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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Uno de los animales suspiró. Georgia había abierto una ventana, la que daba al patio central del motel, para que se fuese el olor de comida para perros. Jude percibía olor a herrumbre de la valla metálica, y también un leve olor a cloro, aunque no había agua en la piscina.

– Además, yo tenía un tablero de ouija. Cuando lleguemos a casa de mi abuela, quiero buscarlo -dijo Georgia.

– Ya te he dicho que no necesito hablar con Craddock. Ya sé lo que quiere.

– No -replicó Georgia, con voz seca e impaciente-. No quiero decir que vayamos a hablar con él.

– Entonces, ¿qué quieres decir?

– Necesitamos el tablero para hablar con Anna -explicó Georgia-. Me has dicho que ella te amaba. Tal vez pueda decirnos cómo salir de esta pesadilla. Quizá ella sea capaz de conseguir que su padrastro se vaya.

Capítulo 22

A sí que el lago Pontchartrain, ¿no? Yo me crié bastante cerca. Mis padres nos llevaron de campamento allí una vez. Mi padrastro pescaba. No puedo recordar si pescaba mucho. ¿Vas a pescar mucho al lago Pontchartrain?

Ella siempre le había acribillado con sus preguntas. Jude nunca pudo saber a ciencia cierta si escuchaba las respuestas o sólo usaba el tiempo en que él hablaba para pensar otra cosa con la que molestarlo.

– ¿Te gusta pescar? ¿Te gusta el pescado crudo? ¿El su-shi? A mí el sushi me parece repugnante, salvo cuando bebo, entonces sí estoy de humor para tomarlo. La repulsión oculta la atracción. ¿Cuántas veces has estado en Tokio? Tengo entendido que la comida es realmente desagradable: calamares crudos, medusas crudas. Todo se sirve crudo allí. ¿No han inventado el fuego en Japón todavía? ¿Alguna vez te has intoxicado con comida en mal estado? Seguro que sí. Estando constantemente de gira, es normal. ¿Cuál ha sido la peor descomposición que has tenido? ¿Has vomitado alguna vez por la nariz? ¿Te ha ocurrido? Eso es lo peor. Pero ¿vas mucho a pescar al lago Pontchartrain? ¿Tu padre te llevaba? ¿No es ése el nombre más bonito del mundo? Lago Pontchartrain, lago Pontchartrain, quiero ver la lluvia sobre el lago Pontchartrain. ¿Sabes cuál es el sonido más romántico del mundo? El de la lluvia sobre un lago silencioso. Una buena lluvia de primavera. Cuando era niña, podía entrar en trance con sólo sentarme junto a mi ventana a ver la lluvia. Mi padrastro solía decir que no había conocido a nadie a quien fuera tan fácil poner en trance como a mí. ¿Cómo eras de niño? ¿Cuándo decidiste cambiarte de nombre?

Preguntas, todo en ella eran preguntas tontas y ansiosas.

– ¿Crees que debería cambiarme el nombre? Tienes que escoger un nombre nuevo para mí. Quiero que me llames con cualquier nombre nuevo que quieras ponerme.

– Ya lo hago -respondió Jude aquella vez.

– Es cierto. Así es. Desde ahora en adelante, mi nombre es Florida. Anna McDermott ha muerto para mí. Es una muchacha del pasado. Ya no existe. De todas maneras, nunca me ha gustado. Prefiero ser Florida. ¿Echas de menos Luisiana? ¿No te parece curioso que viviéramos a sólo cuatro horas el uno del otro? Nuestros caminos podrían haberse cruzado muchas veces. ¿Crees que alguna vez hemos estado juntos, tú y yo, en la misma habitación, al mismo tiempo, sin saberlo? Aunque es muy probable que no, ¿no es cierto? Porque te fuiste de Luisiana antes de que yo ni siquiera hubiera nacido.

Aquél era su hábito más atractivo o su manía más irritante. Jude nunca estuvo seguro de ello. Tal vez era ambas cosas al mismo tiempo.

– ¿Nunca dejas de hacer preguntas? -le preguntó la primera noche que durmieron juntos. Eran las dos de la mañana, y ella había estado interrogándolo durante una hora-. ¿Eras acaso una de esas niñas que volvían locas a sus madres haciendo preguntas todo el tiempo? ¿Por qué es azul el cielo? ¿Por qué la tierra no se estrella contra el sol? ¿Qué nos pasa cuando nos morimos?

