bolos. -Georgia había dicho esto como si las dos cosas estuvieran naturalmente relacionadas. Tal vez existiera alguna relación.
– ¿Te haces cargo del problema en que estamos metidos?
– Aja. Soy vagamente consciente de ello.
– ¿Crees que es una buena idea empezar a realizar paradas? ¿Consideras sensato perder tiempo?
– Quiero verla.
– ¿Qué tal si lo hacemos a la vuelta? Las dos podréis hablar de los viejos tiempos con toda tranquilidad. Qué coño, las dos podréis ir a jugar un par de partidas de bolos.
Georgia tardó un poco en responder:
– Presiento que debo verla ahora. Lo he pensado mucho. No estoy muy segura de que podamos hacer el viaje de regreso. ¿No crees?
El cantante se acarició la barba y se entretuvo observando sus formas dibujadas bajo la sábana. No le gustaba la idea de entretenerse por ninguna razón, pero sintió la necesidad de concederle algo, conseguir que al menos lo odiara un poco menos. Además, si Georgia tenía cosas que quería decirle a alguien que la amaba, era lógico que lo hiciera cuanto antes. Posponer una tarea importante ya no parecía ser demasiado prudente. Reconocía que ambos tenían un futuro incierto.
– ¿Siempre tiene esa famosa limonada en el frigorífico?
– Recién hecha.
– Está bien -aceptó Jude-. Nos detendremos. Pero no por mucho tiempo, ¿de acuerdo? Podemos llegar a Florida mañana a esta misma hora si no nos retrasamos en exceso.