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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Los círculos redondos de los reflectores comenzaban a desvanecerse, se iban volviendo fríos y azules, como recogiéndose sobre sí mismos. Luego se apagaron sin dejar nada, salvo pálidos reflejos en las retinas de Jude, una suerte de discos tenues, con el color de la luna, que flotaron delante de él por unos momentos antes de desaparecer.

Capítulo 20

Jude no estuvo listo hasta que el cielo comenzó a iluminarse hacia el este, con la primera luz de un falso amanecer. Luego dejó a Bon en el automóvil e hizo entrar a Angus en la casa con él. Trotó escaleras arriba, hacia el estudio. Georgia estaba donde la había dejado, durmiendo tumbada en el sofá, sobre una sábana de algodón blanco que él había sacado de la cama de la habitación de los huéspedes.

– Despierta, querida -dijo, poniéndole una mano sobre el hombro.

Georgia rodó hacia él cuando sintió que la tocaba. Un largo mechón de pelo negro estaba pegado a su mejilla sudorosa, y tenía mal semblante. Las mejillas eran de un color rojo bastante feo, mientras que el resto de la piel estaba blanco, cadavérico. Puso el dorso de la mano sobre su frente. Estaba febril y mojada.

Ella se humedeció los labios.

– ¿Qué hora es?

– Las cuatro y media.

La joven miró a su alrededor, se incorporó y se apoyó sobre los codos.

– ¿Qué estoy haciendo aquí?

– ¿No lo sabes?

Ella le miró desde el fondo de los ojos. Su barbilla comenzó a temblar, y luego tuvo que apartar la mirada. Se cubrió el rostro con una mano.

– Dios mío -dijo.

Angus se estiró junto a Jude y metió el hocico en el cuello de Georgia, debajo de la mandíbula, empujándola, como si quisiera decirle que mantuviera la cabeza alta. Sus enormes ojos estaban húmedos por la preocupación.

Ella se sobresaltó cuando la nariz húmeda del perro besó su piel. Se sentó del todo. Dirigió una mirada sorprendida y desorientada a Angus y puso delicadamente una mano sobre su cabeza, entre las orejas.

– ¿ Qué hace aquí dentro? -Miró a su amante, vio que estaba vestido, con botas negras y un impermeable que le llegaba hasta el tobillo. Casi al mismo tiempo, la joven pareció darse cuenta del murmullo gutural del Mustang, que estaba, con el motor en marcha, en la entrada.

El equipaje ya estaba allí.

– ¿Adonde te vas?

– Nos vamos -corrigió él-. Al sur.

PARTE 2. En viaje

Capítulo 21

La luz del día declinaba cuando llegaron al norte de Fredericksburg. Fue entonces cuando Jude vio la furgoneta del muerto detrás de ellos, siguiéndolos a una distancia de poco más o menos trescientos metros.

Craddock McDermott iba al volante, aunque era difícil distinguirlo claramente con tan poca luz, que además rebotaba en las nubes, haciéndolas brillar como brasas. Jude vio que llevaba puesto otra vez el sombrero de fieltro y conducía encorvado sobre el volante, con los hombros elevados hasta la altura de las orejas. Lucía unas gafas redondas cuyos cristales refulgían con una extraña luz anaranjada, producto de los reflejos de las farolas de la carretera interestatal 95. Parecían brillantes círculos de llamas, casi un complemento de los reflectores instalados en la protección metálica delantera.

Jude abandonó la autopista en la primera salida que encontró. Georgia le preguntó por qué lo hacía y él le respondió que estaba cansado. La chica no había visto al fantasma.

– Puedo conducir yo -propuso ella.

Georgia había dormido la mayor parte de la tarde. Viajaba en el asiento del acompañante, con los pies recogidos y la cabeza reclinada en el respaldo.

Al ver que él no respondía, le dirigió una mirada inquisitiva y le preguntó:

– ¿Va todo bien?

– Sólo quiero salir de la autopista antes de que anochezca.