– ¿Qué pasa cuando nos morímos? -preguntó Anna, encantada-. ¿Has visto alguna vez un fantasma? Mi padrastro sí. Ha hablado con ellos. Estuvo en Vietnam. Dice que todo el país está embrujado.

Para entonces él ya sabía que su padrastro era un zahori y también un hipnotizador, y que hacía negocios con su hermana mayor, también hipnotizadora profesional, ambos en Testament, Florida. Eso era casi todo lo que conocía de su familia. Jude no preguntó más, ni entonces ni después. Se conformó con saber de ella lo que la joven quería que supiera.

Había conocido a Anna tres días antes, en Nueva York. Había ido allí para una actuación como cantante invitado, con Trent Reznor, en la banda sonora de una película. Era dinero fácil. Luego se quedó para ver un espectáculo que Trent estaba haciendo en Roseland. Anna se encontraba entre bastidores. Era una muchacha pequeña que usaba pintalabios violeta y pantalones de cuero que chirriaban al caminar. Rara chica rubia entre las muchachas góticas. Le preguntó si quería un bocadillo de huevo y fue a buscárselo. Luego dijo:

– ¿Es difícil comer con una barba así? ¿Se te pega la comida en ella? -Lo acosó con preguntas casi desde el momento en que se conocieron-. ¿Por qué piensas que tantos tipos, motociclistas y otros, se dejan crecer las barbas? ¿Para parecer amenazadores? ¿No opinas que en realidad son una desventaja en una pelea de verdad?

– ¿Por qué una barba ha de ser una desventaja en una pelea? -preguntó Jude en aquella ocasión.

Ella le agarró fuertemente la barba y tiró de ella. Se inclinó hacia delante al sentir el dolor del tirón en la parte inferior del rostro. Le rechinaron los dientes, y ahogó un grito furioso. Le soltó y continuó con su chachara:

– Si yo tuviera que pelear alguna vez con un hombre barbudo, esto sería lo primero que haría. Esos cantantes, los ZZ Pop, serían fáciles de derrotar. Podría dominarlos a los tres yo sola, con lo pequeñita que soy. Esos tipos no tienen escapatoria, no pueden afeitarse. Si alguna vez se afeitaran, nadie sabría quiénes son. Me parece que contigo ocurriría lo mismo, ahora que lo pienso un poco. La barba es parte de ti. Tus barbas me causaban pesadillas de pequeña, cuando solía mirarte en los vídeos. ¡Vaya! Podrías ser un personaje totalmente anónimo si te afeitaras. ¿Lo has pensado alguna vez? Tendrías vacaciones instantáneas en el trabajo de ser célebre. Además, es una desventaja en una pelea. Hay buenas razones para afeitarse.

– Mi cara sí que es una desventaja para conseguir mujeres. Si mi barba te producía pesadillas, deberías verme sin ella. Probablemente nunca volverías a dormir.

– De modo que es un disfraz. Un truco de ocultación. Como tu nombre.

– ¿Qué pasa con mi nombre?

– El que usas no es tu nombre real. Judas Coyne. Es un juego de palabras. -Se inclinó hacia él-. ¿Un nombre como ése? ¿Acaso provienes de una familia de cristianos locos? Seguro que sí. Mi padrastro dice que la Biblia es sólo palabrería. Fue educado en la religión pentecostal, pero acabó siendo espiritista, y así fue como nos crió a nosotras. Tiene un péndulo. Lo cuelga delante de una persona para hacerle preguntas y discernir si está mintiendo o no, por la manera en que oscila. También puede leer tu aura con eso. Mi aura es negra como el pecado. ¿Y la tuya? ¿Quieres que te lea las manos? Leer las manos no es nada. Es un truco facilísimo.

Anna le leyó la buenaventura tres veces. En la primera ocasión, ella estaba arrodillada, desnuda en la cama, junto a él, con una línea brillante de sudor en la intersección de los pechos. Estaba sofocada, aún con la respiración agitada por el esfuerzo compartido. Ella le cogió la mano, movió las yemas de los dedos sobre la palma, y observó atentamente.

– Mira esta línea de la vida -dijo Anna-. Es muy larga. Creo que vivirás eternamente. Yo no querría vivir siempre. ¿Cuándo se es demasiado viejo? Tal vez sea algo metafórico. Como decir que tu música es inmortal. Pura palabrería. No sé. La lectura de las manos no es una ciencia exacta.

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