Bon metió la cabeza en el hueco entre los asientos delanteros, se diría que para escucharlos hablar. A la perra le gustaba ser incluida en las conversaciones. Georgia le acarició la cabeza, mientras el animal miraba a Jude con una expresión de nervioso recelo visible en sus ojos de color castaño.

Encontraron un motel, un Days Inn, a menos de un kilómetro del peaje de la autopista. Jude pidió a Georgia que consiguiera una habitación, mientras él se quedaba en el Mustang con los perros. No quería correr el riesgo de ser reconocido, no estaba de humor para ello. A decir verdad, no lo había estado durante los últimos quince años.

En cuanto la joven abandonó el coche, Bon se acomodó en el lugar que dejó vacío, acurrucada en el templado asiento que Georgia había ocupado durante horas. Mientras la perra colocaba su hocico sobre las patas delanteras, dirigió a Jude una mirada culpable, esperando que gritara, que le ordenara volver atrás con Angus. Pero no lo hizo. Los perros eran libres de hacer lo que quisieran.

Al poco de comenzar el viaje, Jude le había contado a Georgia cómo los perros habían atacado a Craddock.

– Me parece que ni siquiera el muerto sabía que Angus y Bonnie podían atacarle de ese modo. Creo que se dio cuenta de que ellos constituían una especie de amenaza. Sospecho que le habría encantado asustarnos, hacernos abandonar la casa y alejarnos de ellos antes de que comprendiésemos que son una buena defensa contra los fantasmas.

Cuando escuchó lo que había pasado, Georgia se dio la vuelta en su asiento, alargó la mano hacia atrás y metió los dedos entre las orejas de Angus, inclinándose para poder frotar su nariz contra el hocico de Bon.

– ¿Dónde están mis perritos valientes? ¿Dónde se han metido? Sí, aquí están, siempre con nosotros. -Y continuó con las carantoñas hasta que Jude comenzó a hartarse de ellas.

Georgia salió de la oficina con una llave enganchada en un dedo. Se la mostró, balanceándola, se dio la vuelta y se alejó, doblando la esquina del edificio. El la siguió en el automóvil y aparcó en un sitio libre, frente a una de las numerosas puertas de color beige que había en la parte de atrás del motel.

La chica entró con Angus mientras Jude paseaba a Bon por un bosquecillo de arbustos situado junto a la explanada del aparcamiento. Luego regresó, dejó a Bon con Georgia y llevó a pasear a Angus. Era importante que ninguno de los dos se apartara de al menos uno de los perros.

El bosquecillo, detrás del Days Inn, no se parecía al que crecía alrededor de su granja en Piecliff, Nueva York. Los de este tipo eran inconfundiblemente sureños, con su típico olor a humedad dulzona, a plantas en descomposición, a musgo y arcilla, azufre y aguas residuales, orquídeas y aceite de motor. La atmósfera misma era diferente. El aire parecía más denso, más tibio, pegajoso por la humedad. Como una sauna natural. Se parecía a Moore's Córner, donde Jude había crecido. Angus saltó sobre las luciérnagas que volaban aquí y allá entre los heléchos, como chispas de etérea luz verde.

El cantante regresó a la habitación. Cuando atravesaban Delaware, se habían detenido en una estación de servicio para echar gasolina, y pensó aprovechar la parada para comprar media docena de latas de comida para perros en el supermercado anexo. Pero no se le había ocurrido conseguir también platos de papel. Mientras Georgia usaba el baño, Jude abrió uno de los cajones del tocador, buscó dos latas y las vació dentro. Puso el cajón en el suelo y los perros se lanzaron sobre él. Los ruidos húmedos que hacían al babear y tragar, al gruñir y tomarse un respiro en mitad del festín, llenaron la habitación.

Georgia salió del baño, se detuvo en la puerta con unas tenues bragas blancas y un top de espalda descubierta que le dejaba desnudo el abdomen. Todo rastro de su personalidad gótica había desaparecido con la ducha, menos las brillantes uñas de los pies, pintadas de negro. La mano derecha estaba envuelta con una venda nueva. Miró a los perros con la nariz arrugada en expresión de divertido desagrado.

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